Y se hizo la luz

Datos Curiosos

Era una boca de lobo. No era posible ver ni la palma de la mano. Al caer la tarde era menester que todos los habitantes de la ciudad de México se hallaran a buen refugio. Las actividades cotidianas terminaban con los últimos rayos de sol y pocos se atrevían a caminar por las oscuras calles de la capital novohispana que no estaban exentas de la delincuencia.

            Si por iniciativa propia, el dueño de alguna casa colocaba un farol en el pórtico ya era ganancia. Sin embargo, durante décadas no hubo más luz que la proporcionada generosamente por la luna llena cada 28 días. En ocasiones era posible divisar el reflejo que producían los candelabros o las velas al interior de las casas, pero sus gruesas paredes y la altura de las construcciones impedían que el reflejo sirviera para transitar por las noches. 

           Transcurrieron poco más de dos siglos, desde la fundación de la ciudad de México, antes de que la autoridad virreinal tomara cartas en el asunto del alumbrado público. La primera disposición fue expedida el 23 de septiembre de 1762 por el corregidor don Tomás de Rivera Santa Cruz, quien ordenó por medio de un bando que los dueños de casas tenían la obligación de colgar un faro de vidrio con luz que durase encendido hasta las once de la noche. Como suele suceder, la disposición entró en vigor de inmediato pero sólo fue respetada por algunas semanas. Al poco tiempo cayó en desuso, por lo que en Julio de 1768 y en septiembre de 1776 volvió a mandarse poner faroles.

           La primera calle que contó con faroles uniformes fue la de don Juan Manuel –hoy república de Uruguay-, pero siempre a costa de los particulares. Parecía extraño que sólo ese tramo se encontrara tan iluminado. Sin embargo, había una razón muy poderosa: durante años la gente creyó en la leyenda de don Juan Manuel, aquel noble español que asesinaba a sus víctimas diciéndoles: “dichoso usted que sabe la hora en que va a morir”. La casa se encontraba en esa calle y nadie quería caminar a oscuras por ella.  

          Con la llegada del segundo conde de Revillagigedo, la ciudad se transformó radicalmente. El virrey ordenó limpiar las calles, organizar el comercio, procurar la realización de un drenaje. Y el 15 de abril de 1790 estableció el alumbrado público en la ciudad sin intervención de los particulares por cuenta exclusiva del gobierno.

          El 2 de agosto de 1857, en vísperas de la guerra de Reforma, el presidente Comonfort inauguró el alumbrado con gas. El porfiriato culminó la obra iniciada durante el México virreinal. El Diccionario de geografía, historia y biografía mexicanas de la V. de Ch. Bouret, en su edición de 1910, al respecto señalaba: “Actualmente la ciudad de México es una de las mejor alumbradas. En junio de 1970 tenía 630 focos de 2000 bujías. 630 de 1200 bujías, 125 lámparas incandescentes de 50 bujías y 14 de 35. Además los paseos principales tiene su alumbrado eléctrico especial”. Así, el porfiriato con sus aires modernizadores pudo decir: “y se hizo la luz”.