Vicente Riva Palacio y el amor

Literatura - Personajes

Alejandro Rosas

Con su filosa pluma -quizás mejor afilada que su espada- el general Vicente Riva Palacio (1831-1896) hizo de  su poema “Adiós mamá Carlota” el himno de guerra en los campamentos republicanos durante la última etapa de la guerra contra el imperio de Maximiliano: 

    “Alegre el marinero/ con voz pausada canta,/ y el ancla ya levanta/ con extraño rumor./ La nave va en los mares/ botando cual pelota./ Adiós, mamá Carlota;/adiós, mi tierno amor”. 

    Gobernador de Michoacán, general en jefe del Ejército del Centro, pero antes que nada extraordinario escritor, Riva Palacio llevaba más de 10 años lejos de su esposa, Josefina Bros. Habían contraído nupcias en 1856, apenas dos años antes de que iniciara la guerra de Reforma (1858), y desde entonces vivieron un amor intermitente marcado por la agenda de la guerra. 

    Josefina Bros pertenecía a una familia acaudalada y de abolengo. Era hija de Blas Bros y Carmen Villaseñor y conoció a Vicente hacia 1853, cuando el futuro general de apenas 21 años de edad –y a punto de recibirse como abogado-, la abordó en el templo de Loreto. Como buen escritor, Riva Palacio comenzó un asedio constante a través de las letras hasta rendir la plaza. 

    Para Vicente, Josefina fue su primero y único amor. La idealizó, la convirtió en su musa, en fuente de toda inspiración. Bajita la mano, se refería a ella como “ángel” o “diosa” y grande fue su veneración: “Josefina has hecho con tu amor la felicidad de un hombre, has sido su Dios, porque sólo Dios es el que hace la felicidad de los hombres… de todas las cosas hay dos, sólo de Dios y de Josefina no hay más de una, porque así como no hay ni puede haber más que un Dios, tampoco puede haber nunca para mí, más de una Josefina”. 

    Para Josefina, quien apenas cruzaba los 15 años de edad, Vicente también fue el hombre que despertó por vez primera sentimientos que no había abrigado aún. Le abrió las puertas del amor con todos sus bemoles:  “Veo que es muy cierto lo que tú me has dicho que en el primer amor se ama más –escribió Riva Palacio-por eso nosotros nos amamos tanto, porque nuestras almas son vírgenes como la tierra donde jamás se ha sembrado y en donde la primera semilla que cae y crece y se desarrolla con proporciones gigantescas”.

    La familia no veía con buenos ojos la corte que le hacía Vicente a Josefina. Dada la diferencia de edades, don Blas llegó a pensar que el escritor sólo quería pervertir a su hija. Sin embargo, la relación prosperó; pocas visitas, muchas cartas –Vicente sentía cierta incomodidad al frecuentar el domicilio familiar para ver a Josefina-. Algo de inseguridad asomaba en el carácter de Vicente: junto al desbordamiento emotivo en la mayoría de sus líneas, no faltaban los reproches, la victimización y hasta los celos.

    “Yo conozco muy bien que no soy digno de que tú me ames, que me haces un favor muy grande correspondiendo a mi amor […], Conozco que tú mereces otra cosa mejor que yo..”. “Serás mía o de nadie, te mataré primero que permitir que seas de otro. El mayor crimen, el asesinato más espantoso, serán un juguete para mí tratándose de tú amor”.

    Luego de las amenazas y los insultos, Riva Palacio volvía sobre sus pasos y pedía disculpas en nombre del amor; le agradecía a Josefina por la paciencia que le guardaba y por soportar los celos enfermos que corrían por su imaginación. 

    “Josefina, nunca me olvide usted porque yo no dejo un instante siquiera de tenerla presente. El día que usted deje de amarme quisiera ser abrasado vivo, ser despedazado. Cualquier cosa mejor mil veces que su olvido, y crea usted que su mejor desprecio será peor que la muerte para el hombre que la idolatra, que le ha consagrado su existencia, de quien es usted su ilusión, su ángel, su primero y único amor, y que tiene la felicidad de repetirse su amante hasta la eternidad, su V.R.P”. 

    Las cartas continuaron; el envío recíproco de objetos personales, fotografías, relicarios, recuerdos, besos imaginarios que sólo hacían más grande la pasión finalmente encontrareon cauce y en julio de 1856 Vicente y Josefina se casaron. A pesar de la guerra, el general Riva Palacio siguió pendiente de su esposa en todo momento, y siendo la inspiración de su vida, los tiempos de paz le permitieron escribir grandes páginas de literatura. 

    Su historia de amor, sí tuvo un final feliz; o al menos tuvo el que se prometieron en el altar: “hasta que la muerte los separe”. Con una vida tranquila, entre la política, el periodismo y las letras, Vicente falleció en 1896, en los brazos de su amada Josefina.