Vasconcelos: ni whisky ni café

La estabilidad - Personajes

Alejandro Rosas

El primero de julio de 1959, el país se despertó con la noticia del fallecimiento de José Vasconcelos. Tenía 77 años y padecía de reumatismo. La muerte lo encontró un tanto molesto, porque durante los últimos meses su médico le había prohibido uno de sus mayores placeres: el vino.

     Su afición por una buena botella de oporto, jerez y el degustar algunos trozos de queso, pan y salchicha con vinos generosos, españoles y franceses, contrastaba con su desprecio por bebidas como el whisky, el tequila y el café. Su rechazo no obedecía a razones tan simples como podía ser el sabor; su desagrado tenía un trasfondo cultural.

     No obstante haber vivido varios años dentro de un medio anglosajón –había estudiado en Eagle Pass durante su infancia- Vasconcelos menospreciaba a los norteamericanos porque carecían de una tradición cultural milenaria como la hispánica. No concebía el progreso intelectual en un pueblo que tomaba whisky and soda. “Ah, sí, el otro mito el progreso…! Vea por aquí a sus superhombres (los norteamericanos); llegaban a los restaurantes a emborracharse con whisky porque no saben beber vino…”.

     Sus reflexiones despreciando una de las bebidas norteamericanas por excelencia no respondían a un excesivo nacionalismo; lo mismo emprendía contra el whisky que contra el tequila, el aguardiente o el pulque, a su juicio todas ellas tenían una característica que las hacía comúnes: “eran violentas”, “embrutecían” el alma y nublaban la razón; “…en general me repugnaba el sabor y el efecto de esa bebida violenta [whisky] que causa efectos desastrosos. El más reservado caballero se torna de pronto indiscreto; las frases de cortesía se truecan en claridades ofensivas”.

     Para evitar el alcoholismo y sus estragos, México no necesitaba crear leyes de prohibición, cerrar cantinas y pulquerías. La solución estaba contenida en una fórmula sencilla: “sembrar vides… para beber vino de uva a la española”.

     Si del whisky y el tequila su opinión era devastadora, había otro “brebaje” que Vasconcelos siempre repudió: el café. “Bebida negruzca y perversa, peor que todas las drogas de la farmacia, porque quita el sueño en vez de darlo. El que no duerme bien es un enfermo y candidato al manicomio”, pensaba. Pero el vino era la bebida perfecta, el antídoto ideal, un deleite para el espíritu y el alma, evitaba el insomnio y relajaba el cuerpo. El café provocaba una doble moral; conducía al hombre a divagar en  pensamientos lujuriosos, si no, por qué era un invento de los turcos: “…el café es un menjurje maldito inventado por los turcos para estarse imaginando, despiertos, a las huríes del profeta, así que el Sultán les ha robado a todas las mujeres bonitas”.

     El café produce insomnio y vuelve a la gente ociosa. La ociosidad es enemiga del trabajo fecundo. Si se toma café, no se duerme; si el hombre no duerme no puede trabajar. “El que ama su trabajo procura dormir para saber estar despierto. Al que no tiene nada que hacer le da lo mismo dormir que no dormir”. Ociosidad y lujuria, características del café.

     Seguramente en más de una ocasión, Vasconcelos dio gracias a Baco. El vino fue una de sus pasiones sensuales. Durante un convite, al tiempo que el maestro destapaba una botella de un tinto español, recordaba que los cardenales se oponían al traslado de la corte pontificia de Aviñón, porque se habían aficionado al buen vino francés.  

     Hacia el final de su vida José Vasconcelos sólo ratificó un juicio que se fue gestando a lo largo de sus 77 años: “el vino es sagrado”. Su conclusión, muy personal, descalificó al resto de las bebidas. Su problema tal vez fue que nunca tuvo la oportunidad de realizar una buena combinación: después de deleitarse con una frugal comida acompañada con un tinto español, debió haber pedido un café espresso con una copita de anís dulce. No habría perdido el sueño.