"Una ""madame"" o ""madrota"" novohispana"

Aires libertarios - Vida Cotidiana

Durante el año de 1808, mientras Napoleón Bonaparte tenía sometida a España y la inquietud independentista brotaba en la Nueva España, en una casa del barrio de Tarasquillo, a las afueras de la muy noble y leal ciudad de México, una mujer estableció un ""negocio"" que le permitió consumar su independencia personal. 

María Manuela Castrejón fue la primera madame o madrota de la que existen registros en la Nueva España de principios del siglo XIX. En las actas del ramo criminal del Archivo General de la Nación aparece su caso: joven madre castiza, lavandera, de 39 años, acusada por el delito de lenocinio, quien más tarde, durante su estancia en una Casa de Recogidas, alcanzó el puesto de Presidenta de aquel lugar, que funcionaba como cárcel de mujeres. 

Casada, aunque sin marido porque se encontraba preso, Manuela se inició en el oficio de la alcahuetería y la prostitución antes de cumplir los 40 años. Operaba por las noches atrayendo clientes a su propia casa donde regenteaba a una prostituta española de 16 años, María Gertrudis Rojano. Sin embargo, el ""negocio"" se vino abajo al ser detenidas in fraganti. Cuando los jueces preguntaron a Manuela por qué había procedido de ese modo ella contestó que ""había incurrido en esos excesos por su necesidad y hallarse su marido en la cárcel y no tener con qué sostener a sus hijos"". En sus declaraciones Gertrudis explicó a la Audiencia de México cómo repartían sus ganancias: ""…de lo que me pagaban, si eran tres pesos, le daba 6 reales a la Castrejón; si eran cuatro, 1 peso y si era un peso, 2 reales"". Además, Gertrudis daba dos reales diarios a la casera para que le cocinara. 

El 23 de julio fueron enjuiciadas en la Sala del Crimen de la Audiencia de México por los delitos de lenocinio y prostitución, quedando Manuela en ""libertad apercibida"", mientras que la menor fue enviada a servir a una ""Casa de satisfacción"", bajo amenaza de que si volvía a incurrir en excesos se le castigaría con todo rigor. Once meses después, en junio de 1809, Manuela fue aprehendida junto con Francisca, su hija, en una de las dos casas non sanctas que se encontraban en el callejón de la Condesa y en las que se prostituían mujeres menores de 14 años. 

En su segunda detención doña Manuela negó todos los cargos que se le imputaban, pero por reincidir, los jueces de la Sala del Crimen la condenaron a pasar cuatro años en la Casa de Recogidas, mientras que su hija fue puesta al servicio de una casa de honra donde cuidarían su conducta. A sólo tres días de haber iniciado el cumplimento de su pena, María Manuela Castrejón encontró otra forma de satisfacer sus necesidades: Fue nombrada presidenta de la cárcel de mujeres durante el cumplimiento de su castigo. En 72 horas había pasado de madrota a presidenta de la cárcel; de los inmorales prostíbulos de arrabal a la obtención de un cargo público reconocido y remunerado. Además logró que su hija Francisca fuese designada enfermera del mismo lugar. 

En noviembre de 1811, mientras las fuerzas insurgentes, comandadas por Hidalgo y Allende, eran derrotadas y diezmadas en Aculco por el ejército virreinal, madre e hija pidieron a las autoridades carcelarias el permiso para seguir ejerciendo sus labores en la Casa de Recogidas -aun después de cumplir su condena- bajo el argumento de que ""necesitaban subsistir y mantener a su familia"". 

Posiblemente al cumplir su condena en 1814, doña Manuela, -lavandera y lenona-, se unió a las fuerzas insurgentes. Quizá murió al consumarse la independencia o volvió a fungir como presidenta, pero de las recogidas de la calle. De cualquier manera, su historia forma parte de los expedientes del crimen como la primera madame de principios del siglo XIX, y su oficio será evocado por la musa de la Historia para ser repetido por los siglos de los siglos.