Un trago de whisky

La época de la anarquía - Vida Cotidiana

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Un trago de whisky: el comercio fronterizo al consumarse la independencia

Habían transcurrido tan solo unas semanas desde la entrada triunfal del Ejército Trigarante a la ciudad de México en septiembre de 1821, cuando los habitantes del norte de México se vieron literalmente inundados por los ""efectos de comercio"" procedentes de la vecina república del norte. Los atónitos residentes de estados como Tamaulipas, Coahuila, Texas, Nuevo México, Chihuahua, Durango y las Californias vieron desfilar caravanas de comerciantes franceses y sobre todo norteamericanos mostrando telas e indianilla de importación, delicados botones, minúsculas tijeras, sofisticados estuches de afeitar, zapatos de todos colores, vinos franceses, whisky, y hasta mesas de billar.

Acostumbrados a una vida ruda y simple, los pobladores de la frontera norte no habían tenido oportunidad de adquirir objetos tan diversos y de tal calidad, a precios bajos. Hasta antes de la consumación de la independencia, los habitantes fronterizos estaban obligados a comprar exclusivamente productos españoles, mucho más caros y de igual o menor calidad. En 1822, el nuevo mexicano podía adquirir productos norteamericanos y de otros países gastando menos de la mitad de su dinero. El regocijo era evidente. Las caravanas de extranjeros que llegaban a las plazas eran precedidas por el griterío y la música. El entusiasmo era generalizado. La estancia de los forasteros era suficiente motivo para organizar fandangos y peleas de gallos. La Independencia en verdad auguraba un futuro venturoso.

Sin embargo, el paso de los años habría de poner las cosas en su justa dimensión. El hecho de que tales objetos procedieran de un país extraño y de que los principales beneficiarios fueran los extranjeros motivó acaloradas discusiones. Para esa primera generación de patriotas la cuestión de fondo era cómo construir la nación mexicana justo en un momento en el que la dependencia comercial y material con el exterior era evidente; en una época en la que los comerciantes extranjeros prosperaban a costa de las carencias de los mexicanos, y cuando la moda -para la élite por lo menos- era emborracharse con licores de ultramar y curarse con medicinas importadas.

El caso de los vinos y licores de importación ilustra la actitud ambivalente que los primeros mexicanos tuvieron hacia ese nuevo mundo material procedente del norte. Por supuesto que desde antes de la liberalización comercial de 1821-1822, los habitantes del norte de la Nueva España habían mostrado entusiasmo por las bebidas alcóholicas de producción local. Sin embargo, en poco tiempo, los mercaderes norteamericanos descubrieron que la importación de licores era uno de los ramos comerciales más rentables.

Los recibos de importación de la década de 1820 indican cuantiosas introducciones de brandy, vino europeo, ron, whisky, cognac y ginebra. La demanda por whisky era tal que algunos empresarios norteamericanos decidieron además construir destilerías en México para poder servir a sus sedientos clientes. Un optimista observador pronosticó en 1835 que Coahuila y Texas muy pronto desplazaría a países como Italia, Suiza, e incluso Francia en la producción de ""exquisitos licores."" En el norte de Nuevo México al menos tres enormes destilerías fueron construídas en menos de cinco años, la mas grande de ellas en el valle de Taos pertenecía a un astuto norteamericano conocido como el ""capitán whisky.""

Los mexicanos de aquella época reaccionaron de manera distinta ante estos acontecimientos. Miembros de la élite norteña de tendencia liberal como Antonio Barreiro de Nuevo México apoyaron decididamente las nuevas inversiones: ""muy pronto los americanos del Norte nos harán apreciar el valor y las ganacias que se pueden obtener de tales establecimientos. ¿Cuánto tiempo habremos de ser extranjeros en nuestro propio suelo? ¿Cuánto tiempo pasará antes de que reconozcamos las verdaderas fuentes de riqueza que poseemos?"" Pero otros mexicanos de corte más conservador veían el alcohol de importación como una metáfora de todo lo malo que conllevaba la modernidad nortemericana: libertinaje, falta de respeto a las autoridades civiles y eclesiásticas, y escasa moralidad.

El temor a la ""alcoholización"" de México polarizó a la sociedad fronteriza durante los años anteriores a la guerra del 47. Justo cuando México se abría al comercio y a la inmigración del vecino país, los norteamericanos vivían la época de mayor consumo de alcohol en toda su historia. A principios del siglo XIX cada hombre, mujer, y niño norteamericano tomaba un promedio de cinco galones de licores fuertes al año -este nivel es tres veces mayor de lo que se consume hoy.

El valle de Taos en Nuevo México se volvió el epicentro de una verdadera cruzada contra el alcohol, acaudillada por el cura local, el padre Antonio José Martínez. Desde el púlpito denunció al ""capitán whisky"", e incluso envió cartas abiertas al presidente Santa Anna pidiendo se limitaran las actividades comerciales de esos ""traficantes sin escrúpulos"" quienes no dudaban en ""desmoralizar"" a las tribus de indios nómadas y ""embrutecer"" a los nuevomexicanos con tal de sacar provecho.

En la tarde del 3 de mayo de 1846 dos norteamericanos que deambulaban por la plaza de Taos con unas copas encima se convirtieron en las primeras víctimas de esta campaña. Según un testimonio, los dos amigos cantaban y gritaban en la plaza y en ocasiones se metían con los transeúntes. Rápidamente unos treinta lugareños decidieron poner fin a tales insolencias. Mientras que seis o siete se daban gusto golpeando a los extranjeros, los restantes formaron un círculo alrededor mientras gritaban a todo pulmón ¡maten a los borrachos!

El punto culminante de la cruzada contra el alcohol ocurrió unos meses después, durante la llamada rebelión de Taos de 1847. En enero, un contingente de nuevomexicanos e indígenas se levantó contra las autoridades militares norteamericanas recientemente establecidas. Desde el principio, uno de los principales objetivos del movimiento era acabar con las destilerías de los norteamericanos. Al menos 500 insurgentes sentían tal enojo que decidieron marchar veinte kilómetros hasta llegar al rancho del ""capitán whisky"" y tenazmente sitiaron las instalaciones durante dos días. Finalmente, los atacantes, a pesar de numerosas bajas, lograron entrar a la destilería y masacraron al instante a los diez norteamericanos parapetados en el interior. El tiempo demostró que tomarse unas copas en el norte de México a principios del siglo XIX era un acto lleno de simbolismo político, ciertamente no era un juego de niños.  

*Profesor de Historia de la Universidad de California en Davis.