Un grito en el desierto: 1864

La era liberal - Hechos

Las pocas noticias recibidas por el gobierno republicano en septiembre de 1864 eran desoladoras. Después de la fría recepción que el pueblo veracruzano había brindado a sus majestades imperiales, Puebla y México se entregaron a Maximiliano y Carlota. La esperanza de la nación descansaba en los restos del ejército mexicano que invadido por el desánimo resistía en la forma de guerrillas. Se peleaba la segunda guerra de independencia.

El día de la Patria de 1864, el carruaje negro hizo alto en una inhóspita región de Durango, cerca de los límites con Chihuahua, llamada la Noria Pedriceña. Sus ocupantes, Juárez, Prieto, Iglesias y Lerdo de Tejada encontraron un lugar donde pasar la noche. Empezaba a soplar un viento frío sobre aquel desértico paisaje. Se encendieron fogatas y se habló poco.

Fue la propia adversidad la que propició una de las celebraciones patrióticas más emotivas del siglo XIX. ""Los aniversarios comunes de las fiestas de la independencia -escribió José María Iglesias- tienen necesariamente algo de rutina. A semejanza de lo que ocurrió en el humilde pueblo de Dolores la noche del 15 de septiembre de 1810, el 16 de septiembre último [1864] vio congregados unos cuantos patriotas, celebrando una fiesta de familia, enternecidos con el recuerdo de la heroica abnegación del padre de la independencia mexicana, y haciendo en lo íntimo de su conciencia el solemne juramento de no cejar en la presente lucha nacional, continuándola hasta vencer o sucumbir"".

La noche había caído y solo se escuchaba el crujir de la madera que se consumía entre las llamas de las fogatas. Reconocido por sus dotes oratorios y su excelente pluma, alguien sugirió que Guillermo Prieto elevara una oración para evocar la gloriosa jornada de 1810.

""La patria es sentirnos dueños de nuestro cielo y nuestros campos, de nuestras montañas y nuestros lagos, es nuestra asimilación con el aire y con los luceros, ya nuestros; es que la tierra nos duele como carne y que el sol nos alumbra como si trajera en sus rayos nuestros nombres y el de nuestros padres; decir patria es decir amor y sentir el beso de nuestros hijos..., Y esa madre sufre y nos llama para que la libertemos de la infamia y de los ultrajes de extranjeros y traidores""

A pesar de que Maximiliano dio el grito en el pueblo de Dolores -cuna de la independencia-, los fantasmas de Hidalgo con su estandarte de la virgen de Guadalupe, de Morelos con los Sentimientos de la Nación y de Iturbide con la bandera trigarante, acompañaron a la república en el desierto y sus hombres se dispusieron a luchar hasta alcanzar nuevamente la independencia de México.