Un diplomático sin diplomacia: Gustavo Díaz Ordaz

La época de las crisis - Hechos

El 28 de marzo de 1977, a instancias del propio López Portillo, México restableció sus relaciones diplomáticas con España -rotas casi 40 años atrás por el ascenso del franquismo. La política exterior mexicana -sujeta siempre a la tradición histórica y a los principios- indicaba que la nueva relación requería de un embajador formado en las artes de la diplomacia, con el tacto y el talento para llevar con acierto el reencuentro entre las dos naciones atadas por una historia común.

Al presidente, sin embargo, poco importaron las consideraciones diplomáticas. Su prioridad era deshacerse de su predecesor, Luis Echeverría, que insistía en seguir inmiscuyéndose en asuntos que ya no le competían, y la mejor manera de hacerlo era nombrándolo embajador en los confines del mundo: Echeverría fue enviado como representante de México en Australia, Nueva Zelandia y las Islas Fidji.

Para guardar las apariencias, López Portillo decidió hacer lo mismo con Díaz Ordaz y de la noche a la mañana lo convirtió en miembro del servicio exterior mexicano. Habían transcurrido casi diez años desde los acontecimientos de 1968, y don Gustavo -que se había mantenido alejado e incluso aislado de la vida nacional- volvía al escenario público, más por presión que por gusto, y a un cargo que nadie esperaba: fue designado primer embajador de México en España. A todas luces, la decisión del presidente José López Portillo parecía descabellada.

""Después de muchos incidentes y a presión presidencial, Díaz Ordaz acepta la embajada -escribió en sus memorias José López Portillo-, compromiso con el que nunca estuvo satisfecho del todo, empezando porque se tenía que vestir de etiqueta y terminando con que no le pareció el trato que le daba Santiago Roel [secretario de Relaciones Exteriores]. Y ello, sin hablar del rencor que se le vino encima y que se había acumulado en su contra y no se había ventilado desde 1968"".

El 4 de abril de 1977 se anunció formalmente la designación de Díaz Ordaz y las viejas heridas volvieron a sangrar. Nuevamente salieron a la luz pública las acusaciones por lo sucedido en el 68. La izquierda reaccionó con virulencia contra el gobierno. Durante todo el mes los estudiantes organizaron movilizaciones de protesta y un grito comenzó a circular entre la sociedad: ""Al pueblo de España no le manden esa araña"".

El día 13, el ex presidente dio una desafortunada conferencia de prensa sobre su nuevo nombramiento. Se le veía molesto, podía percibirse que había sido presionado. Nunca estuvo convencido pero se comportó de manera institucional. Como era previsible, los reporteros prestaron poca importancia al nombramiento y se dedicaron a cuestionarlo, una y otra vez, sobre el movimiento estudiantil de 1968 y particularmente sobre el 2 de octubre, los presos políticos y su responsabilidad en dichos acontecimientos. La respuesta de Díaz Ordaz fue severa:

""No estoy de acuerdo con usted en que hay un país antes de Tlatelolco y otro país después de Tlatelolco -le dijo a uno de los reporteros-, ese es un incidente remoto... Va a España un mexicano limpio, que no tiene las manos manchadas de sangre… Pero de lo que estoy más orgulloso de esos seis años de mi gobierno, es del año de 1968, porque me permitió servir y salvar al país, les guste o no les guste, con algo más que horas de trabajo burocrático, poniéndolo todo, vida, integridad física, peligros, la vida de mi familia, mi honor y el paso de mi nombre a la historia. Todo se puso en la balanza, salimos adelante, y si no hubiera sido por eso, usted no tendría la oportunidad, muchachito, de estar aquí preguntando"".

La amargura del embajador

Entre gritos y sombrerazos, en julio de 1977, Díaz Ordaz marchó a España y el 21 presentó sus cartas credenciales ante el rey Juan Carlos. Por encima de la politización que se había desatado en México por su nombramiento, el momento indudablemente era histórico. Díaz Ordaz se presentaba como el primer embajador mexicano en tierras españolas desde 1939.

Sin embargo, para el ex presidente ninguna de estas consideraciones fue suficiente. No era un hombre hecho para la diplomacia, no tenía el carácter ni mucho menos el ánimo para el protocolo o la vida social por lo que decidió terminar su aventura diplomática, por voluntad propia, y sin importarle las formas. El 2 de agosto -once días después de su presentación oficial como embajador-, Díaz Ordaz tomó un avión y se regresó a México. ""¡Me voy porque se me da la gana! ¡Y no me regresaré, no me despediré de nadie, ni del rey!"" Y así lo hizo, dejando la nueva relación en una situación bastante comprometida pues los españoles consideraron la actitud del embajador como una falta de respeto a España.

El ex presidente volvió al país y se retiró definitivamente de la vida pública, no sin antes escribirle una carta a López Portillo notificándole su decisión irrevocable. ""En carta manuscrita que ayer me llegó -anotó López Portillo en sus memorias-, Díaz Ordaz renuncia a su puesto de embajador en España. Alega un agravamiento en sus ojos, que lo obliga a atención. ""Árbol viejo no se trasplanta"", concluye. Y creo que ese es el motivo. Aguantó como los hombres hasta el final; pero no soporta las rutinas de la embajada. Sin duda tiene razón, y como me lo dijo, era una equivocación. Tal vez lo fue. El tiempo lo dirá"".