Un beso para la historia

La época de la anarquía - Vida Cotidiana

El general vestía su uniforme de gala. Montado sobre un magnífico caballo que se movía nervioso en la plaza mayor de Aguascalientes, esperaba ansioso la revista de sus tropas. Eran los primeros días de mayo de 1835 y la multitud se encontraba reunida para ver desfilar el ejército de 4000 hombres, que bajo el mando de don Antonio López de Santa Anna se disponía a marchar sobre Zacatecas, cuyas autoridades habían tomado las armas para oponerse al centralismo.

La gente aplaudía jubilosa ante la presencia del caudillo jalapeño. Con sus mil jinetes, dos mil soldados de infantería y 18 piezas de artillería la humildad no tenía lugar en Aguascalientes. Santa Anna sonreía complacido, guiñaba el ojo a las mujeres bonitas, agradecía las caravanas de los hombres y llenaba el alma con el reconocimiento público. Esos momentos hacían su vida. No lo atraía el poder sino la gloria y la fama que rodean a quien detenta el poder.

Mientras en los vítores y cohetones resonaba la alegría popular, el general quedó prendado de la belleza de una noble mujer que no había perdido detalle alguno de la parada militar. Su delicado andar, la fineza de sus movimientos, su pequeño talle, pero sobre todo el generoso escote de su vestido sedujeron por completo al caudillo, cuya debilidad por las mujeres era de todos conocida. De inmediato llamó a uno de sus ayudantes de campo para que averiguara el nombre de aquella mujer que, indudablemente, haría pecar a toda la corte celestial.

Doña María Luisa Fernández Villa de García Rojas era una mujer verdaderamente hermosa. Hija de don Diego Fernández Villa -próspero comerciante de Aguascalientes- se había casado en 1822 con don Pedro García Rojas, hombre de reconocido abolengo, inmiscuido desde tiempo atrás en la política local. Don Pedro y doña María Luisa eran, sin más, una pareja bienavenida.

La joven mujer, hacía gala de sus virtudes: caritativa, generosa, devota, enemiga de cualquier escándalo, de buenos modales y muy reservada. Era ejemplo a seguir por lo más selecto de la sociedad hidrocálida. Por si fuera poco, a diferencia de otras mujeres de su época, conocía a fondo la situación política de Aguascalientes -gracias a su esposo- y se dolía de su suerte.

Desde su fundación en 1575, la Villa de Nuestra Señora de la Asunción de las Aguas Calientes fue un punto estratégico. Lugar equidistante al océano Pacífico y al Golfo de México, ubicado en la meseta central, al norte de las tierras fértiles del Bajío y al sur de los desiertos norteños, sus condiciones geográficas permitieron el desarrollo de cientos de haciendas que crecieron bajo el amparo del célebre Camino Real de Tierra Adentro -también conocido como la ruta de la Plata que venía desde Santa Fe (Nuevo México), y llegaba hasta la capital novohispana, pasando además por Zacatecas, San Luis Potosí y Querétaro, entre otras poblaciones.

A pesar de su importancia económica y política, desde tiempos virreinales Aguascalientes unió su destino al de otras regiones consideradas por entonces, más importantes. Durante la dominación española, formó parte del reino de Nueva Galicia cuyo gobierno tenía su sede en Guadalajara. Al consumarse la independencia, la situación no mejoró. La constitución federal de 1824 determinó que su territorio, administración pública, rentas y demás, estarían supeditadas al estado de Zacatecas del cual formaba parte.

Por las conversaciones con su esposo, por las pláticas de su padre, por los recuerdos de sus abuelos -y por experiencia propia-, doña María sabía que la mayor parte de los recursos destinados al estado permanecían en Zacatecas; las principales industrias, negocios y comercios eran llevados a territorio zacatecano, la atención era para los ciudadanos del territorio contiguo y Aguascalientes vivía prácticamente en el abandono, con excepción del cobro de impuestos, momento en que las autoridades recordaban perfectamente la existencia de los hidrocálidos.

""La oportunidad la pintan calva"" señala el refrán popular. Seguramente así lo pensó doña María Luisa, al enterarse de que el hombre fuerte del país, don Antonio López de Santa Anna estaría unos días en Aguascalientes. Su presencia en la ciudad, podía traer grandes beneficios a su tierra. Y para no perder la oportunidad, cuando menos de exponer sus inquietudes a Santa Anna, don Pedro García Rojas y su esposa organizaron una recepción en honor del caudillo jalapeño.

Sólo con un beso

Todavía en la plaza mayor, luego de que su ayudante de campo le informara la identidad de la hermosa mujer, el general se dirigió a saludarla con mucha diligencia. Las presentaciones no se hicieron esperar. Habló don Pedro, presentó a su bella esposa y le extendió a Santa Anna la invitación para la recepción que preparaban en su honor. Con la mayor de las discreciones y sin perder el encanto ni la compostura, doña María le dirigió una mirada sutil, una sonrisa apenas perceptible -como sólo las mujeres saben hacerlo-, pero suficiente para ganarse la voluntad del caudillo, aún sin haber cruzado mayor palabra que la del saludo.

La casa, adornada impecablemente, recibió a lo más selecto de la sociedad de Aguascalientes para entregarse a la seducción y el carisma, del hasta hace unos meses, presidente de la república. La velada transcurrió plácidamente, no podía faltar la música ni los brindis ni las conversaciones en pequeños grupos. El caudillo sonreía, saludaba, conversaba pero en ningún momento quitó el ojo a la hermosa doña María Luisa que lucía radiante, más radiante que nunca aquella noche.

Doña María Luisa encontró el momento apropiado para conversar con Santa Anna acerca de los problemas que padecía Aguascalientes. Pasmado por su belleza, el general sólo asentía. No ponía reparos, no preguntaba nada, simplemente dejaba hablar a la noble señora. En un momento de la conversación, doña María Luisa señaló que los hidrocálidos estaban dispuestos a realizar cualquier sacrificio para separarse de Zacatecas y constituirse como un estado libre y soberano. Santa Anna, que no dejaba escapar ninguna oportunidad, escuchó claramente la incitante provocación y preguntó: ""¿cualquier sacrificio?"". ""Cualquiera"" -respondió la mujer.

Y como si el destino jugara a favor de Aguascalientes, por unos minutos hombre y mujer quedaron solos en uno de los salones de la magnífica mansión. El general acercó sus labios a los de doña María y el silencio se convirtió en un largo, profundo y apasionado beso, roto solamente por los pasos que se escuchaban cada vez más cerca. Don Pedro, el ilustre esposo, se presentó súbitamente y antes de cualquier cosa, su mujer le informó llena de júbilo: ""Pedro, el general Santa Anna ha tenido a bien, conceder la autonomía de Aguascalientes y su separación de Zacatecas"". El caudillo jalapeño asintió con la cabeza. El aroma y los labios de aquella hermosa mujer, lo habían rendido por completo.

Dicen que la historia del beso es una leyenda. Lo cierto es que, el primer gobernador de Aguascalientes fue Don Pedro y uno de los símbolos que conforman el escudo del estado, son unos labios femeninos, delicados y dulces junto a una cadena rota. Indudablemente fue un beso el que cambió la historia.