Tienen razón los zapatistas

La revolución - Hechos

En 1912, durante la conciliadora campaña contra los zapatistas, el general Felipe Ángeles confió tanto en sus métodos de persuasión que le pidió a su esposa viajar a Cuernavaca para reunirse con él. Ni tarda ni perezosa doña Clarita se hizo acompañar por dos de sus hijos, y viajó acompañada de su hermana. A pesar de que el tren fue atacado por los guerrilleros, las dos mujeres y los niños llegaron con bien a la capital de Morelos y sobre todo con buen ánimo. La presencia de doña Clarita apaciguó los rumores sobre la violencia zapatista y tranquilizó a la sociedad morelense. Si hubiera existido una amenaza real, Ángeles jamás habría llamado a su familia.

Fueron los días más felices de la campaña en el sur. Durante un mes, el rostro de Ángeles se llenó de alegría; su aspecto grave y meditabundo cambió. Se le veía tranquilo, platicador y de buen humor. Gozaba observando a sus pequeños hijos correr por los jardines de la Borda y se alegró de saber que doña Clarita había hecho buenas migas con Rosa King, la amable dueña del famoso hotel Bella Vista, con quien solía pasear a caballo en las cercanías de Cuernavaca.

Unos días antes de emprender el regreso a México, la señora de Ángeles y doña Rosa, organizaron una posada en el teatro principal de Cuernavaca. Fue un resquicio de luz que rompió el ambiente sombrío de los últimos meses. ""¡Aquella noche feliz, todo pensamiento de guerra fue expulsado del círculo de luz, y soldados y vecinos se rindieron a la dicha!"" -escribió la señora King.

Con la partida de su esposa, Ángeles volvió a mostrar el aire de reflexión y melancolía que lo rodeaba. Sus buenas intenciones y su humanismo fueron insuficientes para lograr la paz en la región. Los zapatistas estaban dispuestos a deponer las armas sólo si el gobierno iniciaba a la brevedad la restitución de tierras a partir de lo establecido en el plan de Ayala. Pero en la capital del país, las distintas fuerzas que componían el Congreso de la Unión -serviles ante la dictadura porfirista, pero feroces opositores al régimen de Madero- paralizaron todo intento de reforma e iniciativa presidencial. La burocracia conservadora impidió a toda costa la solución del problema zapatista.

""Daría cualquier cosa por mostrarle a esa gente el error que están cometiendo -le confesó Ángeles a su amiga la señora King-. El presidente Madero está haciendo cuanto puede por ellos, pero necesita colaboración. Los conservadores, empleando todos los trucos de la política, lo combaten a cada paso y ¿cómo puede imponer sus reformas si el pueblo al que quiere ayudar no lo respalda?""

Muy a su pesar, Ángeles se vio obligado a combatir al zapatismo. Lo hizo bajo otras reglas que salvaron vidas de gente inocente, pero entre el militar y el humanista, por momentos imperó el soldado. Presionado por el gobierno y los políticos de la ciudad de México, el general marchó al estado de México en busca del más famoso dinamitador de de trenes Genovevo de la O. Lo acompañaron varios oficiales que luego participarían en el golpe de estado contra Madero, como el teniente coronel Jiménez Riveroll.

A lo largo del trayecto, el general se percató que buena parte de los soldados y oficiales que formaban parte del ejército de la república se habían corrompido. A pesar de las órdenes en contra, algunos seguían repitiendo los viejos métodos de disuasión del general Robles: inventaban combates para justificar la destrucción de pueblos; rompían la formación para robar caballos y saquear rancherías. El ejército derrotado por la revolución en 1911, y al cual Madero le había otorgado una segunda oportunidad, desconocía ya el significado del honor y la lealtad.

Después de varias jornadas, su ejército llegó hasta el campamento del jefe zapatista. Lo encontraron abandonado; parecía más una ranchería que un cuartel general. Ordenó pasar la noche en aquel lugar, muy cerca de Santiago Tianguistengo, y a la mañana siguiente, a pesar de que su razón le indicaba lo contrario, se impuso el militar en la personalidad de Ángeles y el general dio la orden de quemar el campamento. ""¡Qué espectáculo más salvaje el del incendio de un poblado! -escribió tiempo después-. Se me figuraba ver al presidente con sus ojos bondadosos y estuve seguro de que si hubiera estado allí me habría ordenado: ‘mande usted que apaguen ese fuego; que lo apaguen a toda costa’"".

Prenderle fuego a un lugar abandonado no significó nada para la causa del gobierno federal. Su actitud conciliatoria había logrado más: debilitar al zapatismo de manera natural, ya que hasta hacía algunos meses, la gente de los pueblos prefería engrosar las filas de Zapata a padecer los abusos y crímenes de Juvencio Robles. Con la llegada de Ángeles a Morelos buena parte de los guerrilleros retornaron a sus hogares, esperando que la situación mejorara a través de las leyes.

A todas luces, la operación sobre las posiciones zapatistas en el estado de México había sido un fracaso. Ángeles lo sabía. Y mientras las llamas devoraban aquellas tierras, el general dio por concluida la campaña. A una parte de su ejército lo envió a Toluca, y con el resto de sus tropas inició el regreso a Cuernavaca. Cabalgaba pensativo y no sin cierta amargura: la guerra continuaba. Los zapatistas seguían en pie de guerra.

Desde una elevación Ángeles pudo ver el dantesco paisaje que aparecía ante sus ojos. Enormes columnas de humo se alzaban sobre las cosechas delineando el camino de Santiago Tianguistengo hacia Toluca. Eran las fuerzas del teniente coronel Jiménez Riveroll que dejaba un rastro de dolor y destrucción a su paso. Eran los ""heroicos y esforzados defensores del honor nacional"" -como les llamaba la prensa-, quienes una vez más daban muestras de su civilidad.

La campaña contra Genovevo de la O fue el mayor acercamiento que tuvo Ángeles con la vida cotidiana de los pueblos de Morelos, trastocada por la violencia desde 1911. Surgió entonces el humanista que no pudo menos que conmoverse con la situación de miseria y desigualdad en que vivían los campesinos. Era evidente la terrible injusticia que imperaba en el estado -una más de las ""grandes"" obras del porfiriato. Y Ángeles se dolía del dolor de los campesinos.

""¿Tiene derecho -escribió el general- la sociedad que ampara los despojos de los privilegiados contra los pueblos y los desheredados; tiene derecho la sociedad que permite el asesinato ejecutado por los jefes militares en las personas de los humildes indios, víctimas de bajas y viles intrigas; tiene derecho la sociedad que no ve con horror el derecho de las poblaciones, la conversión de los templos en cuarteles y caballerizas, que ve impasible que los indios sean expulsados de sus hogares y anden errantes por los bosques como fieras; tiene derecho esa sociedad a reprochar a los zapatistas que hagan una guerra sin cuartel a sus verdugos y que caigan a media noche sobre un campamento de soldados ahogados por el alcohol y los sacrifiquen?""

Su conclusión no podía ser más clara: ""No tiene derecho la sociedad. Es justificada la actitud de los zapatistas"".