Termina un siglo

El Porfiriato - Vida Cotidiana

""La cuestión no es de astronomía ni de cronología -apuntaba un editorial de El Liberal en su edición del 31 de diciembre de 1899-, es de caracteres, es cuestión de temperamentos y de circunstancias. ¿Cuándo comienza el siglo XX, preguntan todos ¿En 1900 o en 1901? ¿Con qué comienza: con 0 o con 1? Cuando uno cuenta diez pesos ¿se cuenta ‘cero, uno, dos, tres’? o bien ¿se cuenta ‘uno, dos, tres cuatro’? Si yo soy el que paga, claro es que comenzaré a contar por el uno, y puede que hasta por el dos o el tres. Pero si alguien me paga a mi, creo que no me vendría mal que comenzara por el cero"".

Al Padre Tiempo le resultaba ociosa la vieja discusión que los hombres sostenían al acercarse un fin de siglo. Días, horas o minutos; en cero o en uno, poco importaba. La medición del tiempo era tan arbitraria como muchas otras convenciones a las que había llegado la humanidad, y ni siquiera en ellas todos estaban de acuerdo. Cada religión acomodaba el tiempo siguiendo sus propios usos y costumbres; incluso en occidente, había quien sostenía que por un error de contabilidad y ajuste de calendarios, la era cristiana tenía cuatro años más, por lo que 1899 era verdaderamente 1903.

Los más sensatos decidieron olvidar las necias y bizantinas discusiones, -de política, religión y tiempo mejor no hablar- y sin prestar atención a los ceros o los unos, se dispusieron a celebrar el cambio de nomenclatura. No era lo mismo vivir en los ya entonces muy viejos mil ochocientos, que en los relucientes mil novecientos. Valía la pena presumir de haber existido en dos centurias distintas. Y si el siglo XIX se completaba con cada uno de los mil ochocientos, el nuevo siglo por lógica contemplaría ""todos"" los mil novecientos. Sin más razón que la propia, los sensatos gritaron al sonar las campanadas de la medianoche del 31 de diciembre de 1899: ""¡Bienvenido el siglo XX!""

Sonaba la hora de los grandes balances. A pesar de los necios, el siglo XIX se veía a sí mismo como el ""de las luces"". Escritores, periodistas e intelectuales lo despidieron de esa forma. Nuevas convenciones humanas -arbitrarias al fin y al cabo- le arrebatarían el título para otorgarlo al XVIII, ciertamente luminoso en ideas, pero el XIX alumbró el camino de la humanidad con la refulgente luz del avance tecnológico y el liberalismo político. El siglo que concluía ""no era el de la imaginación, sino el siglo de las maravillosas realidades, cuya utilidad entra por los ojos y se toca con las manos"".

""Felicitémonos por haber nacido en el siglo XIX -apuntaba El Imparcial del 1 de enero de 1900-, llamado con justicia el siglo de las Luces. Este siglo ha visto caer en Europa y América la Inquisición, las monarquías absolutas, los gobiernos coloniales y las aristocracias feudales. Este siglo vio brillar en la cumbre de Guadalupe la espada de Zaragoza. El siglo de Fulton y de Morse, del telégrafo y del vapor, el siglo que no se presta al fanatismo"".

Pero el célebre triunfalismo porfiriano de El Imparcial no era compartido por todos. Escritores más críticos, como Federico Gamboa, se preguntaba: ""el siglo XIX, llamado de las Luces, ¿por qué, si ha tenido tantas o más sombras que las centurias sus antecesoras?"".

No faltaba a la verdad. En los cien años que llegaba a su fin, el mundo había rendido culto a Marte, el dios de la guerra. Bastaba recordar la Europa napoleónica, voltear los ojos hacia el continente africano que padecía el neocolonialismo; pensar en las intervenciones europeas sobre América u observar como el garrote norteamericano adquiría lentamente aterradora forma con que golperaría al mundo en la nueva centuria.

Como un nuevo tenorio, el siglo XIX se despedía de la humanidad recitando al mundo los célebres versos que Don Juan había espetado ante las tumbas de sus víctimas: ""Vosotros a quien maté./ No os podéis quejar de mi,/ si buena vida os quité/ buena sepultura os di"".