Temible impuesto

El Porfiriato - Vida Cotidiana

""Una simple ojeada de las leyes da idea del embrollo de la legislación fiscal"". Así lo reconoció la propia comisión de Hacienda de la Cámara de Diputados, cuando en 1878 trataba de encontrarle la cuadratura al círculo al espinoso asunto de la recaudación, que año tras año, al discutir la ley de ingresos, ponía a pensar a los legisladores sin mucho éxito. Si las bayonetas y la pólvora de los cañones sumieron a la república en el caos durante el siglo XIX, algunos impuestos hicieron lo propio con la economía y el comercio nacional. Como  criaturas abominables, terror de los comerciantes y azote de los consumidores aparecían en toda la república las terribles alcabalas.

Creadas en España en 1342 y aplicadas en  territorio novohispano desde 1571, las alcabalas sobrevivieron al virreinato y se establecieron cómodamente en el México independiente. En su forma original la hacienda pública recibía el 2% de cada operación comercial. El tiempo demostró al gobierno las bondades del ancestral impuesto y fue más lejos: fijó tarifas especiales para los diversos productos y se establecieron aduanas interiores en todos los estados de la federación, de esa forma los gobiernos locales se encargaron de gravar las mercancías que entraban, salían o simplemente transitaban por sus territorios.

Durante años los comerciantes padecieron de las alcabalas mientras las arcas públicas despilfarraban sus ingresos en sofocar alguna revuelta, en la defensa del país o en los bolsillos de más de un funcionario público. Se aplicaban de forma discrecional y en la mayor parte de los casos el comercio de vinos y aguardientes llevaba la peor parte. En 1842, se autorizó el impuesto del 20%  ""al aguardiente, azúcar y miles que se extraigan de la caña dulce"". Tan grandes fueron las protestas de la sociedad que el gobierno prefirió revisar su nueva ley y determinó lo siguiente:

""La dirección general de alcabalas asociándose con dos personas inteligentes, propondrá las reformas que crea convenientes, así para la continuación del mismo decreto o para su derogación"". A pesar de algunos parches en la legislación, las alcabalas siguieron imperando. Hacia mediados de la década de 1870 la opinión pública manifestaba su descontento: ""Se han expedido tantas y tan absurdas leyes sobre el movimiento comercial interior del país que la producción nacional ha sido una víctima constante, quedando sumergida en la inmovilidad y en el abandono"". Para fortuna del comercio desaparecieron en 1896.