Sydney, Soraya y Fox

La transición democrática - Vida Cotidiana

Para los mexicanos el año 2000 fue más que el miedo irracional al Y2K -o error del milenio-: estábamos azorados porque, finalmente, el ejercicio democrático había triunfado y tras siete décadas de hegemonía, el PRI descendía de su pedestal político. Fue el año de la transición y desde entonces han corrido dos sexenios de gobierno panista.

A los temores finiseculares, el mundo puso pausa para entrar por unas semanas en el impasse de los Juegos Olímpicos, Sydney 2000, en los que participaron más de 10 mil atletas, 40% mujeres. México envió a 114 deportistas que regresaron, ¡oh sorpresa! con seis medallas, una de ellas, la de oro, por demás insólita: en halterofilia femenil. Como las elecciones de julio de 2000, la medallista Soraya Jiménez marcó un hito en la historia nacional, nadie daba crédito a su triunfo, salido aparentemente de la nada, absolutamente inesperado.

Después de cuatro ediciones olímpicas sin obtener el oro, México (¿o debo decir, Soraya?) lograba la medalla dorada y la primera de este nivel en la historia para una mujer mexicana. Como en las elecciones, los mexicanos nos mirábamos desconcertados: ¿y ahora qué se hace con esto? Un deporte tan poco atractivo -ustedes me disculparán-, sin dosis de adrenalina, escaso de emoción, poco estético -doble disculpa-, pero totalmente exigente: no permite la falta de concentración, premia al esfuerzo supremo y el triunfo se alcanza en un suspiro o, mejor dicho, en una exhalación que, poderosa, permita levantar con un impulso los muchos kilos y sostenerlos por segundos que parecen interminables al ver el rictus de los competidores.

Con sus 58 kilos de músculos, Soraya sumó, entre arranque y envión, 225.5 kilos. Eufóricos, los mexicanos festejamos un triunfo que no sabíamos cómo hacer nuestro. Era fácil, después de que la selección de futbol ganara un partido, tomar una pelota y salir a jugar al patio o a la calle, pero, ¿cómo hacíamos para imitar a la campeona de halterofilia? Además, nadie, o pocos, entendían las reglas...

Los Juegos Olímpicos se inauguraron el 15 de septiembre. Esa noche el presidente saliente, Ernesto Zedillo, dio el Grito de Independencia por última vez en el siglo XX para él y para su partido. En tanto, el presidente electo Vicente Fox, mantenía los dedos, cual figura de cera, con la V de la victoria. Pero quien tuvo la verdad en su boca fue Soraya Jiménez cuando, después de colgarse la presea dorada, habló sobre el triunfo: Cuando se obtiene hay que saber mantenerse sin perder el piso. Por cierto, ¿alguien sabe dónde anda Soraya?

Como diría un columnista de la época: ""en estos días, en cuanto ocurre el presente, se marchita y sabe a pasado"".

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