Suegras

Aires libertarios - Vida Cotidiana

Ni el más audaz de los militares, el más visionario de los políticos o el más aguerrido de los caudillos pudo rehuir el destino que se abría con el enlace matrimonial. Regida caprichosamente por el azar, la relación entre yernos y suegras guarda buenas historias.

Algunos, como Hernán Cortés, bebieron el amargo cáliz de su suegra. Doña María Marcaida, madre de Catalina Xuárez, lo acusó de ser el primer ""autoviudo"" de la historia mexicana y le instruyó causa ""por los bienes gananciales habidos durante el tiempo del matrimonio de don Hernán y doña Catalina"".

Otros, en cambio, saborearon las mieles del buen trato: Porfirio Díaz era el partido perfecto para Carmen Romero Rubio, y como presidente no podía ser mejor yerno, no obstante los 34 años que mediaban entre el general y su joven prometida. Buscando quizá a la suegra perfecta, Pancho Villa tuvo de donde escoger entre las más de diez consortes que lo acompañaron a lo largo de su vida. Buenas, enojonas, amables, entrometidas, respetuosas, frías, cariñosas, irónicas o sensatas, las suegras tienen historia propia.

El miércoles 9 de septiembre de 1807, un hombre dio un último y sentido adiós a la madre de su esposa publicando en el Diario de México una Elegía bajo el título: ""Un yerno agradecido tributa a su suegra los últimos honores irónico-lúgubres"": ""Al son de la zampoña destemplada/ tan solo acompañado de mi pena/ con dolorosa voz la muerte lloro/ de la más venerable de las suegras./ Una prenda estimable, no lo supe/ hasta que la perdí, me concediera,/ el Cielo por favor, y me la quita/ cuando apenas lograba conocerla/ ¡O mujer a ninguna comparable! Ejemplo, honor, y espejo de las suegras!/ Escucha de tu yerno los suspiros,/ que exhala inconsolable acá en la tierra./ Tú eras la que siempre muy gustosa,/ como aquel que conduce mansa oveja/ a su destino, llevabas a tu hija/ a los bailes, visitas y comedias./ Tú con diestras lecciones le enseñabas/ a caminar sin miedo por la senda,/ que cuanto puede evita el buen marido/ por el riesgo que corre su cabeza/ Ninguna musa alegre hoy me influya,/ pues jamás los genios se hermosean,/ ni se adornan con flores los sepulcros/ cuando allá conducimos a las viejas./ Así te ha sucedido, suegra amada,/ disfrutes allá arriba gloria eterna,/ según tu yerno, triste, suspirando,/ al padre omnipotente se lo ruega.""