Sombras de un país ensangrentado

Literatura

Nada prueba que el joven, carismático y corrupto Francisco R. Serrano, candidato a tomar el lugar de Plutarco Elías Calles en la silla presidencial, tuviera intenciones de levantarse en armas. No obstante, terminó por intentarlo, porque su futuro, como el de los héroes trágicos de la Grecia clásica, parecía trazado de antemano.

En el año 1927, otros dos suspirantes pugnaban por la presidencia. Uno era Arnulfo R. Gómez, antiguo protegido de Calles. Otro, el ex presidente Álvaro Obregón, decidido a reelegirse con la venia de Calles después de modificar la Constitución. Poco a poco, la presión sobre Serrano creció, hasta que Gómez fue muerto en Veracruz y no quedó hueco para la duda: la mancuerna de Calles y Obregón iba por todas, a matar o morir.

Así, Serrano se movió con sus seguidores a Cuernavaca, al parecer listo para iniciar la rebelión, es decir, a adelantársele a sus rivales -en un país donde, Martín Luis Guzmán dixit, la política sólo conjuga un verbo: madrugar-. Fracasó. Fue aprehendido junto con varios de sus partidarios y al ser traído de Cuernavaca, en Huitzilac, el convoy fue detenido por un comando y sus ocupantes sometidos a tortura y finalmente ejecutados.

Guzmán, entonces, vivía su segundo exilio en España, expulsado por una amenaza clara del presidente Obregón. Hasta allí llegaron las noticias de Huitzilac y en ese momento el escritor, que estaba por llevar al público El águila y la serpiente, se puso a hacer una versión narrativa de aquella pesadilla. El resultado: quizá la mejor novela escrita en México.

La sombra del caudillo, como la casi totalidad de su obra, se publicó por entregas en la prensa. De un modo que todavía intriga a muchos, Guzmán optó por conservar la historia intacta, casi como una recreación novelada del material periodístico, pero rebautizó a todos los personajes con nombres ficticios. No hubo en su decisión un intento de velar sus intenciones: Huitzilac estaba ahí, clarito, como evidenció el enojo monumental de Calles.

El motivo es literario: brillantemente literario. Sin perder actualidad o vínculo con la nota roja en que se inspira, la historia adquiere una suerte de dimensión universal con la simple estrategia de poner dos pasos de distancia con el pasado reciente, de jugar con las sombras de un México ensangrentado. Así el lector, junto a un testimonio de época imprescindible, enfrenta una reflexión sobre el poder que emparienta, justamente, con el teatro clásico. Una tragedia, pues, en el sentido más puro.