Shakespeare: sonetos

Literatura - Obras

En la actualidad, la obra dramática de Shakespeare se roba toda la fama. Macbeth es quizá, la obra más representada de todos los tiempos y el célebre “ser o no ser” de Hamlet es la línea teatral más reconocida del mundo. Pero hubo un tiempo en que el verdadero reconocimiento del autor se le daba no como dramaturgo, sino como poeta.

            En la época isabelina, los poetas dependían del patrocinio de los aristócratas para subsistir; cuando esto no era posible, muchos de ellos se ocupaban como dramaturgos que trabajaban, muchas veces de mala gana, en los teatros de Londres que representaban un gran negocio y pagaban mejor, y con más certeza, que los mecenas.

            Shakespeare escribió 154 sonetos, que el ensayista William Wordsworth  define como “la llave con que Shakespeare nos ha abierto su corazón”. Una llave que no ha estado libre de polémica. A su llegada a Londres, Shakespeare conoció a Henry Wriothesley, tercer conde de Southhampton, quien se convirtió en su mecenas y, presumen muchos, en el objeto de su inspiración.

            Cuatrocientos años después de la muerte del Bardo de Avon, no se sabe –ni se sabrá- a ciencia cierta si W. H. (como se le nombra en la dedicatoria de los Sonetos) era su amante, su rival de amores, o simplemente su patrocinador; ni mucho menos quién pudo haber sido la “dama morena”, tan nombrada en los versos que suscitó la pasión del poeta.

            Quedan los poemas que ahora recordamos en la versión lírica de Ramón García González:

Soneto 22

No puede convencerme mi espejo de ser viejo,

mientras tú y tu juventud, tengáis la misma edad.

Mas cuando veo en ti, los surcos que hace el tiempo,

miraré que la muerte, ponga fin a mis días.

 

Dado que la belleza que te cubre al completo,

es el digno ropaje que usa mi corazón,

ya que en tu pecho vive, como el tuyo en el mío.

¿Cómo puede en tal caso ser más viejo que tú?

 

Ten por ello, mi amado, cuidado de ti mismo,

como yo bien me guardo, tan sólo por tu bien.

Tengo tu corazón, con el mismo cuidado,

que usa el aya más tierna, cuando cela a su niño.

 

No cuentes con el tuyo, si al mío lo asesinan,

porque tú me lo diste, para no devolvértelo.

 

Soneto 23

Igual que un torpe actor cuando pisa la escena,

olvida por temor, su papel a decir

o tal como el colérico, de rebosante furia,

agota con su esfuerzo, su propio corazón.

 

Yo por falta de fe, me olvidé de decir,

la exacta ceremonia del rito del amor

y al cargar con el peso de mi amor desfallezco,

bajo la propia fuerza de mi excesivo amor.

 

¡Oh! Deja que mis libros, te sirvan de elocuencia

y los malos heraldos de mi parlante pecho,

imploren por tu amor y esperen recompensa,

más, que a la mejor lengua, que exprese lo que siento.

 

Aprende a bien leer, lo que el silencio escribe:

Oír con la mirada es signo de amor puro.