Ricardo Bell: "Y diche una..."

El Porfiriato - Personajes

Alejandro Rosas

Aunque la tradición circense había echado raíces desde principios del siglo XIX, y tuvo un gran impulso a partir de la década de 1860 con el circo Chiarini, nada fue comparable con el éxito que durante el porfiriato tuvo el Circo Orrín que ató su nombre a uno de los payasos más célebres de la historia mexicana: Ricardo Bell.

          Un cronista de finales del siglo XIX, escribió: “el circo de Orrín no es un negocio, es una institución pública. Es una costumbre tan arraigada como la Semana Santa y las posadas. Es la médula de la alegre tradición del pueblo mexicano, lo mismo en Chihuahua que en Guadalajara o México”.

          El circo Orrín llegó a la ciudad de México en 1879 para establecerse en la plaza del Seminario. Según refiere Moisés González Navarro, en aquella época se hicieron famosos la señorita Dodona que montaba cuatro caballos a pelo; los patinadores Austin; la mujer mosca –trapecista de 13 años de edad-; los gimnastas Livingston; la señora Yanamoto que subía escaleras cuyos peldaños tenían hojas afiladas, el niño acróbata, de nombre Nicolás, que contaba con tres años de edad y la niña Sansón, entre otros.  

          Cuando el Circo Orrín inició sus funciones en México, el payaso Ricardo Bell ya gozaba del reconocimiento de la sociedad. Nacido en 1858 en Deptford, Inglaterra, había llegado a México en 1869 y junto con sus hermanos, trabajó en el circo Chiarini durante varios años, primero como acróbata ecuestre, luego como payaso. 

          Bell fue un innovador. No era el payaso tradicional que recitaba versos cómicos o el que recurría al pastelazo; se adaptó rápidamente a la sociedad mexicana y encontró en ella, en su psicología e idiosincrasia, material para hacer reír a la gente. Fue el primero en hacerse acompañar de un patiño, un enano llamado Florentino Carbajal, “el Pirriplín”; presentaba números musicales con sus hijos tocando diversos instrumentos; bailaba y actuaba, sostenía diálogos ingeniosos y de enredos; imitaba gente famosa de la época.

          Un retrato de la época definía el secreto de su éxito: “su carcajada resonaba triunfalmente, como símbolo de franco regocijo, de mofa sin hiel, de ironía sin veneno, de sarcasmo sin violencia, de ingenio sin obscenidad”. Su humor era fino, ingenioso y con clase.

          Fue tan grande el éxito de Bell, que pronto se ganó el reconocimiento de la alta sociedad porfirista y departía con personajes como el propio don Porfirio y su familia; con poetas y escritores, y llegó a ser miembro del prestigiado Jockey Club. En 1906, fundó su propio circo que estableció en la avenida Juárez bajo el nombre de Circo Bell. Murió en marzo de 1911, cuando la revolución estaba por demoler el México porfiriano que tanto lo aplaudió.