¿República de México o Estados Unidos Mexicanos?

La época de la anarquía - Hechos

En enero de 1825 el ministro de su Majestad Británica George Canning envió a Henry G. Ward una serie de observaciones que debía contemplar al acercarse al gobierno mexicano para ""evitar ciertos pequeños inconvenientes que pueden presentarse en las relaciones diplomáticas de los dos países"".

El representante inglés llegó a México autorizado para suscribir con la administración del presidente Guadalupe Victoria un tratado ""que coloque sobre una base regular y permanente las relaciones comerciales"" existentes entre Gran Bretaña y México. Más allá del trabajo diplomático de Ward, los comentarios de Canning permiten valorar cuál era la preocupación que despertaba en Londres el fenómeno de la desmembración del Imperio hispánico ultramarino y el nacimiento de nuevos países en el hemisferio occidental.

Entre las ""observaciones"" de Canning hay una que llama en especial la atención: la que recordaba a Ward que sus poderes le facultaban para ""concluir y firmar un tratado con el ‘Estado’ de México"" pues, si bien se reconocía que tal ""Estado"" había asumido ""el título de República"", no estaba de más señalar en su momento a los plenipotenciarios mexicanos ""1º. Que la palabra ‘Estado’ es un término genérico, que comprende todas las formas y modificaciones del gobierno popular; 2º. Que ha sido adoptado con el fin expreso de que no parezca que la forma peculiar de la ‘República’ mexicana es la razón o motivo de nuestro reconocimiento que descansa sobre fundamentos bien distintos y que seguramente habría sido prestado con no menos voluntad a un gobierno monárquico o mixto que a uno Republicano; 3º. Que los Estados Unidos de América nunca han considerado necesario exigir que se les designe en documentos diplomáticos como una ‘República’; y 4º, que deseando, como lo hacemos sinceramente, que el ejemplo que ahora ofrecemos será seguido a su debido tiempo por otras Potencias de Europa, consideramos sumamente conveniente por el bien de México mismo, que no se ponga ningún obstáculo innecesario a tal resultado por la simple razón de un término que carece de importancia para cualquier fin práctico"".

Lo que en realidad sucedía es que el ministro, en constante contacto con la corte madrileña, no descartaba la posibilidad de dar una salida monárquica al proceso que, más temprano que tarde, habría de conducir al reconocimiento de la independencia de la nación mexicana. Canning observaba como factible que la casa reinante española mandara a uno de sus miembros a gobernar la América Septentrional independiente -como lo habían propuesto varias voces mexicanas en las ya lejanas Cortes españolas (1820-1823) o como se había estipulado en el Plan de Iguala (1821) con el que México consiguió su independencia.

De momento, con una España invadida por Francia, gobernada por un Fernando VII más irresponsable y absolutista que nunca y reacio otorgar cualquier concesión a los territorios que aún consideraba como sus ""colonias"", una solución monárquica que favoreciera a los Borbones franco-hispanos no podía atraer a la Gran Bretaña. Pero si algo ha sabido hacer con innegable sentido artístico la diplomacia inglesa es esperar. Y Canning estaba dispuesto a ganar tiempo, consciente de que la conversión de América en unánime tierra de repúblicas terminaría por beneficiar a los ya de por sí poderosos Estados Unidos de Angloamérica, esos a los que el presidente Victoria ""despreciaba como nación"" y describía ""como un pueblo ambicioso, siempre dispuesto a atropellar a sus vecinos, sin un destello de buena fe"".

Grande debió de ser la sorpresa del comisionado Ward al percatarse que los delegados mexicanos proporcionaban la solución al incómodo asunto de los términos. En carta a Canning, fechada el 10 de abril de 1825, daba cuenta de que durante las negociaciones, las primeras observaciones hechas por los plenipotenciarios aztecas se referían a la designación que el gobierno inglés hacía de México al denominar a la república simplemente como ‘Estado’. Para los mexicanos, la expresión State of Mexico traducida por ‘Estado de México’ era en realidad una clara referencia a la provincia vecina de la ciudad de México. El empleo de este término, por consiguiente, daría motivo a muchas discusiones innecesarias en el Congreso, y proponían, por lo tanto que donde figurara State of Mexico en el tratado, se sustituyera por los Estados Unidos de México. Ward concluía su comunicación a Canning señalando: ""...Encontrando que no exigían la inserción de la palabra ‘República’ en ninguna parte del tratado, accedimos a que se insertara los ‘Estados Unidos’ cuando fueran necesarias esas palabras"".

De esta forma, la Constitución federal de los Estados Unidos Mexicanos promulgada en 1824 en medio de encendidas loas a Jorge Washington, a Benjamín Franklin y a la floreciente y feliz República del Norte, había proporcionado a la diplomacia mexicana los instrumentos para una primera ""victoria"". Victoria pírrica en verdad, por cuanto que el gobierno de Su Majestad, por varias razones que aquí no vienen a cuento, no ratificaría el tratado suscrito el 6 de abril de 1825. El ansiado reconocimiento inglés a la Independencia llegaría hasta el 16 de julio de 1826.

México, entre tanto, había dado muestras, acaso inconscientes, de que no estaba por defender a ultranza el principio republicano y de que la introducción de una dinastía extranjera llamada a gobernarlo no contaba con su total antipatía. Además, con la sanción del nombre oficial propuesto por primera vez en plena lucha insurgente por el proyanqui caribeño José Álvarez de Toledo, la Patria comenzaría a tolerar que los Estados Unidos (los primeros y los auténticos, se entiende) usurparan para las centurias venideras lo que el conde de Aranda había llamado, en pleno siglo XVIII, ""el sagrado nombre de América"".