Remember The Alamo

La época de la anarquía - Hechos

El general traía la suerte de su lado. Había logrado seducir a la fortuna sin mucho esfuerzo. Se le veía orgulloso, soberbio, echador. Estaba dispuesto a tocar una vez más la gloria del reconocimiento público, incluso si en ello estaba de por medio la patria. El grito de rebelión e independencia que recorrió Texas en diciembre de 1835 -y que a nadie sorprendió- se presentó como la ocasión propicia para alcanzar nuevamente la fama.

En los últimos seis años, don Antonio López de Santa Anna había cosechado varios éxitos políticos que no volverían a repetirse después de la guerra de Texas, pero que, en vísperas del conflicto, le permitieron creer que contaba con los merecimientos para ser el primer hijo de la Patria.

En 1829, Santa Anna hizo fracasar el intento de reconquista comandado por el español Isidro Barradas. En 1832 se convirtió en el fiel de la balanza que puso fin a la serie de golpes de estado iniciados en 1828 con la llegada de Vicente Guerrero al poder y finalizados con su artera muerte en 1831. En 1833 elevó al vicepresidente Valentín Gómez Farías permitiéndole realizar la primera reforma liberal y luego reapareció para dejarlo caer, ganándose la voluntad del clero y del ejército que temían perder sus fueros y privilegios.

Por si fuera poco, a mediados de 1835, Santa Anna -muy pagado de sí mismo- había sometido a las tropas zacatecanas del gobernador García levantadas contra el despotismo militar y contra el establecimiento del centralismo que estaba próximo a ser adoptado como nueva forma de gobierno para México. Con los blasones del vencedor, Santa Anna estaba listo para marchar a combatir a los texanos.

""Con la boca de mis cañones""

La hamaca se mecía cadenciosamente. Iba y venía a ritmo de la naturaleza tropical que rodeaba a la famosa hacienda de Manga de Clavo. Don Antonio descansaba plácidamente; su brazo se movía simplemente para ahuyentar a los mosquitos y de vez en cuando para acercar el tarro y darle un sorbo a su refrescante bebida. El calor veracruzano era parte de su ser, de su carácter, de su ánimo.

El arduo descanso del general fue interrumpido por una comunicación urgente que recibió de la capital el 10 de noviembre de 1835: los texanos se habían levantado en armas, suscribieron una Declaración de Derechos que ya era parte de un ""plan de gobierno provisional"".

Aunque las primeras versiones señalaron que la rebelión tejana fue organizada para oponerse al centralismo, exigiendo la vuelta a la república federal, para nadie era un secreto que los texanos buscaban obtener su independencia, apoyados abierta y descaradamente por Washington. Desde que México alcanzó su libertad en 1821, Texas estaba condenada a perderse frente a la desmedida ambición estadounidense.

Durante años, el gobierno mexicano minimizó el problema tejano. No quiso escuchar las voces serenas de hombres como Lucas Alamán, Luis Mier y Terán o Esteban Austin -colono tejano- que advertían de la imperiosa necesidad de que el gobierno del centro prestara mayor atención a Texas, impulsara políticas de colonización realistas y efectivas, enviara mayores contingentes para salvaguardar la frontera. Nadie escuchó la voz de los texanos mexicanos que veían como año tras año la presencia estadounidense crecía en la región.

Para Santa Anna la rebelión tejana no era un asunto doméstico. No era un movimiento más de mexicanos inconformes. Don Antonio vio claramente a los estadounidenses manipulando los principios libertarios e independentistas de los texanos. Pero en el conflicto también pudo percibir una nueva oportunidad de fama y reconocimiento que alimentaban su vida. Y con toda la soberbia de que disponía, sin medir los riesgos, sin calcular los costos, sin considerar, siquiera, un acercamiento con los texanos mexicanos, decidió ir a la guerra tan sólo para cubrirse de gloria:

Marcharé personalmente a someter a los revoltosos -estableció Santa Anna en una pretenciosa proclama-, y una vez que consume este propósito, la línea divisoria entre México y Estados Unidos se fijará junto a la boca de mis cañones.

Remember The Alamo

En las primeras horas del 6 de marzo de 1836, cerca de cinco mil soldados mexicanos iniciaron el asalto sobre la fortaleza de El Álamo. En el interior de la vieja misión colonial, cuyos muros eran altos y fuertes, se encontraban apostados 183 hombres, entre los que destacaban el comandante Travis, James Bowie y David Crocket -legendario cazador de osos, aventurero y congresista estadounidense-.

No había posibilidad alguna de que los sitiados pudieran revertir el resultado de la batalla que desde el primer momento se antojaba adverso para sus pretensiones libertarias. La única alternativa que tenían, era resistir hasta disparar el último cartucho y esperar la piedad del enemigo -que nunca llegaría.

A pesar de la superioridad numérica, las tropas mexicanas estaban muy lejos de ser un verdadero ""Ejército de operaciones"" -como lo había designado Santa Anna. La mayor parte de sus hombres era una chusma organizada a través de la leva, mal vestidos, mal comidos y mal armados, sin experiencia en combate y cuyos efectivos desertaban a la primera oportunidad. Habían recorrido más de mil quinientos kilómetros antes de topar con el enemigo y ni siquiera sabían, a ciencia cierta, por qué peleaban.

Para el propio Santa Anna, la situación no era más prometedora. Organizar su nueva aventura militar le salió muy caro. Ante la escasez de recursos y la quiebra de la hacienda pública, don Antonio de vio obligado a hipotecar su amada hacienda de Manga de Clavo para obtener fondos y organizar a su ejército. De ahí que frente a los muros de El Álamo, el futuro dictador ordenara arrasar.

Los defensores de El Álamo resistieron con denuedo las descargas de los mexicanos. Los tiros que salían de la vieja construcción daban casi siempre en el blanco causando numerosas bajas mexicanas. Muchos combatientes prefirieron desertar durante la batalla, sin embargo, al cabo de unas horas la superioridad numérica terminó por dictar sus condiciones. El ejército de Santa Anna ocupó la misión y llegó la hora de no dejar a nadie con vida.

Nuestros jefes, oficiales, y tropa -escribió un soldado mexicano-, como por encanto, coronaron a un tiempo las murallas y arrojaron dentro, siguiendo el conflicto al arma blanca. Para las seis y media de la mañana no existía ningún enemigo. Vi acciones que envidio, de heroico valor. Algunas crueldades me horrorizaron, entre otras la muerte de un anciano, que le decían ""Cocran"", y de un niño de cosa 14 años. Las mujeres y criaturas se salvaron. A la tropa se le concedió el saqueo.

La historia estadounidense convirtió la batalla de El Álamo en un símbolo. En una especie de sagrada escritura, en un ejemplo de ""resistencia contra la opresión"". A través de los defensores de la célebre fortaleza exaltó valores como la libertad, la justicia, la lealtad, mostrando a las futuras generaciones, de una forma bastante maniquea -el bien contra el mal-, que el sacrificio por la causa de la libertad siempre tiene su recompensa. La frase remember the Alamo se convirtió en un grito de guerra Tejano y figuras como la de David Crocket fueron revestidas de una santidad cívica que encontraba su contraparte en la ""terrible"" figura de Santa Anna y en los bárbaros mexicanos.

Sin embargo, su limitada visión de la historia -aquella que ha llevado a Estados Unidos considerarse como una nación predestinada- hace poco énfasis en el hecho de que sólo 32 de los defensores de El Álamo eran colonos texanos y que los 151 restantes eran filibusteros estadounidenses reclutados en Tennessee, Kentucky y Alabama, perfectamente armados y pertrechados. Gran paradoja si se considera que los texanos peleaban por su independencia, pero los estadounidenses buscaban a toda costa, incorporar a Texas como una estrella más en la bandera de los Estados Unidos -de hecho, cuatro días antes de la batalla, en Washington fue proclamada la independencia de Texas.

La batalla de El Álamo dista mucho de ser una victoria mexicana digna de celebración. Mucho menos, cuando un mes después, los estadounidenses en Texas, sorprendieron dormido a Santa Anna, derrotaron a su ejército y lo obligaron a reconocer la independencia tejana. Sin embargo, es una muestra clara de que los Estados Unidos, con un puñado de hombres o ejércitos de miles, nunca, en ningún momento de su historia, ha tenido empacho en invadir territorios si así lo cree conveniente para sus intereses.