Puente de Calderón: Los preparativos para la batalla

Aires libertarios - Hechos

El 26 de noviembre de 1810 Hidalgo llegó a Guadalajara, entonces la segunda ciudad más importante del virreinato. El ex cura fue recibido entre vítores y vivas por la multitud y las celebraciones no se hicieron esperar. Sin embargo, ese mismo día Allende y Calleja peleaban en cruenta batalla por la ciudad de Guanajuato. Hidalgo había dejado claro que no podía ir al auxilio de Allende porque su presencia en Guadalajara era indispensable para poner orden a la guarnición, que desde principios de mes había sido tomada por los Insurgentes y comenzaban a recrudecerse las rencillas entre los cabecillas insurrectos.

Allende dejó a un lado orgullo y recelo y fiel a la causa revolucionaria se reunió nuevamente con Hidalgo en Guadalajara, a pesar de que las relaciones entre ambos ya estaban perdidas: tanto el uno como el otro se miraban con suspicacia. Sin embargo, pese a sus relaciones sucedió algo atípico en la temprana historia de nuestra Independencia: en vísperas de la Batalla de Puente de Calderón, Allende fue declarado comandante de todas las fuerzas, cesando por fin la responsabilidad militar de Hidalgo, que tantos dolores de cabeza había causado al bando sublevado. Con esto, y a partir de entonces, Allende se encargaría de todas las decisiones militares, aunque también sería responsables de sus errores.

Las condiciones para formar un buen ejército no eran nada favorables para los insurgentes. Las consecuencias del desorden y la desorganización ya habían sido previamente sentidas, pero Hidalgo seguía empecinado en que sería el número el que les daría el triunfo definitivo: el cura estaba seguro que una vez que Calleja viera la cantidad de almas a quien debería enfrentar desertaría, pasándose a su bando sin chistar.

Cediendo a la voluntad de Hidalgo -su Alteza Serenísima como ya se proclamaba-, Allende se dio a la tarea de tratar de preparar a las huestes lo mejor posible. Las anteriores batallas habían causado considerables bajas y deserciones, por lo que armar un ejército en cosa de un mes parecía imposible. Lo más difícil por hacer era disciplinarlos, ya que la gran mayoría cuando se les reprendía se enfadaban, hacían pucheros y, acto seguido, desertaban.

Aún Allende logró organizar siete batallones de infantería, seis escuadrones de caballería y dos compañías de artillería. Para Hidalgo la artillería era lo más importante por lo que ordenó trajeran del puerto de San Blas todas las piezas que hubiera disponibles. Desgraciadamente nadie tomó en cuenta lo quebrado de aquellos caminos que cruzaban por escarpadas serranías. Los cañones, nada ligeros, eran jalados o cargados a lomo humano, por lo que más de la mitad terminaron despeñándose en las profundas barrancas, y los que llegaron estaban sin armar o desmuñonados.

Por lo mismo se improvisó a todo vapor una fundición de cañones de corto alcance, fabricados hasta con tubos de cobre bajo la técnica que se usaban para vaciar campanas, que al final de cuentas sirvieron poco y mal, aunque eso sí: echaban harto humo. Entre estos cañones y los requisados al enemigo en batallas anteriores se logró reunir una centena de gargantas de fuego.

Por otro lado se logró también reunir mil doscientos fusiles ""servibles"" y en el esfuerzo por tratar de llenar el hueco de la falta de armas se prepararon cohetes con puntas metálicas y granadas para ser lanzadas con hondas à la David vs. Goliat. Las demás armas eran cuchillos y trinches, palos, piedras y mentadas de madre, tal vez las más dolorosas.

De esta manera Allende y los suyos lograron reunir tres mil quinientos hombres como ejército regular. Entre ellos los únicos que se podían contar como disciplinados, o de oficio, eran los pocos que quedaban de los Dragones del Regimiento de la Reina y de la infantería de Celaya, quienes sumados a la gente de gavilla llegaban a la impactante cantidad de cien mil almas, veinte mil de ellos jinetes: ""…que montaban caballos pequeños, flacos, espantadizos, desobedientes a la rienda, en suma, inservibles para las acciones de guerra ya que estaban entrenados para los trabajos agrícolas"". (Bulnes)

No se debe excluir la fuerza de siete mil feroces indios flecheros de Colotlán, que se sumaron a la contienda gracias a don José María Calvillo, dueño de la hacienda de San Nicolás. Hidalgo parecía contento y estaba convencido de que con esa fuerza sería suficiente.

Llegó entonces el momento de elegir el campo de batalla, que por supuesto terminó por ser tema de discusión entre nuestros protagonistas insurrectos. En la opinión de Allende las cuadrillas que estaban desarmadas (con las que hasta entonces habían peleado la Independencia) debían permanecer en Guadalajara, para que una división bien constituida fuera al encuentro del enemigo y, después de ocasionarle algunas buenas mermas, tuviera una segura retirada. Además de esta manera la ciudad permanecería bien defendida. Hidalgo se levantó de su silla sereno, y con la actitud paternal que le caracterizaba opinó lo contrario. Para él no tenía sentido mandar al matadero a los pocos bien armados y organizados elementos, sobre todo contra un ejército de a de veras, como el de Calleja.

Para Hidalgo estaba claro que la superioridad numérica era la única salida para hacer frente a los realistas, si bien argumentó que la masa sería más útil mientras se quedaran en Guadalajara, ya que experiencias previas indicaban que cada vez que la lenta marabunta se ponía en marcha no pasaban dos kilómetros sin que comenzaran los desmanes y las deserciones, lo que debilitaba fuertemente al ejército, además de que Guadalajara quedaría totalmente al descubierto.

Después de mucho estira y afloja se llegó a la conclusión que lo mejor era que la batalla se sucediera en un lugar cercano, pero lo suficientemente separado de la ciudad para que no sufriera las consecuencias de la refriega.

Quienes escogieron el Puente de Calderón fueron Allende y Abasolo, que después de varios días de reconocimiento lo consideraron el mejor escenario para combatir al enemigo, además de que el sitio estaba cerca de la ciudad. Esta resultó ser una buena decisión de los Insurgentes, decisión que hasta el mismísimo Calleja reconoció.

Enfrentar y vencer a los rotos era para el brigadier Calleja no sólo una gran oportunidad de obtener fama y gloria, sino poder y riqueza (más del que ya tenía). Por lo mismo no desatinaban sus intenciones de querer desempeñar un protagonismo egoísta en la cruzada, de la que se mostraba optimista en salir victorioso.

Aún así reconocía que se la jugaba en grande, sobre todo políticamente. La situación indicaba que de perder la batalla las fuerzas de su correligionario José de la Cruz se dispersarían, y entonces Hidalgo tendría oportunidad de recuperar Guanajuato, para de ahí ocupar Querétaro, avanzando así sin problema hasta la capital, que de seguro se le rendiría a sus pies de inmediato.

Todo esto cavilaba el brigadier en su cuartel de Guanajuato. Aunque totalmente agotado de la jornada, la mezcla de sentimientos encontrados y la racionalidad de sus deberes le hacían correr rápido la sangre por el cuerpo: quería terminar de una vez por todas con los conspiradores, y Guadalajara le daba la gran oportunidad para realizar esos sueños de grandeza.