Plutarco Elías Calles

La revolución - Hechos

""Es el hombre de hierro. Hace y deshace presidentes y el Congreso hace lo que él quiere"", comentó en alguna ocasión el embajador norteamericano Josephus Daniels. Ninguna otra observación podía ser más acertada. Calles fue dueño de los destinos de la república por seis años, los que siguieron a su periodo como presidente.  No toda su historia fue de éxitos.

La vida del ""Jefe Máximo"" fue de contrastes. La infancia difícil por el abandono del padre y la temprana muerte de su madre moldearon su carácter: frío, serio, poco expresivo, reservado. En 1893 se tituló de maestro y llegó a ser inspector de las Juntas de Instrucción Pública en Hermosillo, profesor en la Escuela número 1 para varones y ayudante de párvulos en el Colegio de Sonora un año después. Con una personalidad bastante gris, el fracaso lo acompañó en casi todos los negocios que emprendió durante su juventud.

Entre 1899 y 1903 dedicó parte de su tiempo al periodismo. Editó la Revista Escolar y escribió en El Siglo XX. Hasta antes de 1911 transitó por cargos públicos menores: tesorero municipal del puerto de Guaymas, inspector general de educación, administrador del Hotel México, agricultor y gerente del molino harinero Excélsior.

Sin muchas aspiraciones y con un futuro nada claro, la revolución se presentó en el mejor momento. En 1911 el gobernador de Sonora, José María Maytorena lo nombró comisario de Agua Prieta y al sobrevenir la rebelión orozquista en 1912, organizó una brigada para combatirla. Un año después ya estaba incorporado a la revolución Constitucionalista bajo las órdenes de Álvaro Obregón.

La estela de fracasos personales lo alcanzó también en la revolución. No tenía talento para la carrera de las armas. Luego de su derrota en Naco, Obregón -siempre ingenioso y sarcástico- aprovechó su rango de teniente coronel para llamarlo el ""teniente correlón"". Y sin embargo, la buena estrella del invicto general,  alcanzó a iluminar el oscuro camino de Calles durante los siguientes años.

Pudo suplir sus escasas cualidades para la guerra con su propia disciplina y su clara fijación por el orden. Estaba hecho para proyectar, organizar y ejecutar. En 1915 Carranza lo nombró gobernador y comandante militar de Sonora. La oportunidad de mostrar sus dotes como gobernante trajo consigo algo de suerte y una victoria importante en Agua Prieta sobre los restos de la División del Norte de Pancho Villa.

Calles encontró en la administración pública y en el ejercicio del poder su ambiente natural. Se movía con libertad, sin tapujos, sin formas. El futuro presidente creía en el fondo, en la reformas. Prohibió el comercio de bebidas alcohólicas, suprimió los tradicionales órganos de control porfiriano conocidos como jefaturas políticas, reformó el Código Civil para legitimar el divorcio; fundó la escuela Normal de Maestros y Cruz Gálvez huérfanos de la revolución -esta última nombrada así en honor de un lugarteniente suyo muerto en combate. Y en un preludio de lo que sobrevendría años después expulsó de la entidad a los sacerdotes católicos.

Supo estar con los vencedores a la hora de la victoria. Fue leal a Carranza y en 1917 regresó a la gubernatura de Sonora. El Primer Jefe -ya como presidente de la república- lo llamó a su gabinete como Secretario de Industria y Comercio. Cuando se vislumbraba su caída, saltó al imparable tren del otro triunfador: Álvaro Obregón. En 1920 apoyó su candidatura y junto con De la Huerta encabezó la rebelión que terminó con la vida de Carranza. Pocos meses antes, el ""viejo"" había comentado: ""tengo la completa seguridad de que si algún día el país y la revolución se encuentran en peligro, Calles será el hombre que habrá de salvarlos"".

En 1920 Plutarco había dejado definitivamente atrás el fantasma del fracaso. No era más el militar sin éxito del cual se había burlado Obregón años atrás. Sin tener aún su fuerza, la gestión como gobernador y secretario de despacho lo habían fortalecido. Podía ver de frente al caudillo, cuestionarlo, aconsejarlo. No estaban en el terreno de las armas -donde Obregón se sabía imbatible-, se reencontraban en el campo de la política, donde la observación, la reflexión y la discreción -cualidades inherentes a Calles- son las mejores armas. Los sonorenses se habían apropiado del poder. Obregón ""práctivo y positivo"", De la Huerta ""sentimental y con afirmaciones artísticas""; Calles ""apasionado y hermético"".

Obregón no tiene más salida que ligarse con aquel compañero de ocasión              -escribió Ramón Puente-, haciéndolo su aliado para todos sus golpes. El lleva la fortuna, Calles el talento, la habilidad, el orden. No los liga el afecto, los liga la conveniencia, que en política es una atadura más sólida. Qué importa que alguna vez se repelieran, si en adelante se necesitan.

Cuando Obregón asumió el poder, Calles se hizo cargo de una secretaría  que desde el primer momento lo convirtió en el más presidenciable de los hombres del gabinete: gobernación. En septiembre de 1923, Obregón le puso en bandeja de plata la candidatura presidencial. No por generosidad ni reconocimiento, tampoco por su capacidad. Lo consideraba el único capaz de garantizarle su regreso a la presidencia en cuatro años. Había entre los dos revolucionarios un pacto no escrito. Eran las dos figuras más importantes del país y el poder estaba a sus pies.

La imposición de Calles desató una guerra entre sonorenses. Adolfo de la Huerta se levantó en armas y en pocos meses fue batido por los dos caudillos. Sin otro rival en el horizonte, Plutarco ocupó la silla presidencial.

Llegó con intención de reformar, construir, sentar las bases del país que surgía de la vorágine revolucionaria. Creía en las instituciones, pero no por encima de los hombres. Uno de sus colaboradores cercanos, Manuel Gómez Morin -futuro fundador del PAN- también creía en ellas y a diferencia de Calles, consideraba que debían prevalecer por encima de los caprichos de los generales o los caudillos. Con el apoyo del presidente, en 1925, Gómez Morin creó el banco único emisor, mejor conocido como Banco de México.

Su gobierno, sin embargo, fue de altibajos. A pesar de la popularidad e influencia de Obregón, Plutarco pudo actuar con independencia. Incluso fue el primer presidente que intentó poner distancia con respecto a su antecesor a través de ciertos discursos con clara dedicatoria. En sus primeras declaraciones propuso moralizar al gobierno y mantener la austeridad -críticas abiertas a la corrupción y despilfarro obregonista. En un acto que parecía más una provocación, anunció el ""cese de las cantadores y los guitarristas que figuraban en la nómina del Estado mayor del general Obregón"".

En su afán reformador quiso aplicar el programa revolucionario hasta sus últimas consecuencias. Con su ley del petróleo -surgida del artículo 27 constitucional- intentó meter en orden a las compañías petroleras, situación que tensó las relaciones con el gobierno de Estados Unidos. Por momentos, la posibilidad de un nuevo conflicto armado con el vecino del norte fue real. Sólo la intervención del embajador Dwight Morrow con su política de los ham and eggs -que consistía en reunirse a desayunar con Calles- pudo disminuir la tensión.

Su reflexión y su juicio, muchas veces sensato, desaparecieron ante su odio inexplicable en contra de la iglesia católica. El hombre de la razón y el orden sumió a México en la sinrazón de la guerra. En 1926 el presidente expidió la ley reglamentaria del artículo 130 constitucional -concerniente a las relaciones entre el Estado y la Iglesia- donde establecía que el gobierno podía controlar el número de sacerdotes, exigía su registro ante las autoridades civiles para saber qué iglesia ocupaba cada uno, se autorizaba la clausura de los conventos y las escuelas religiosas y obligaba a los sacerdotes a ser mexicanos por nacimiento para ejercer. Se avecinaba un sangriento conflicto. El propio Obregón comentó: ""¡En la que nos va a meter este hombre! Si triunfamos, qué ganamos, y si perdemos, lo perdemos todo"".

La respuesta era previsible. La Asociación Católica de la Juventud Mexicana, la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa y otras organizaciones semejantes manifestaron su repudio a la ley y su solidaridad con la Iglesia. Ante la ola de protestas, el gobierno respondió expulsando y encarcelando sacerdotes. La cuerda de la política estaba a punto de romperse. Con el respaldo del Papa Pío XI, el 31 de julio el episcopado ordenó la suspensión del culto en todos los templos de la república. Sin alternativas, los católicos tomaron las armas. La guerra cristera estalló el 15 de agosto de 1926. Se extendió tres años y costó aproximadamente setenta mil víctimas.

Con el país inmerso en otra revolución, los tiempos electorales solo podían agravar la situación. Obregón había movido los hilos del Congreso para reformar la Constitución y legitimar -a través de la ley- su regreso a la presidencia. El bloque obregonista actuó en consecuencia y el principio de la no reelección desapareció de la carta magna. El ex presidente lanzó su candidatura y la sangre volvió a correr por la patria. En octubre de 1927, dos de sus opositores Arnulfo R. Gómez y Francisco R. Serrano fueron asesinados por instrucciones del gobierno callista. El 17 de julio de 1928, el asesinato del presidente electo Álvaro Obregón sumió al país en una profunda crisis política.

Surgió entonces el estadista. Calles tuvo la sangre fría, la prudencia y el carácter para hacer frente a la furiosa acometida de los obregonistas que lo creían involucrado en el asesinato de Obregón. Logró mantener la unidad revolucionaria y en su último informe de gobierno anunció el fin del caudillismo para dar paso a la era de las instituciones:

La desaparición del presidente electo ha sido una pérdida irreparable que deja al país en una situación particularmente difícil... pero la misma circunstancia de que quizá por primera vez en su historia se enfrenta México con una situación en la que la nota dominante es la falta de ""caudillos"", debe permitirnos orientar definitivamente la política del país por rumbos de una verdadera vida institucional, procurando pasar, de una vez por todas, de la condición histórica de ""país de un hombre"" a la de ""nación de instituciones y de leyes... Que no sean ya sólo los hombres, como ha tenido que suceder siempre en la dolorosa vida política de México, los que den su única relativa fuerza, estabilidad y firmeza a las instituciones públicas. Que elegidos los hombres por sus merecimientos o virtudes y por los programas sinceros que determinen su futura actuación, sean las instituciones y el manto de la ley lo que los consagre y los haga fuertes y los envuelva y los dignifique; lo que los convierta, por modestos que hayan sido, en reales personificaciones de la patria.

La gran reforma política de Calles llegó tras haber dejado el poder, fue la creación de un partido único, de estado, que por vez primera logró reunir y meter en orden a la mayor parte de los grupos políticos. ""Si la quieren, fórmense"" decía Plutarco refiriéndose a la silla presidencial. En adelante toda aspiración por el poder debía ser canalizada a través del Partido Nacional Revolucionario. Su nacimiento -4 de marzo de 1929- estaba justificado moral e históricamente: era necesario evitar el derramamiento de sangre cada vez que se acercara la sucesión presidencial.

El PNR nació desde la cúpula del poder, de ahí su tradición antidemocrática. Se abrogó todas las causas de la revolución. Se apropió de los colores de la bandera y se erigió como el portador de la verdad absoluta, como el único partido capaz de conducir al país a un estado de bienestar y desarrollo. Con el tiempo convirtió a la revolución mexicana en mera retórica, en el mito de mitos de la historia mexicana, en el paradigma del siglo XX.

Más temprano que tarde, Calles olvidó su discurso en contra del caudillismo y la defensa de las instituciones. Tras haber embridado a la caballada revolucionaria y sin la sombra de Obregón, su figura se agigantó. Dentro del escenario político nacional no existía nadie por encima de él. Comenzaron a llamarlo el ""Jefe Máximo de la Revolución"" y le tomó gusto al nombre. Era el nuevo caudillo.

Plutarco fue el dueño de México durante los siguientes seis años.  A pesar de los presidentes Emilio Portes Gil, Pascual Ortiz Rubio y Abelardo L. Rodríguez, las grandes decisiones, el ejercicio del poder real, y la última palabra en materia política provenía de la ""sabiduría"" del Jefe Máximo. El periodo fue conocido como el ""maximato"". Toda la clase política acudía a consultarlo a su casa de la colonia Anzures o al rancho que tenía en Cuernavaca. La vox populi acuñó una frase que mostraba a la sumisión presidencial frente a Calles. ""Aquí vive el presidente, pero el que manda es el de enfrente"". Su autoridad era indiscutible y nadie la puso en tela de juicio.

Con la llegada de Lázaro Cárdenas a la presidencia en 1934, el poder del Jefe Máximo se vio paulatinamente disminuido. El general michoacano movió las piezas de la política con mucho tacto pero con maestría: en dos años arrebató posiciones al grupo callista. En 1936 Calles desapareció del escenario nacional. Luego de algunas críticas hacia las políticas del nuevo presidente, el Jefe Maximo dejó de serlo: Cárdenas lo expulsó del país. ""De la revolución era lo único que le faltaba probar... la caída"", escribió Ramón Puente.

Al abordar el avión que lo llevaría al destierro en Estados Unidos, se veía apesadumbrado, cabizbajo, acabado. Subió lentamente las escaleras del aeroplano. Fue en esos momentos cuando sintió la soledad de la derrota y más aún, la impotencia del hombre cuyo poder se desmoronaba irremediablemente. Cinco años vivió en el exilio, en una cómoda propiedad en San Diego, California. Fueron años de reflexión, de serenidad  e incluso de expiación.

Cuando Calles regresó a México al iniciarse la década de 1940, era otro. ""Comenzaba a querer rectificar muchos de sus equívocos. Su mirada se había ido dulcificando y ahondándose las arrugas en su rostro..."" -recordaría Puente. Ciertamente había cambiado. El exilio lo suavizó. En un suceso por demás sorprendente, durante los años del destierro, el otrora Jefe Máximo inició una estrecha amistad con el hombre que más lo había criticado: José Vasconcelos.

Desde su renuncia como Secretario de Educación Pública en 1924, Vasconcelos había manifestado su oposición en contra de la corrupción política de los sonorenses y sus críticas más severas iban dirigidas a Plutarco: ""el furor de Calles era el del verdugo que pega desde la impunidad, siempre a mansalva"". Entre  1927 y 1928, desde uno de sus tantos exilios, don José escribió cualquier cantidad de críticas contra el sonorense y en todos los tonos: ""lo más repugnante del obregonismo es el callismo""; ""ni vale Calles más que un gendarme""; ""...prefiero a los obregonistas: después de todo Obregón es sanguinario pero Calles fascineroso""; ""lo antipatriótico es estar sirviendo a asesinos analfabetos como Calles"".

La respuesta del Jefe Máximo fue siempre la misma: el silencio. Calles tenía una virtud básica para gobernar: ecuanimidad. Todas las invectivas en contra de su gobierno y de su persona -la Plutarca o el Turco, por ejemplo- fueron aceptadas sin respuesta. Vasconcelos pudo hablar pestes del régimen callista y del Maximato, de la manera de gobernar, de la corrupción del sistema, de la represión, del gobierno dictatorial del sonorense. Escribió algunas veces asistido por la razón, otras mal aconsejado por la amargura de la derrota.

En 1936 los dos hombres se reunieron en un lugar de California. La ""histórica reconciliación"" como lo titularon los diarios, produjo reacciones encontradas y críticas severas hacia Vasconcelos por tan ""ignominiosa reconciliación"". No sin cierto dejo de reproche pero mordazmente, Vasconcelos apuntaba: ""Calles en el destierro, vale mil veces más que todos los que están en el gobierno y los que quedan en la oposición"". Los años y las cartas convirtieron aquel encuentro en una cordial relación. En 1945, cuando Calles falleció, Vasconcelos acudió al sepelio y la familia lo recibió con gusto.

El Jefe Máximo murió despojado de su dureza, de su frialdad, de su racionalidad. El hombre que había intentado ""extirpar la fe de México"", terminó sus días siendo un creyente. No de la doctrina católica o del cristianismo. Creyó en la posibilidad de otra vida, en la existencia probable de un mundo espiritual que tardó toda su vida en conocer. Temeroso quizá de la muerte, la última gran reforma del Jefe Máximo la realizó a nivel personal e íntimo: se rindió al espiritismo.