"Mucio Martínez, el ""gober precioso"" del porfiriato"

El Porfiriato - Hechos

Era un Porfirio Díaz en chiquito. Como la mayoría de los gobernadores que fueron cerrando la pinza del orden político porfiriano, Mucio P. Martínez llegó a la gubernatura de Puebla por haber sido colaborador cercano del general Díaz durante la guerra de intervención. Su carrera militar fue discreta pero contó con el apoyo del caudillo oaxaqueño, lo suficiente como para volverse su incondicional. Martínez lo secundó en sus intentonas rebeldes y una vez que llegó a la presidencia del país esperó pacientemente su turno para alcanzar el poder local.

Aunque era originario de Galeana, Nuevo León, Mucio P. Martínez se había avecindado en la capital poblana después de la guerra logrando combinar acertadamente sus negocios comerciales con su carrera militar. Cuando Porfirio se reeligió por vez primera en 1884, Martínez alcanzó el grado de general. Su amistad con el caudillo le permitió establecer relaciones con los sectores conservadores y moderados, con los terratenientes y los empresarios. Con el tiempo, sus propios negocios representaron la llave para ganarse el apoyo incondicional de las elites poblanas.

Don Mucio tomó posesión del cargo de gobernador el 6 de enero de 1893, cuando el régimen porfirista estaba prácticamente consolidado. Díaz le confió el poder y al igual que el dictador, Martínez también envejeció gobernando. Ocupó el sillón del poder cuando rebasaba el medio siglo de vida y lo dejó, obligado por la revolución, al cumplir los setenta años de edad.

Siguiendo el ejemplo del dictador, Mucio P. Martínez adoptó como propios dos pilares del régimen porfirista: el orden y el progreso. Intentó mejorar la educación, reformar la administración de justicia, impulsar mejoras materiales y erradicar la corrupción administrativa. Sin embargo, los proyectos se transformaron en buenas intenciones y conforme avanzaron sus periodos de gobierno, quedó demostrado que sólo era bueno para otorgar beneficios y prebendas a la pequeña oligarquía que lo apoyaba.

Su desempeño fue mediocre y aunque muchas empresas textiles se establecieron dentro del estado, lo hicieron gracias a las políticas fiscales del gobierno federal y no precisamente al impulso local. Sus colaboradores cercanos, incondicionales y serviles a la dictadura, se enriquecieron desde lo alto de los cargos públicos. Con el tiempo la verdadera y única tarea del gobernador fue la de mantener el orden a toda costa.

Mucio Martínez no toleraba ningún tipo de disidencia. Tenía fama de autoritario y se le conocía ampliamente por sus métodos represivos de persuasión. La incipiente organización obrera, los grupos políticos opositores que operaban casi en la clandestinidad y la prensa, que poco a poco perdió su independencia, le tenían sin cuidado. Ante cualquier problema que pusiera en riesgo su permanencia en el poder o alterara el orden público, el gobernador contaba con tropas federales y fuerzas rurales perfectamente armadas, fieles a su voluntad.

No era extraño ver en las fábricas piquetes de soldados enviados por el gobernador para evitar cualquier desorden. Se hizo común que los obreros se cruzaran cotidianamente con elementos militares en las cercanías de las zonas fabriles, establecidos ahí para vigilar. Los líderes obreros que intentaban organizar alguna protesta, o conformar grupos para exigir mejoras laborales eran incorporados al ejército de inmediato a través de la leva.

El gobernador Martínez logró mostrar al presidente Díaz que era capaz de mantener el orden en Puebla -de ahí su venia para continuar al frente del gobierno del estado-. Al iniciar el siglo XX, el grueso de la industria textil se había establecido en Huejotzingo, Texmelucan, Cholula. Hacia 1902, Atlixco era una de las más importantes ciudades industriales del estado, cuyo mayor orgullo era la fábrica La Concepción.

Puebla se había incorporado de lleno al crecimiento y al progreso dictado por la política económica del régimen porfirista, pero al igual que sucedía en otras regiones del país, la desigualdad entre las clases sociales se hacía más profunda y evidente. Antes que preocuparse por el desarrollo social, la educación o por una distribución equitativa de la riqueza, el gobernador Mucio P. Martínez se abocó a garantizar las propiedades y los intereses de los empresarios y propietarios nacionales y extranjeros aun a costa de la explotación del pueblo. En los siguientes años, las contradicciones sociales comenzarían a materializarse en la forma de protestas, huelgas y levantamientos armados.