Morir en un día hermoso: Maximiliano

La era liberal - Hechos

Eran las 6 de la mañana del 19 de junio de 1867. El día comenzaba a clarear y en el Cerro de las Campanas de Querétaro, las tropas republicanas formaban un cuadro alrededor de la colina en la que sería fusilado, una hora después, el llamado emperador de México, Maximiliano de Habsburgo y dos de sus generales más allegados, Miguel Miramón y Tomás Mejía.

Maximiliano, prisionero en el convento de las Capuchinas, se preparó desde horas antes para enfrentar la ejecución. La sentencia de muerte dictada por el Consejo de Guerra estaba prevista para el 16 de junio, pero a petición de los abogados defensores, el presidente Juárez ordenó posponer la ejecución para dar tiempo a los reos de arreglar sus últimos asuntos. Esta dilación había contrariado a Maximiliano, quien parecía querer acelerar el desenlace de su aventura imperial y terminar con su agobiante situación.

El drama iniciado por Napoleón III en 1862 al invadir a México, bajo el pretexto del cobro de una deuda y para regenerar al país e instaurar un gobierno afín a los intereses de Francia, en realidad tenía como trasfondo las ambiciones expansionistas francesas, manifestadas ya en Argelia, Senegal, Vietnam y Camboya y, por otra parte, contener la hegemonía de Estados Unidos en un momento en que no podían reaccionar por estar enfrascados en la guerra civil.

Para cumplir sus propósitos e impulsado por su esposa la Emperatriz Eugenia, Napoleón buscó entre los príncipes católicos un candidato para ocupar el trono de México. Surgió el nombre de Maximiliano, hermano del emperador de Austria, como el ideal para encabezar esta empresa. Los monárquicos mexicanos encontraron el apoyo que soñaban en los soberanos franceses.

Desde su llegada a México en mayo de 1864, Maximiliano y Carlota enfrentaron una realidad distinta de la que le habían pintado quienes le convencieron de aceptar el trono mexicano, encabezados por José María Gutiérrez de Estrada y José María Hidalgo.

Durante cuatro años, sus intenciones de crear una administración eficiente y consolidar la monarquía a través de leyes e instituciones benéficas para el pueblo, se estrellaron contra la valerosa defensa de la soberanía por las fuerzas republicanas y la arrogancia de los generales franceses, especialmente del comandante en jefe Achilles Bazaine. Además, la iglesia, decepcionada por la ratificación de las Leyes de Reforma, le retiró el apoyo que el papa Pío IX originalmente había otorgado.

Cuatro años de errores tácticos e indecisiones de los principales actores de la intervención fueron degradando al imperio y socavando sus relaciones con la potencia que lo había establecido. El peso de las deudas contraídas con Francia para mantener la ocupación y la prodigalidad de Maximiliano con el dinero público para sostener una corte suntuosa y llevar a cabo costosas obras de acondicionamiento y ornamentación del castillo de Chapultepec, dejaron exhaustas las arcas del imperio.

Al depender por completo del apoyo de las tropas francesas, Maximiliano cometió el error de no ocuparse de la formación de un ejército imperial mexicano. Su personalidad indecisa y soñadora lo hizo rehuir las responsabilidades del gobierno, que delegó en muchas ocasiones en Carlota, dejándola como regente mientras escapaba a Cuernavaca a disfrutar de la vida bucólica en la casa Borda. Carlota demostró ser una gobernante decidida y con mejor sentido práctico que su esposo, pero no fue suficiente.

Hacia mediados de 1866, Napoleón III tuvo que despertar de su sueño mexicano. Concluida la guerra civil, los Estados Unidos, declararon su repudio a la invasión de México y continuaron reconociendo al presidente Juárez como gobernante legítimo. Por otra parte, Prusia emergió como potencia europea y desafiaba a Francia. Napoleón III decidió retirarse de México.

Las tropas francesas dejaron la ciudad de México el 5 de febrero de 1867. Maximiliano observó desde la azotea del Palacio el paso de los soldados y al final comentó ¡Henos libres al fin! Con 4 000 hombres reunidos por los conservadores que se oponían a que abdicara, el 13 de febrero, Maximiliano salió hacia Querétaro para continuar su campaña contra los republicanos.

Mal aconsejado por el general Leonardo Márquez, Maximiliano se atrincheró en Querétaro mientras los republicanos, muy superiores en número, pusieron sitio a la ciudad que, durante 72 días resistió ataques continuos de artillería. El general Márquez, que había regresado a México para traer refuerzos, nunca volvió. La situación se hacía desesperada y Maximiliano pidió secretamente al coronel Miguel López negociar con Mariano Escobedo una salida que le permitiera irse del país. López no sólo no logró su cometido, sino que en la madrugada del 15 de mayo condujo a las tropas juaristas hacia el Convento de la Cruz, cuartel general de Maximiliano, quien pocas horas después se rindió ante Escobedo.

El Consejo de Guerra condenó a muerte al emperador y a sus generales. Al salir de la prisión rumbo al patíbulo y ver la luz del día, Maximiliano exclamó: ""¡En un día tan hermoso como éste quería morir!"". Pocos minutos después cayó bajo las balas del pelotón. La República había hecho justicia y la soberanía nacional se reafirmó ante el mundo.