"Si he obrado bien, tú lo sabes": Morelos

Aires libertarios - Hechos

Alejandro Rosas

Tenía 50 años cuando cayó en manos de los realistas; llevaba poco más de 4 años en pie de guerra; había tenido triunfos militares nada despreciables, pero ninguno como para inclinar la balanza a favor de la insurgencia. Cuando José María Morelos y Pavón fue capturado el 5 de noviembre de 1815, estaba completamente quebrado.

     Sus campañas militares habían visto sus mejores tiempos y en un momento en que la política no era el camino para alcanzar la paz, sino las armas, el haberse supeditado al Congreso determinó su fin. Asolado por una serie de problemas personales y cansado físicamente, cayó en manos de los realistas protegiendo la retirada de los miembros del Congreso. Morelos sabía que sus días estaban contados.

     En los 47 días que transcurrieron hasta el día de su ejecución, el cura de Carácuaro tuvo tiempo para pensar que al final, su obra se redujo a una idea de patria, clara y precisa, plasmada en los Sentimientos de la Nación. Aunque en su juicio declaró que la Constitución de Apatzingán, promulgada en 1814, era “mala por impracticable” ya que la guerra impidió su aplicación, lo cierto es que los Sentimientos de la nación que dieron origen a la primera carta magna mexicana, no tendrían fecha de caducidad. Increíblemente, a 200 años de su muerte varios puntos de su célebre documento no han sido cumplidos. El gobierno está en dueda permanente.

     Una vez que Morelos cayó en manos de las tropas realistas fue conducido a la Ciudadela. Lo esperaban el proceso militar y el inquisitorial. Durante los días que transcurrieron entre el 5 de noviembre –día en que fue caputurado- y el 22 de diciembre de 1815 –fecha en que fue fusilado-, Morelos mostró un rostro muy humano: se doblegó ante los interrogatorios y ante la posibilidad de que no alcanzara el perdón de la iglesia y muriera en pecado.

     Los jueces percibieron que el estado anímico de Morelos estaba quebrado. Lo atormentaron con el temor de la condenación eterna y finalmente lo doblegaron. Morelos confesó la existencia de sus hijos y la relación con varias mujeres a pesar de ser sacerdote.

     Pero su confesión fue más lejos, aceptó que se había lanzado a la guerra solo por seguir a Hidalgo; le informó a los realistas dónde se encontraban las armas de los insurgentes, delató a sus compañeros, les señaló las zonas en donde se movían, quiénes y cuántos eran. Por si fuera poco, la degradación a la que fue sometido por la inquisición fue terrible.

     Morelos fue conducido a las cárceles de la Perpetua para ser acusado de traición al rey y “mucho más traidor a Dios”, siendo juzgado por la Inquisición, cuya alta jerarquía tenía el “honorable” antecedente de haber aceptado sin cortapisas a José Bonaparte como rey de España.

     Del 25 al 27 de noviembre de 1815 el tribunal juzgó a Morelos y lo condujo al extremo de la humillación al degradarlo en un auto público de fe:

“Luego que se terminó la lectura de la causa –escribió Lucas Alamán-, el inquisidor decano hizo que el reo abjurase de sus errores e hiciese la protesta de la fe, procediendo a la reconciliación, recibiendo el reo de rodillas azotes con varas... Morelos tuvo que atravesar toda la sala del tribunal con el vestido ridículo que le habían puesto y con una vela verde en la mano... con los ojos bajos, aspecto decoroso y paso mesurado, se dirigió al altar, allí se le revistió con los ornamentos sacerdotales y puesto de rodillas delante del obispo, ejecutó éste la degradación por todos los órdenes, según el ceremonial de la iglesia. Todos estaban conmovidos con esta ceremonia imponente; el obispo se deshacía en llanto; sólo Morelos, con una fortaleza tan fuera del orden común que algunos la calificaron de insensibilidad, se mantuvo sereno, su semblante no se inmutó, y únicamente en el acto de la degradación se le vio dejar caer alguna lágrima. Era la primera vez desde la conquista, que este terrible acto se efectuaba en México”

La mañana del 22 de diciembre de 1815, Morelos fue sacado de su prisión en la Ciudadela por el coronel de la Concha y fue trasladado en carruaje hacia el norte de la ciudad de México, en dirección hacia la Villa de Guadalupe. El sonido del carruaje en marcha fue roto por la pregunta que le hizo el coronel al cura: “¿Sabe a dónde vamos?” A lo que Morelos respondió: “Me lo imagino… a morir”.

     En la capilla del Pocito, en el cerro del Tepeyac, Morelos pidió permiso para detenerse un momento; bajó del coche, se arrodilló y rezó un momento. Luego continuaron el viaje hasta San Cristóbal de Ecatepec, a donde llegaron cerca de la una de la tarde. Morelos todavía tuvo ánimo para una última comida: probó un caldo con garbanzos y luego se fumó un puro de hoja. Cuando las campanas anunciaron las tres de la tarde, Morelos supo que había llegado el momento, se puso de pie y le dijo al oficial realista: “No nos mortifiquemos más, vamos señor Concha, venga un abrazo”.

     Morelos se negó a que le vendaran los ojos; lo pusieron de rodillas y con un crucifijo en la mano dijo: “Señor, si he obrado bien, tú lo sabes; y si mal, me acojo a tu infinita misericordia”. Una sola descarga acabó con su vida. Su cuerpo fue sepultado de inmediato. Aunque murió en gracia con su fe, sus días de cautiverio habían sido demasiado dolorosos y llenos de dudas para enfrentar con entereza la muerte. Sin embargo, Morelos había alcanzado la inmortalidad desde septiembre de 1813, cuando leyó los Sentimientos de la nación, y al recibir la descarga que le quitó la vida, se convirtió en leyenda.