Maleducados

La era liberal - Vida Cotidiana

Si los informes sobre la resistencia de las guerrillas republicanas y los reveses del ejército expedicionario francés le producían severas jaquecas, el trato cotidiano con el pueblo tenía el mismo efecto: los mexicanos no estaban acostumbrados a los usos y costumbres de las monarquías europeas -ni siquiera los conservadores-, y su comportamiento frente al emperador no era precisamente el que le otorgaban en la corte austriaca.

Más amante de la forma que del fondo, Maximiliano tenía esperanzas de elevar al otrora virreinato de la Nueva España a la altura de un imperio digno de su estirpe como lo había hecho en el siglo XVI, Carlos V, el gran Habsburgo. Pero cuando desembarcó en Veracruz en mayo de 1864 se enfrentó a una cruda realidad: más había tardado en pisar tierra mexicana que sus sueños en esfumarse.

""Para comer -escribió el conde Khevenhüller, miembro del cuerpo austríaco de voluntarios-, a menudo se sienta al lado del emperador el ministro Ramírez. Este hombre escupe constantemente por todas partes, de modo que el emperador con frecuencia tiene que limpiarse el cuello salpicado"".

Si con los miembros de su gobierno padecía la falta de ""buenas maneras"", nada podía esperar cuando visitaba los pueblos indígenas y compartía los alimentos con los principales de cada población. A pesar de su reconocida inclinación por el bienestar de los indios, el emperador no dejaba de sorprenderse viéndolos comer, ""metiendo los diez dedos en el recipiente y el plato y dejando caer los huesos al piso"".

Y sin embargo, la lealtad estaba por encima de la educación. Los austríacos confiaban más en los generales indios como Tomás Mejía. ""El indio vale cien veces más que el mestizo -escribió Khevenhüller-, que se cree blanco y extraordinariamente superior"". En cada nuevo viaje Maximiliano se encontraba con alguna sorpresa. ""Un mexicano se aproximó al emperador en Tlaxcala con una carta petitoria, con el sombrero en la cabeza -escribió el conde. El emperador, que siempre viste de civil, se quitó el suyo y lo interrogó respecto a lo que quería. Entonces, el mexicano tomó la mano del emperador y le dijo: ‘¡Cúbrase, por favor! Por mí no se moleste’"".

Maximiliano se percató muy tarde que la creación de una corte mexicana era imposible: frente al pelotón de fusilamiento, en junio de 1867, la república le faltó al respeto por última vez.