Los presidentes en Los Pinos II

La estabilidad - Hechos

Adolfo Ruiz Cortines (1952-1958)

Seguramente al presidente Ruiz Cortines, cuya bandera fue la austeridad, debió impresionarle la mansión construida por su antecesor. La construcción ya estaba terminada pero aún así, don Adolfo demoró su mudanza casi un año, mismo en el que vivió en su casa de la colonia San José Insurgentes.

Las distancias, las decenas de asuntos que requerían de su atención, los traslados a Palacio Nacional, terminaron por persuadirlo de que Los Pinos era una buena alternativa, sobre todo porque era el presidente de la república y no un funcionario menor.

El presidente Ruiz Cortines no le hizo ninguna modificación a la nueva residencia. En el ala izquierda de la planta baja, se encontraba el despacho presidencial -aunque la mayoría de los asuntos los resolvía en Palacio Nacional-, la sala de juntas, su peluquería y un consultorio dental. En el ala derecha, estaba dispuesto el antecomedor y el comedor, junto a la cocina.

Lo que sí autorizó el presidente fue la restauración de la otrora casa grande, donde habían vivido sus predecesores.

Adolfo López Mateos (1958-1964)

El presidente López Mateos fue el único mandatario que se resistió a ocupar Los Pinos. A pesar de su carisma, de que la economía mexicana crecía y se hablaba en el mundo del ""milagro mexicano"", don Adolfo quería sentir que continuaba siendo un ciudadano más. Quiso salvaguardar su intimidad, sus asuntos privados, su vida y las modificaciones se hicieron pero, en su domicilio de la avenida San Jerónimo -actualmente dividida entre un salón de fiestas y la sede de la embajada de la República Popular China.

Durante su sexenio, Los Pinos se utilizaron para recibir a los numerosos visitantes extranjeros, jefes de estado, monarcas u otros visitantes distinguidos que pisaron suelo mexicano. También se aprovechó la decisión presidencial de no ocupar la residencia, para reparar la mansión.

Muchos vicios ocultos habían surgido en los últimos años, quizá el más dramático ocurrió durante el sexenio de Ruiz Cortines, quien, por no ocupar toda la mansión, permitió que el crudo invierno de 1954 y 1955, congelara el agua de las tuberías de una parte de la residencia, se hundiera el piso de las bibliotecas y fallaran las instalaciones eléctrica y de gas.

Fue necesario romper paredes, levantar pisos, instalar cables, se instalaron nuevas líneas telefónicas. La restauración se llevó varios años, en los cuales, se consiguieron obras de arte de grandes maestros como Diego Rivera y Siqueiros, para embellecer la estancia y los salones de la Casa Miguel Alemán -como ya se conocía desde entonces-.

A pesar de no habitar la mansión, López Mateos solía presentarse una vez que los trabajadores habían concluido sus trabajos. Entonces tenía tiempo para estar solo y se encerraba durante horas en uno de los despachos presidenciales habilitados dentro de la residencia oficial.

Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970)

La vida en Los Pinos lo relajaba. Su férreo semblante, la manera como ejercía la autoridad y la disciplina para el trabajo eran parte de su personalidad. Le gustaba el orden y el poder. Sin embargo, en la residencia oficial, en los espacios de intimidad junto a su familia, a su esposa y a sus hijos, parecía suavizarse.

El presidente Díaz Ordaz y su familia llegaron a Los Pinos en los primeros días de febrero de 1965. Le parecía apropiado ocupar todos los espacios que el poder mismo le ofrecía. Fueran tangibles o intangibles. Díaz Ordaz no se sentía como un huésped temporal de aquel espacio. Sabía que sólo eran seis años, pero se adaptó a la residencia como si fuera para toda la vida, por eso se le veía tranquilo.

Las mejoras realizadas durante el sexenio de López Mateos, fueron aprovechadas por la familia Díaz Ordaz. De hecho, la casa Miguel Alemán casi no sufrió modificaciones, -cambio de papel tapiz, cortinas nuevas, colchas para todas las habitaciones, retiro de la alfombra gris por una azul-; estaba recientemente restaurada. La más importante de las transformaciones fue la construcción, en el ala poniente, junto a la ayudantía, de una alberca techada utilizada regularmente por el presidente.

Díaz Ordaz además rehabilitó el campo golf, que solía practicar los fines de semana, y que no era utilizado desde el sexenio de Miguel Alemán. El presidente solía comer cotidianamente en Los Pinos y permitía a sus hijos vivir como una familia común: podían llevar a sus amigos, de pronto alguno practicaba con la batería, se organizaban fiestas y reuniones. Alfredo, el más pequeño, solía recorrer las avenidas del interior de la residencia a bordo de un go kart. Y una nueva boda se verificó: en septiembre de 1969, se casó Gustavo, el hijo del presidente.

También fueron modernizados el boliche, al que se le instaló un sistema electrónico, y la cancha de tenis, cuyo piso de cemento, se sustituyó por una superficie de arcilla.