Los pasos perdidos de Beauvoir en México

La estabilidad - Vida Cotidiana

Lo maravilloso de las bibliotecas es poder hundirnos en un mar de palabras, ir de página en página, de libro en libro, saltar de estante en estante. De esta manera fue como descubrí que Simone de Beauvoir pisó tierras mexicanas en 1948.

Filósofa, novelista, ensayista, existencialista, eterna amante de Jean Paul Sartre, visitó algunos meses América. Gracias a Bernard Wolfe -secretario de Trotski en México- conoció a quien se convertiría en otro de sus grandes amores y compañero de viajes: el escritor estadounidense Nelson Algren.

Después de viajar por diferentes ciudades de Estados Unidos, de asombrarse con la cordialidad de las personas, con la rapidez de los restaurantes, con los altos tacones de las mujeres -que la hacían sentir mal pues sus zapatos eran suizos y de suela de goma- y de quejarse por el mal whisky -ella bebía escocés- tomó un vuelo de Nueva Orleans a Mérida el 26 de mayo de 1948.

Viendo a los hombres con sus sombreros de paja y a las mujeres vestir ""una especie de camisones blancos con bordados de vivos colores en el cuello y el cabello recogido en un moño"", Beauvoir describió Mérida como ""una auténtica ciudad mexicana a la que América no había llegado aún"". Se entusiasmaba al caminar por las calles, entre vendedores y puestos de fruta, helados, comida y bebidas; mientras Algren le tomaba fotos entre árboles frutales y bananeros (aunque en realidad ella detestaba los plátanos… y las guayabas… y el queso… y las ostras).

Aprovechó todos los días para conocer e inmiscuirse en la vida mexicana, asistió al box, a corridas de toros, conoció Chichen-Itzá y cuando llegaba la noche, después de cenar y beber algunos tragos, regresaba al hotel Colón a leer y escribirle cartas a Sartre, en las cuales comparaba Mérida con Marrakech.

Estuvo en Mérida alrededor de una semana y visitó algunos días Guatemala, que le pareció un lugar lúgubre.

En la Ciudad de México conoció los ""jardines flotantes"" de los que sus amigos neoyorkinos y parisienses le habían contado. El 16 de junio le escribió a Sartre sobre los canales en los que se paseaban barcas floridas, otras que vendían comida, bebida y flores, de los barcos-orquesta y de este maravilloso desfile de embarcaciones donde se baila, se ríe y se canta… ¿ustedes también se imaginaron Xochimilco? Beauvoir no menciona nombres, pero creo que llegamos a la misma conclusión.

Sus paseos por la Alameda le recordaban al viejo Madrid. Conoció lugares elegantes, pero también exploró las vecindades -que comparaba con los suburbios de Lisboa y Barcelona-, donde la gente criaba pollos en sus casas, los niños corrían y jugaban desnudos y los vecinos hacían largas filas para el W.C. Se enamoró de la cerveza mexicana -alegaba que era tan buena como la alemana-. Visitó Teotihuacan y aunque le pareció magnífico, dejó en claro que a su parecer, los templos mayas eran más bellos que los aztecas. Fue al Museo Nacional y quedó encantada con las pinturas de Diego Rivera.

En un largo y polvoriento viaje en autobús llegó a Morelia para hacer escala y conocer ""el famoso lago del que sólo tenía fotografías"" (sí, Pátzcuaro) y le parecieron muy curiosas las redes de colores que utilizaban los pescadores. Fue una visita muy rápida pues tenía que regresar al día siguiente a la Ciudad de México a una corrida de toros.

Sobre su viaje a México no encontramos registro de ""Simone de Beauvoir"" ya que en todos los lugares en los que debía escribir su nombre, lo hacía bajo el pseudónimo de Madame Algren. Sus impresiones quedaron plasmadas en dos de sus obras: La fuerza de las cosas y Los mandarines y en su correspondencia personal con Sartre.

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