Los insospechados caminos de la justicia

La revolución - Vida Cotidiana

Bajo la máxima popular ""a mí lo mío y aleluya que cada quien agarre la suya"" muchos revolucionarios se hicieron justicia por mano propia, se autoindemnizaron, hicieron negocios, expropiaron, confiscaron y al final mejoraron su situación personal. Algunos generales obtuvieron  sus ""tierritas"" a costa del pueblo. Otros hicieron ""su agosto"" dentro del sistema político mexicano. La mayoría no alcanzó a ver un México distinto al que los había llevado a tomar las armas.

La revolución, sin embargo, hizo justicia de diversas formas. Hhubo casos en que la discrecional justicia revolucionaria fue sustituida por la casualidad, la suerte o -para los creyentes- por la justicia divina, que desde algún desconocido lugar, hizo un trabajo impecable.

Originario de la región de los Altos de Jalisco, José María Plasencia padeció la revolución y el abuso de los generales que consideraban sus tierras como propias. Semana tras semana, uno de tantos militares, cuyo nombre quedó en el olvido, se presentaba en la hacienda para apropiarse de ella: la saqueaba, mataba animales y robaba sus cabezas de ganado. Cansado de tan triste situación, don José decidió entrar en arreglos con el jefe revolucionario y le ofreció su ayuda a cambio de seguridad para sus propiedades.

Como el general era especialista en quedarse con lo ajeno, le pareció buena la propuesta y cada semana pasaba por la hacienda. Cargaba   sus mulas con alimentos, bebida y municiones para continuar luego su camino. Una noche, el paciente dueño escuchó como galopaban algunas bestias y pensó que el general se presentaba de nuevo en su propiedad. Bajó a recibirlo pero encontró tan solo un ato de mulas que reconoció de inmediato: todas eran del general.

Don José ordenó descargar cada una de las bestias y se encontró con varios sacos repletos de monedas de plata. Conociendo la ferocidad del ambicioso general, el hacendado ordenó a su caporal guardar el tesoro hasta que se apareciese el dueño. A los pocos días se presentó un soldado a reclamar las mulas a nombre del revolucionario, pero al cuestionarlo sobre la suerte del militar, titubeó sin saber qué responder. El caporal de don José María pensó que el soldado se quedaría con todas las monedas y no se tentó el corazón: le disparó, sepultó el cadáver y vendió el caballo con todo y montura. Al poco tiempo, hacendado y caporal supieron que el general había fallecido. Nadie volvió para reclamar aquella fortuna. Paradójicamente, a don José también le había hecho justicia la revolución.