Los científicos

El Porfiriato - Hechos

Sandra Molina Arceo

Dentro de la corte de don Porfirio, el grupo más cercano al caudillo era el de los  “científicos”. Estaba conformado por José Yves Limantour, Rosendo Pineda, Justo Sierra, Joaquín Casasús, Francisco Bulnes, Pablo y Miguel Macedo, entre otros. Eran miembros de una nueva generación, formados después de la guerra de intervención francesa, defensores del positivismo y casi todos de clase media que ascendieron socialmente al acercarse al poder.

            El más notable de los “científicos” fue José Yves Limantour. Si don Porfirio era el artífice del orden político, Limantour lo fue del ámbito económico. El ministro de Hacienda tuvo carta blanca del presidente para reformar la economía y las finanzas nacionales. Con un sentido eminentemente práctico, en 1895 logró el primer superávit de la historia nacional y recuperó para México el reconocimiento y el crédito internacional.

            Los “científicos” alcanzaron notoriedad al ocupar los ministerios más  importantes en el gabinete de Díaz. Su tarea era aconsejar a don Porfirio, mantener a la nación en la ruta del progreso a través de leyes, programas y proyectos –siempre con el aval de don Porfirio. Salvo algunas excepciones como la de Justo Sierra, el resto de los “científicos” se enriqueció escandalosamente realizando negocios privados a partir de los asuntos públicos -tráfico de influencias le llaman hoy.

            El caudillo supo explotar las ambiciones de los “científicos”. Invariablemente les daba juego para que conocieran los asuntos y problemas nacionales, les pedía informes, estadísticas y cifras acerca del progreso material. A cambio de sus servicios, los recompensaba con alguna gubernatura o senaduría, pero en ningún momento tuvieron en sus manos la decisión final. La última palabra salía siempre de los labios del caudillo.

            Para evitar que alguno de los científicos soñara siquiera con la presidencia del país, don Porfirio utilizó con ellos la vieja máxima de “divide y vencerás” y se valió del rumor, la mentira y la intriga. “La política desarrollada por Díaz en el seno de su gabinete –escribió José López Portillo y Rojas- fue siempre maquiavélica; consistió en enemistar a algunos de sus ministros con los otros para evitar que la unión de todos los hiciera más fuertes, o bien para que ninguno, ni el que más se distinguiese, cayese en la debilidad de aspirar a la presidencia. El gabinete era, así, un campo de batalla donde todo andaba en clamorosa discordia. Todo se hacía bajo el influjo y por las instigaciones del presidente.”

            Ninguno de los científicos resistió el canto de las sirenas de la adulación. Se rindieron a sus propias ambiciones, a sus anhelos de poder y terminaron por enfrentarse entre sí, mientras don Porfirio, desde su despacho en Palacio Nacional los miraba al tiempo que acariciaba la silla presidencial que jamás les entregaría.