"Lo ""inn"" del taco"

La época de las crisis - Vida Cotidiana

En las muchas pantallas de televisión colgadas en las paredes del local se repetía la misma imagen, una mezcla de personajes animados y reales, cantando Money for nothing (un lamento de la clase obrera norteamericana) de Dire Straits, a través del canal de televisión de moda: MTV.

     La primera novedad consistía en la animación por computadora, producto de los años ochenta, y que definió el mundo de los videoclips por toda la década. La segunda novedad era el propio espacio, un restaurante cuya esencia era, precisamente, la escenografía posmoderna en la que el televisor constituía el centro de todo. El televisor y los videos. Me refiero a Studio Taco, una versión de bar con taquería, cerveza en yardas, cartas de alimentos que simulaban fundas de discos -todavía Lp’s o acetatos, aunque los discos compactos ya empezaban a circular-, música, videos y preparatorianos.

     Los tacos eran lo de menos, lo importante era estar en el lugar, eso era inn (palabra que hoy ya nadie usa para decir que se está a la moda). El concepto proliferó en las ciudades más importantes del país como espacios donde confluían los anhelos de una generación: televisión por cable, MTV, videos, música, olor a moderno, alcohol, chicas tipo Beverly Hills 90210 y chicos estilo Rey sol.

     La idea se repitió con pocas variantes: Taco Bar, Video Taco… Los menús eran breves, básicamente tacos de carne asada, queso, cebollitas cambray y salas semipicantes, la calidad media y los precios altos; pero el público no era exigente, pues estos locales eran meramente de paso para seguir el camino, con la barriga llena, a la disco (otra palabra en desuso) como el News de Pedregal.

     Por cierto las discotecas entendieron que ofrecer tacos en el interior de sus locales permitía extender la permanencia de los parroquianos en el lugar y con ello el consumo. Así por ejemplo, el Magic, en el Toreo de Cuatro Caminos, hoy desaparecidos, ofrecía palomitas y tacos al pastor nada despreciables.

     Pero pronto los jóvenes se cansaron del taco-bar que dejaba muy poco espacio al ligue y prefirieron dejar la cena para después. Fue entonces cuando las taquerías como el Tizoncito, los Parados, el Kalimán, el Charco de las Ranas o el Borrego Viudo (por entonces un changarrito miserable) aseguraron su permanencia como espacios de recuperación y paréntesis nocturnos.