Las letras saltan a la cancha

Literatura

¿Buena literatura sobre futbol buena en serio? No abunda, francamente, ni en las tradiciones de habla española, con excepciones tan notables como Dios es redondo de Juan Villoro o Salvajes y sentimentales de Javier Marías -ambos ampliamente recomendables y distribuidos, por Planeta y Alfaguara respectivamente- ni aun en las de lengua inglesa, tan prósperas cuando se trata de escribir de otros deportes, destacadamente el boxeo.

Pero ya que acaban los torneos de futbol en el mundo y se acerca el verano podemos pensar en otro tipo de actividades deportivas, esas que se hacen con los ojos. Para esa ocasión circula por ahí un caso notable de literatura futbolera, Entre los bárbaros (Among the Thugs, en el original), del editor y escritor norteamericano Bill Bufford, que es realmente un gran reportaje narrativo sobre el hooliganismo británico. No cuesta trabajo encontrarlo, porque lo tradujo hace ya años la editorial Anagrama. Pero también del inglés y de Inglaterra (Bufford vivió largo tiempo en el Reino Unido, donde se gestó su libro) viene el que acaso sea el mejor de todos los libros propiamente futboleros: Fiebre en las gradas o Fever Pitch, según el título original, escrito por Nick Hornby.

Hornby (Surrey, 1957) no pertenece a la generación de los narradores británicos que alcanzaron la consagración entre los 80 y los 90, sujetos como Ian McEwan, Martin Amis o Julian Barnes, nacidos nueve o diez años antes. Pero sin duda se benefició de la proyección internacional de aquella camada. Hornby tiene un puñado de obras ampliamente leídas y muy apreciadas por la crítica, particularmente Alta fidelidad. Y tiene siempre un equilibrio complicado de obtener entre la ironía y la nostalgia, uno de los secretos de su tremenda aceptación.

El mejor ejemplo de este equilibrio es justamente Fiebre en las gradas. Aficionado o, mejor, adicto al que fuera uno de los equipos más grises de la Premiere League, el Arsenal, un inglesísimo plomo de balonazo y carrera desbocada a la olla condenado a la media tabla que en tiempos recientes mutó en un cuadro de diseño, diríamos esteticista, Hornby abandonó citas promisorias, amistades y reuniones familiares, lo que hiciera falta, con tal de ir al estadio a aburrirse y en general frustrarse con su equipo. Y vivió para contarlo, literalmente.

Años después de ir al campo por primera vez de la mano de su padre, concretamente en 1992, publicó una memoria cargada de autoironía que evoluciona de partido en partido del Arsenal, en Inglaterra y Europa. Con ese hilo conductor, Hornby, filosísimo, cuenta su vida con el futbol como fondo y forma, pero sobre todo como se cuentan las buenas obras autobiográficas: sin concesiones al narcisismo, con una mirada poco piadosa al del espejo, quirúrgicamente. El libro, publicado por Anagrama en 2008 (aunque hay una versión de bolsillo de Ediciones B publicada en los 90), es, justamente, adictivo. Desde luego, hay que acompañarlo con cerveza y carbohidratos, ahora que inicia la Eurocopa.