Las cadetes

La revolución - Hechos

Alejandro Rosas 

La confusión reinaba en el Castillo de Chapultepec la mañana del domingo 9 de febrero de 1913. Los telegramas recibidos eran contradictorios. Algunos señalaban que los golpistas se habían apropiado del Palacio Nacional; otros, que el bombardeo al Castillo era inminente, algunos más, que los rebeldes habían sido rechazados en la Plaza Mayor.

          Sin esperar la confirmación de los telegramas, el presidente Madero decidió actuar. Contaba en aquellos momentos con 150 hombres del primer Batallón de Seguridad, pero eran insuficientes para marchar al zócalo de la capital. Llamó entonces al  Teniente Coronel Víctor Hernández Covarrubias, Director Interino del Colegio Militar y le ordenó que con los cadetes alistara dos compañías de infantería.

            Los jóvenes estudiantes no sabían de la intentona golpista de las primeras horas de la mañana. Como todos los domingos se disponían a dejar la institución para visitar a sus padres, pasar algunas horas con los amigos o dejarse consentir, en romántico paseo, con las novias. El permiso de salida fue revocado y en cambio cada uno de los cadetes –que formaron dos compañías de infantería- recibió doscientos cartuchos listos para ser disparados.

            Luego de arengar a los estudiantes, Madero montó un hermoso caballo tordillo –con el que solía pasear por el bosque de Chapultepec- y se encaminó hacia el centro de la ciudad. Para los cadetes la marcha a pie hasta el zócalo no representó mayor esfuerzo; era parte del entrenamiento que recibían desde que el general Felipe Ángeles ocupó la dirección del Colegio a principios de 1912.

            Sobre la avenida Juárez, frente al teatro nacional -que se encontraba en construcción-, el presidente y su escolta recibieron una descarga que provenía de un grupo de soldados infidentes apostados en la calle de 5 de mayo. Los cadetes formaron línea de tiradores frente a la fotografía Daguerre donde se refugió el presidente y aguardaron hasta recibir la noticia de que había paso franco hacia la plaza mayor. Una vez en Palacio Nacional, Madero les agradeció su valentía y su lealtad.     

            Aunque los cadetes del Colegio Militar se entregaron orgullosos a su tarea de escoltar al presidente, los periódicos de los días siguientes criticaron severamente la decisión de Madero.  “No tiene derecho el gobierno –señaló El Imparcial- para disponer de la sangre de esos cadetes, simples estudiantes, hijo de familia, esperanza de la Patria; cuando sean hombres, ellos la darán con toda espontaneidad si el país se las exige; por ahora son simientes de energía, que no es justo ni humano ni leal que se avienten al vórtice de nuestras pasiones encendidas”.

            Los cadetes no sufrieron bajas en aquella primera jornada de la Decena Trágica. Derramarían su sangre en los siguientes días y lo que había sido inicialmente la Marcha de la Lealtad, diez días después se tornó en la marcha fúnebre del régimen maderista.