La terrible epidemia de 1833

La época de la anarquía - Vida Cotidiana

El año de 1833 pasó a la historia como el primer gran intento liberal por acabar con el poder político de la Iglesia. Las reformas del vicepresidente Valentín Gómez Farías buscaron suprimir los fueros eclesiásticos, hacer circular la propiedad de la iglesia para generar riqueza a favor de toda la nación y propiciar con el tiempo la libertad de conciencia. La conmoción social fue enorme.

El año había sido particularmente caluroso, las condiciones insalubres de las ciudades y sobre todo las de la capital del país, propiciaron el estancamiento de aguas negras y la contaminación del agua, frutas y verduras. El cólera morbus, surgió con una rapidez incontrolable y el número de víctimas recordaba tristemente aquellas epidemias que habían diezmado a la población indígena en lo siglos XVI y XVII.

La Iglesia encontró en la epidemia, su mejor arma para combatir a los liberales azuzando a la sufrida población en contra del gobierno. No negaba los santos óleos ni la ayuda hospitalaria ni mucho menos el culto, pero era un hecho que ""el clero denunciaba al gobierno como resuelto a destruir la religión -escribió Justo Sierra-, y las funciones religiosas, para pedir la protección divina, y los lamentos de los profetas y los misereres se unían al profundo espanto que causaba la invasión del cólera... el castigo del cielo era evidente, aquel gobierno impío atraía sobre la República las calamidades supremas; clamaba así la Iglesia y la sociedad sufría"".

En la ciudad de México, donde se calcula que perdieron la vida poco más de 19 mil personas, las escenas eran apocalípticas: ""Las calles silenciosas y desiertas en que resonaban a distancia los pasos precipitados de alguno que corría en pos de auxilio -escribió Guillermo Prieto-; las banderolas amarillas, negras y blancas que servían de aviso de la enfermedad, de médicos, sacerdotes y casas de caridad; las boticas apretadas de gente; los templos con las puertas abiertas de par en par con mil luces en los altares, la gente arrodillada con los brazos en cruz y derramando lágrimas... A gran distancia el chirrido lúgubre de [carrozas funerarias], los panteones rebosaban de cadáveres.

El cólera sería la gran epidemia del siglo XIX pasaría a la historia por su inigualable devastación. El gobierno liberal no asumió, desde luego, la justicia divina como causa de la epidemia e hizo todos sus esfuerzos y dispuso de todos sus recursos para combatirla. Algunas voces de la sociedad encontraron el origen de la desgracia, no en la cuestión religiosa sino en un grupo social, que en la década anterior, la de los años veinte había padecido el chouvinismo independentista de los mexicanos: a su parecer los extranjeros eran los únicos culpables.

""En muchas localidades se hizo general la voz de que los extranjeros habían envenenado las aguas -escribió Enrique Olavaria y Ferrari-, voz inicua propalada en la capital y fuera de ella por los mismos que habían dicho de diferentes modos que el cólera era un castigo del cielo por los pecados de los pueblos: el resultado de esta calumnia fue que el pueblo fanático e ignorante se lanzase a asesinar extranjeros, de los cuales, varios aunque pocos afortunadamente, fueron víctimas de imbécil superstición"".

""Ni tirios ni troyanos"", causas naturales habían propiciado la epidemia. En el año de 33 se propagó todavía por los cuatro millones de kilómetros cuadrados que había heredado la corona española al México independiente en 1821. En la capital del país, llegaron a tomarse medidas extremas. El gobernador del Distrito Federal, el general Ignacio Martínez conocido como el Macaco -según refiere Guillermo Prieto-, ""fulminó un bando con tremendas prohibiciones a las frutas, los figones y los comestibles; en ese bando hay un anatema contra los chiles rellenos que escalofría"".

Surgieron toda clase de remedios caseros a los que la sociedad capitalina se avenía fervientemente para reemplazarlos por otros, días después, que la conseja popular adoptaba como los de mayor eficacia: fumigaciones, riegos de vinagre y cloruro, parches que debían pegarse al cuerpo, calabazas con vinagre detrás de las puertas, cazuelas solitarias de arroz y sangrías eran cosa de todo los días; no podían faltar los cirios y veladoras frente a las imágenes de los santos.

La fe era el mayor paliativo de la población, y la salvación de algún enfermo, nutría de nuevas esperanzas a los capitalinos quienes seguían las recomendaciones alimenticias, los mismos cuidados y la higiene del enfermo para evitar el campo santo. Ninguna solución sería del todo efectiva y solo el azar intercedía por los hombres. Desgraciadamente, la cura científica se inventaría en el último cuarto del siglo XIX.