La ópera en el siglo XIX

La época de la anarquía - Vida Cotidiana

En 1853 regresaba de nueva cuenta al poder, el jalapeño Santa Anna, después de un airado y descansado exilio en su hacienda de Turbaco, Colombia. Regresaba más pesado de cuerpo, con dolores en su pierna amputada, una nariz roja bien nutrida y la energía un tanto mermada, pero decidido a salvar, ¡ahora sí!, a su país, porque ""no quiero que la historia diga que cuando me llamaron a hacer la felicidad de mi pueblo fui indiferente a su destino"".

Junto a los incesantes ruegos que santanistas y conservadores le hacían para que regresara a guiarlos, aparecen también las súplicas, quizás decisivas, de su joven esposa, María Dolores Tosta, Doloritas, 35 años menor que él, quien parecía marchitarse en aquella paradisíaca lejanía aislada, ¡y ella sin mostrar su belleza y riqueza!

Así, el primero de abril de ese mismo año, Veracruz dio la bienvenida a descarga limpia y lluvia de flores al hijo pródigo que años antes insistiera en montar un corcel blanco, meterse la mano derecha bajo el chaleco y peinarse como su ídolo Napoleón. Ahora el espíritu de Santa Anna estaba embargado por la mesiánica misión de redimir a su país, sumergido en el bruto caos, una misión que un inspirado periodista no tuvo empacho en destellar como: ""México necesita a Santa Anna como la humanidad necesita a Cristo, los judíos a Moisés y los franceses a Napoleón"". 

No todo resultó miel sobre hojuelas, pero mientras el caudillo peleaba con conservadores, liberales, santanistas y moderados que no lograban ponerse de acuerdo, su joven esposa se adaptaba con sorprendente rapidez a la nueva vida de la tintineante ciudad de México. El tiempo se pasaba entre tertulias culturales y salones de fiestas que a su vez ella ofrecía en su palacete de Tacubaya, donde el mal gusto en jarrones, vajillas, joyas, cuadros y muebles también exigía su lugar.

A Doloritas le gustaba estar al último grito de la moda y ello implicaba, por supuesto, la música. La tendencia entonces en nuestro país era interpretar todo lo que tuviera que ver con lo europeo, en especial la ópera italiana. Claro, había músicos y compositores mexicanos destacados, como el duranguense Luis Baca, primer compositor mexicano en estudiar en el extranjero, o Manuel Covarrubias, quien había incursionado en la composición de ópera; sin embargo prevalecía una terca manía por enfrascarse en transcripciones de música operística italiana, o en lidiar con cuanta variación de las mismas se pudiera exprimir.

Por otro lado, en el extranjero era sabido que en México y en Latinoamérica se pagaban generosamente las representaciones, amén del trato y mimos de verdaderos hijos de Apolo que las clases altas acostumbraban a dar al artista extranjero. Había muchos empresarios que habían tenido éxito en México, pero pocos como el neoyorquino Max Maretzek, cuya empresa musical arribaba al país a mediados de 1852. Se puede decir que hasta hoy en día ninguna compañía de ópera ha exhibido tal versatilidad de repertorio como ésta. Maretzek presentaba en nuestra capital ¡dos óperas diferentes cada semana! Entre muchas otras estrenó Don Juan, de Mozart, y Atila, de Verdi (ésta última tenía seis años de haberse estrenado en Europa). Olivarría y Ferrari reseña que cuando aparecía Atila en escena ""abundaban los rasgos sinfónicos bruscos e inesperados que causaban un sobresalto a las personas nerviosas"".

A principios de 1854 se crearon dos nuevas compañías de ópera. Una de René Masson y otra de Pedro Carvajal. Debemos imaginar a Doloritas intercediendo de nueva cuenta en favor de la musa Euterpe, pues Santa Anna decidió apadrinar y subvencionar la empresa de Masson, formada con algunos miembros desbandaos de la recién desaparecida compañía de Maretzek, entre ellos el talentoso contrabajista y director Giovanni Bottesini, que más tarde dirigió, a instancias del propio Verdi, el estreno de su Aída en el Cairo.

Gracias a los recursos que doña Doloritas proporcionó a Masson, éste pudo traer a nuestro país a la sobresaliente soprano Henriette Sontag, condesa de Rossi, mujer de gran belleza y elegancia, considerada por muchos la mejor cantante alemana de su tiempo. Imaginemos a la señora de Santa Anna entusiasmada por el arribo de la diva, una estrella que el mismísimo Teatro de su Majestad de Londres pagaba 17,000 libras por temporada. Aunque quizás a Doloritas no le importaba mucho, como a la mayoría del selecto público mexicano, que la Sontag hubiera cantado en Viena por primera vez la Novena Sinfonía de un compositor un tanto desaliñado y completamente sordo (Beethoven) que permaneció sentado entre la orquesta, así como su importantísima Missa Solemnis.

Desgraciadamente a mitades de junio de ese año en México brotó una epidemia de cólera que tuvo terribles consecuencias. Descansando en los preciosos jardines de Tlalpan, Henriette Sontag se sintió mal. Moriría en esta capital el 17 de junio de 1854. Imaginemos, una última vez, a doña Doloritas de Santa Anna aplaudiendo con arrebato la última ópera que la Sontag cantaría en su vida, Lucrecia Borgia, de Donizetti.