La Nueva España bajo los ojos de un alemán

Aires libertarios - Vida Cotidiana

""La idea de la Colonia es ya en sí misma una idea inmoral… la idea de un país obligado a rendir tributo a otro es inmoral… Todo gobierno colonial es un gobierno de desconfianza… Cuanto más grande sean las colonias, cuanto más consecuentes serán los gobiernos en sus maldades políticas"".

Alejandro de Humboldt

Cuando el barón alemán Alejandro de Humboldt, llegó al puerto novohispano de Acapulco, en marzo de 1803, no sabía que siete años más tarde en 1810, estallaría la cruenta guerra de independencia. No lo sabía, pero lo intuía por el conocimiento social que había abrevado en su expedición por Sudamérica, en donde había visto degradantes condiciones de negros, indios y criollos, condiciones sociales que él llamó con justa razón, inmorales. Y las mismas condiciones encontró en la Nueva España.

En abril, Humboldt conoció Taxco y respecto de su iglesia escribió: ""[José de] La Borda construyó una iglesia por medio millón. En la mayor parte de las haciendas de caña de azúcar de México se ven capillas abovedadas… y los pobres esclavos enfermos se acuestan sobre pellejos encima de la tierra. El Ser Supremo no tiene necesidad de esas mamposterías desproporcionadas en relación con las cabañas que las rodean, y se le serviría mejor si se imitara el ejemplo de su caridad"".

Esta declaración -inaudita en el periodo colonial- pone de manifiesto hasta que punto criticaba Humboldt al sistema virreinal. Crítica que se reflejaba también en su apreciación de la arquitectura. Por eso, para el científico alemán el estilo barroco era el símbolo hecho piedra de la explotación de la mano de obra india, mientras que la arquitectura neoclásica de su época representa los ideales de libertad, orden y revolución burguesa.

Humboldt se había formado humanísticamente bajo los cánones universales de la Revolución Francesa: libertad, igualdad y fraternidad, preceptos que se hicieron públicos cuando el 4 de agosto de 1789, la Asamblea Nacional francesa hizo pública la Declaración Universal de los derechos del hombre y el ciudadano. Como era de esperarse, Humboldt seguía los ordenamientos humanísticos que condenaban la inmoralidad el esclavismo y estaba no sólo a favor de la libertad absoluta para todos los seres humanos; sino también a favor de la igualdad entre seres humanos y naciones.

En Europa, el viajero alemán había trabajado por mejorar las condiciones de vida de los mineros alemanes, su espíritu se oponía a la sevicia implícita al colonialismo. Pero fue en su periplo americano que apreció con claridad los profundos malestares sociales que amenazaban con transformarse muy pronto en cisma independentista y de hecho, se relacionó muy fraternalmente con algunos criollos, que en los años venideros serían paladines del independentismo en América; como por ejemplo -entre otros- el ecuatoriano Carlos Montúfar y Larrea (1780-1816), la mexicana María Ignacia Rodríguez de Velasco y Osorio Barba ""la güera Rodríguez"" (1778-1851) y el venezolano Simón Bolívar (1783-1830), que dijo alguna vez del alemán: ""El barón de Humboldt ha hecho más bienes a la América que todos sus conquistadores"".

Cuando Humboldt llegó al puerto de Acapulco en la primavera de 1803 estaba autorizado por el rey español Carlos IV para hacer un estudio de sus posesiones americanas. Sus observaciones fueron geológicas, mineralógicas, antropológicas, físicas, políticas y económicas. Venía acompañado del botánico francés Aimé Bonpland y el oficial ecuatoriano Carlos Montúfar y Larrea, con quienes había recorrido previamente buena parte de Sudamérica, arrostrando peligros, compartiendo afanes y logros científicos y exploratorios; como la ascensión al Chimborazo, que en aquella época se consideraba la cima más alta del mundo.  Humboldt no se imaginaba entonces que 13 años después, Carlos Montúfar, su compañero de expedición, moriría ante un pelotón de fusilamiento por el delito de libertar a su patria.

A pesar de su acercamiento a los criollos americanos, Humboldt no mencionó su creciente descontento ante el rey de España, ni lo alertó acerca de la inconformidad política que prevalecía en la América española. Una delación, un aviso, una llamada de atención hubiera significado traicionar sus propios principios. Sin embargo, tenía que informar al rey acerca de su viaje. Por eso, el mismo año en que llegó a México (1803), publicó en forma manuscrita un libro titulado Tablas geográfico políticas del reino de la Nueva España, obra en la que, de manera puntual y escrupulosa, daba un panorama muy general del reino novohispano y cuya minuciosa lectura por parte de la corte española, hubiera permitido conocer las terribles contradicciones sociales que existían en América y evitar los movimientos independentistas de la década siguiente.