La mariscala: Josefa de la Peña y Aquiles Bazaine

La era liberal - Hechos

Regresó a México envuelta en sus sueños, asolada por los fantasmas de su propia historia. Buscaba recuperar lo que a su juicio -bastante minado, por cierto- le correspondía por derecho: hacer efectivo el regalo de bodas que recibió de manos del emperador Maximiliano. Era su última esperanza para abandonar la miseria y dejar atrás la mala fortuna que perseguía a su familia desde que dejaron el país en febrero de 1867, cuando el ejército republicano recuperaba cada centímetro del territorio nacional.

Frente al palacio de Buenavista de la calle de Puente de Alvarado, doña Pepita Peña, la infortunada ""mariscala"", recordó las otrora suntuosas recepciones que organizaba junto a su marido para reunir a lo más granado de la sociedad mexicana durante los días del segundo imperio. Fiestas de pipa y guante donde los oficiales franceses hacían la corte a las damas mexicanas y los invitados lucían sus mejores atuendos; veladas que permitían mostrar todo el esplendor de la fachada en curva y el patio oval -inspirado en el palacio de Carlos V de la Alhambra-, tocados por la genialidad de su arquitecto, el célebre Manuel Tolsá.

Cuando el Mariscal Aquiles Bazaine puso pie en la ciudad de México en 1863, le echó ojo a la construcción de finales del siglo XVIII. No era para menos, la gente llegó a decir que ""por su hermosura y amplitud bien pudiese servir de mansión real"". Construida por órdenes de doña María Josefa Rodríguez de Pinillos y Gómez, la obra de Tolsá era conocida como el palacio de Buenavista.

Bazaine no pasó por alto la belleza de la construcción y arrogante como era, consideró que apenas era suficiente para hacer más amable su estancia en México durante la ocupación francesa. De ese modo tomó posesión de la mansión, la decoró a su gusto y se dispuso a disfrutarla. Todo a cuenta del imperio mexicano.

La historia del mariscal francés y Pepita de la Peña parecía un cuento de hadas. De la noche a la mañana Josefa había dejado de ser una ingenua joven de 17 años -hija del ex presidente Manuel de la Peña y Peña-, para convertirse en la esposa del mariscal Aquiles Bazaine, general en Jefe del Ejército francés en México y el poder detrás del trono.

La noche y los compases de algún vals sellaron su amor. El mariscal había decidido presumir su magnífico palacio y organizó un baile, el primero que se realizaba en la ciudad de México desde la entrada de Maximiliano. En la elegante velada conoció a Josefa Peña y quedó prendado de su belleza. El anuncio de la boda se hizo semanas después, y entre rumores -los más de treinta años que mediaban entre los novios eran el pretexto idóneo para toda clase de chismes- llegó la fecha del matrimonio.

Maximiliano y Carlota apadrinaron el enlace realizado en la capilla del Palacio Imperial el 26 de junio de 1865, y para demostrar su amistad -totalmente interesada- el emperador entregó su regalo de bodas a la feliz pareja:

""Mi querido Mariscal Bazaine: Queriendo darle a usted una prueba tanto de amistad personal como de mi reconocimiento por los servicios prestados a nuestra patria, y aprovechando la ocasión del matrimonio de usted, le damos a la Mariscala Bazaine el palacio de Buenavista, comprendiendo el jardín y los muebles, bajo la reserva de que el día que usted se vuelva a Europa, o si por cualquier motivo no quisiera usted conservar la posesión de dicho palacio para la Mariscala, la Nación volverá a hacerse de él, en cuyo caso se obliga el gobierno a dar a la Mariscala, como dote, cien mil pesos.’

El ""día de volver a Europa"" llegó al año y medio. Mientras las vanidades afloraron alrededor de la corte y la frivolidad se apoderó de la sociedad capitalina, las guerrillas republicanas habían permanecido en pie de guerra contra el invasor. En los campos de batalla se escuchaba sólo un grito: ""¡ni un paso atrás!"". El ejército de la república revirtió las derrotas iniciales y en 1866 comenzó la contraofensiva que terminó con el imperio un año después.

Las últimas tropas francesas dejaron la capital el 5 de febrero de 1867. Pepita Peña cerró las puertas de su palacio de Buenavista dejando en él todos sus sueños de grandeza que, como el resto del imperio, naufragaron entre las aguas republicanas.

* * *

¿Dónde estaban los lujos, los reconocimientos, las reverencias que habían acompañado a la pareja años atrás cuando la sociedad se reunía en el Palacio de Buenavista? En los recuerdos de Pepita Peña exclusivamente. En Europa la suerte le dio la espalda a su familia, luego de que el mariscal, con 179 mil hombres, se rindiera a los prusianos en el sitio de Metz. Alguien le reprochó su cobardía: debió caer combatiendo como los republicanos en el sitio de Puebla de 1863.

La difícil situación económica impulsó a Pepita a tomar la decisión de volver a su patria. En 1886, cuando regresó a México, el país avanzaba firme sobre los rieles del progreso porfiriano. Del imperio de Maximiliano sólo quedaban tres cruces en el cerro de las Campanas de Querétaro.

No sin cierta ingenuidad doña Pepita creyó posible obtener del gobierno los 100 mil pesos establecidos por Maximiliano en caso de que el Palacio de Buenavista volviera a manos de la Nación. Lloró inconsolable al enterarse que el presidente Benito Juárez había entregado su espléndida mansión al general José Rincón Gallardo por su participación en el sitio de Querétaro.

Nadie prestó atención a los reclamos de la Mariscala. Jamás vería un centavo de lo dispuesto por el emperador. El gobierno porfirista tildó de loca a la mujer y doña Pepita terminó sus días en una casa de salud de Tlalpan.