La loba feroz

La época de la anarquía - Vida Cotidiana

Durante muchos años la piel permaneció colgada de uno de los ahuehuetes del legendario bosque. La gente se santiguaba cuando la veían meciéndose sobre las ramas, empujada por el viento. Algunas personas rezaban una oración por el eterno descanso de las inocentes víctimas. Otras no tan devotas aprovechaban la historia para asustar a sus hijos malcriados.

Era el año de 1824 y el bosque de Chapultepec y su Castillo padecían el más terrible abandono. Los años de guerra, el ascenso y caída del Imperio de Iturbide y la adopción de la república como forma de gobierno habían trastocado la vida cotidiana de la capital novohispana.

La tarde del 29 de febrero, hubo mucha agitación, gritos y lamentos en el bosque de los ahuehuetes. Como si la maldad se hubiera roto sus cadenas, el verde follaje fue salpicado con el rojo de la sangre. ""Intempestivamente y sin que se pueda explicar de dónde vino, se apareció una loba rabiosa y atacó a la familia del guardabosques D. Ignacio González"" -escribió el cronista Manuel Rivera Cambas.

El Castillo se encontraba prácticamente abandonado pero don Ignacio estaba encargado de la vigilancia para evitar que los léperos invadieran algún lugar del bosque. Era prácticamente un ermitaño pero su familia vivía con él. El día de la tragedia, el guardabosques ""había salido a dar un paseo con una de sus hermanas, cuando el furioso animal, trepando la colina se arroja entre cuatro niños y dos ancianas que dieron gritos de terror ante el aspecto de la feroz loba, que se lanzó sobre el grupo hiriendo y destrozando a los que tuvo más cerca"".

Al escuchar los gritos de desesperación de sus hijos, don Ignacio corrió hasta el Castillo y se encontró con una terrible escena: sangre esparcida por todos lados, los niños tirados en el piso, y la loba encima de una de las ancianas que intentaba arrojarla hacia el vacío. Don Ignacio disparó su arma pero falló. La loba, loca de furia, saltó sobre el cuello del hombre y comenzaron a revolcarse por el suelo hasta que la hermana atravesó el cuerpo de la fiera con una navaja.

Con excepción de don Ignacio y de su hermana, ninguno de los otros miembros de su familia sobrevivieron. Los pobres niños ""yacían sobre el suelo empapados en sangre"". La terrible noticia conmocionó a la sociedad capitalina. Mucho se habló de la responsabilidad de las autoridades que por descuido y negligencia habían permitido que en Chapultepec habitaran fieras salvajes poniendo en riesgo a los ciudadanos. La situación no podía ser más triste, el legendario y sagrado bosque respetado por el pueblo del sol y por los virreyes, se había convertido en un muladar en el México independiente.