La invasión norteamericana a Veracruz

La revolución - Hechos

21 de abril de 1914

Unos días después de la invasión norteamericana a Veracruz, el anarquista Ricardo Flores Magón publicó un artículo en su periódico Regeneración.

La guerra entre México y Estados Unidos

Por Ricardo Flores Magón,

(Regeneración, 2 de mayo de 1914)

En el último número de Regeneración dimos cuenta de cómo las fuerzas americanas habían pisado territorio mexicano en Veracruz, dando así principio a una guerra que duró lo que dura una flor.

Por más esfuerzos que hacen los periódicos partidarios de la intervención en hacer creer que se trata de toda una guerra entre dos países, para excitar las pasiones patrióticas de las muchedumbres y empujar a Wilson a la descabellada aventura de una guerra de conquista, todo indica que el presente embrollo fue elaborado para pulsar el sentimiento del pueblo mexicano, determinar la actitud que podría asumir éste ante actos de hostilidad de fuerzas extranjeras y sacar de la observación las deducciones sobre las cuales debiera fundarse la futura política de los Estados Unidos con respecto a México.

A mi modo de juzgar las cosas se ha tratado de un simple tanteo, una especie de reconocimiento que terminará en largas negociaciones diplomáticas o en la intervención misma, pero cuando los Estados Unidos estén suficientemente preparados para entrar en acción contra un pueblo valeroso, sufrido, abnegado y que lucha en estos momentos por su libertad y su bienestar.

Los hechos ocurridos esta última semana dan fuerza a la creencia de que todo se redujo a un tanteo. Las fuerzas americanas no han avanzado hacia el interior del país, concretándose a sostener la posición de la ciudad de Veracruz, y teniendo fortificaciones militares a dos millas fuera de los límites de la ciudad. Las fuerzas mexicanas, al mando del General federal Maas, se encuentran acampadas en Soledad.

Así, pues, ambos ejércitos se encuentran frente a frente, y si las fuerzas americanas no tuvieran la ventaja de estar protegidas por los grandes cañones de sus barcos de guerra, ya las fuerzas mexicanas habrían iniciado un asalto a la plaza, y un nuevo combate se habría entablado.

Las fuerzas americanas esperaban la llegada de cinco mil hombres al mando del General Funston, para relevar a los marinos. Llegaron los cinco mil hombres; pero no se les ha ordenado que desembarquen y las cosa siguen como antes de que llegasen.

Motines en la ciudad de México

Cuando se supo en la ciudad de México la actitud tomada por los americanos, se produjo una gran excitación popular. La estatua de Washington fue derribada de su pedestal; las banderas americanas que decoraban tiendas y edificios de propiedad americana, fueron arrojadas por el suelo y pisoteadas con la mayor indignación; el Club Americano fue entregado a las llamas; los hoteles de americanos fueron visitados por muchedumbres que destrozaban cuanto encontraban a la mano: cristales, muebles, tapices. Las multitudes recorrían las calles de la ciudad en actitud de protesta contra la invasión norteamericana; los mítines se multiplicaban en la ciudad, pronunciándose en ellos discursos fogosísimos.

La noticia en todo México

La toma del puerto de Veracruz por los marinos americanos el martes de la semana pasada, tuvo eco desfavorable en todo el país. Los mexicanos se aprestaron por todas partes a repeler la agresión. De todo el país tuvieron que salir a gran prisa todos los que temían pasarla mal con la cólera popular. A pesar de la declaración del Congreso americano de que todo el movimiento militar de los Estados Unidos debía entenderse como un acto de hostilidad contra Huerta solamente, el pueblo mexicano manifestó de mil maneras que consideraba como un ultraje la invasión. En Cananea se despertaron antiguos odios y por todas partes el movimiento popular dejó entender con claridad que se consideraba como un acto hostil toda injerencia de un poder extraño en los asuntos de México.

Cómo se entiende el asunto

A pesar de todos los esfuerzos que se hagan, ya sea por Wilson o por cualquiera otra persona, el pueblo mexicano comprende, con singular buen sentido, que un movimiento de agresión por parte de un país extranjero, es un asunto que concierne a todos. El pueblo mexicano comprende con toda claridad que la irreverencia de Huerta a la bandera americana, no es más que un pretexto que los capitalistas americanos han espiado para mandar soldados a México y detener una lucha que perjudicaba grandemente sus intereses. Los capitalistas americanos han comprendido que la revolución mexicana es un movimiento que tiene por objeto la abolición de la miseria por medio de la expropiación de la tierra de las manos que la detentan, para que sea el patrimonio común de todos los habitantes de México.

La intervención americana en los asuntos de México va, por lo mismo, contra el movimiento revolucionario; la intervención americana tiene por objeto poner al país en las mismas condiciones en que se encontraba bajo la época de Porfirio Díaz, que fue la edad de oro de todos los piratas así de la política como del dinero.

Compromiso con Carranza

El capitalismo americano procuró al principio atraerse a Huerta; pero Huerta no podía favorecerlo sin perjudicar al mismo tiempo al capitalismo inglés y tuvo que escoger, decidiéndose por el último que, después de todo, era el que había ayudado a derribar a Madero y poner en pie el movimiento que lo había puesto en la presidencia de la República. Entonces el capitalismo americano se echó en brazos del carrancismo, cuyo jefe, ávido de llegar al poder, entró en componendas con los americanos y les ofreció poner al país en las mismas condiciones en que se encontraba bajo el gobierno de Díaz.

Así es como se explica que Carranza haya recibido tanta ayuda por parte de los capitalistas americanos; así es como se explica que los carrancistas violen a diario las leyes de neutralidad sin ser molestados; que se haya levantado la prohibición de introducir armas a México; que se acepte su moneda; que se reconozcan sus actos de gobierno; que se les facilite cuanto necesiten para su campaña de adquisición del poder. Así es como se explica, también, la actitud del carrancismo en la presente crisis; mientras todos, huertistas, zapatistas, libertarios, vazquistas, etc., consideran la intervención americana como una calamidad para los mexicanos, Carranza y Villa, los prohombres del carrancismo hacen a diario declaraciones que revelan que ese par de pícaros no tiene sangre en la cara. Forzado por las circunstancias, empujado por sus soldados, Carranza mandó una nota a Washington diciendo que protestaba contra el desembarque de marinos.

Esa declaración de Carranza, sin embargo, ha quedado destruída con declaraciones posteriores del caudillejo, por medio de las cuales besa las patas de los americanos, y, por lo que respecta al bandido Francisco Villa, no creo yo que haya en la historia muestra tal de una mezcla de rufianería, de estupidez, de bajeza, de cinismo como la que emplea ese pobre diablo cuando se trata de que manifieste su actitud respecto de la invasión americana. Francisco Villa se deshace en alabanzas para Wilson, alabanzas de un guerrero que revela la bajeza de su autor, que pone en claro la miseria moral del asqueroso Lugarteniente de Carranza. Villa y Carranza esperan que los americanos tomen la ciudad de México, derriben a Huerta y pongan a ellos sobre los lomos del pueblo mexicano. Villa y Carranza son los buitres que acompañan a los ejércitos para caer sobre los muertos después de los combates. Los dos declaran que ayudaran a Wilson a castigar a Huerta, como si no fuera el pueblo la víctima de ese castigo, como si no fuera el proletariado mexicano el pobre Lázaro de toda esa farsa, como si Huerta fuera el único que tendría que sufrir en una guerra con los Estados Unidos, y no los quince millones de habitantes que pueblan la República Mexicana y cuya lucha de vida o muerte es lo que ha precipitado sobre ellos la agresión del capitalismo yanqui.