La iglesia y los cristeros

La reconstrucción - Hechos

Jean Mayer afirma, que Roma no aprobó jamás La Cristiada y prohibió a  la iglesia que la apoyara.  Sin embargo, esta no es una verdad absoluta. Hubo silencios y complicidades por parte de las altas esferas del Vaticano. Fernando González en su obra ""Matar o morir por Cristo Rey"" nos revela una carta testamento de Monseñor González y Valencia obispo de Durango escrita a finales de 1938. En ella relata que la comisión del episcopado formada por él mismo, por Monseñor Valverde Obispo de León, por Monseñor Méndez del Río Obispo de Tehuantepec, acudieron ante el Papa Pio XI a preguntarle qué instrucciones debía dárseles a los obispos que estaban en México, y éste les contestó: ""No les digan nada, ellos que están cerca del terreno que hagan lo que juzguen conveniente"". El  obispo de Tehuantepec Méndez del Río, le preguntó: ""¿Entonces debemos ser imparciales?"". El Papa dando un puñetazo en su escritorio contestó: ""Nosotros no debemos ser imparciales, debemos estar siempre del lado de la justicia"". Por supuesto que los cristeros luchaban por una causa que consideraban justa.

Sigue diciendo la carta de Monseñor González y Valencia que el Cardenal Gaspari, Secretario del Vaticano, siempre reconoció la justicia de la causa y el derecho de hacer uso de la fuerza para sostenerla. Miguel Palomar y Vizcarra en su libro El caso ejemplar mexicano señala que, en enero de 1927 el Papa les dijo a un grupo de muchachos mexicanos que se encontraban en Roma:

""...diréis a todos las palabras que habéis oído de nuestros labios; les diréis que nosotros hemos saludado en vosotros a todos los católicos mexicanos, sí, a todo México, a todos los Prelados, a todo el Clero -ese admirable Clero mexicano-, a todos los seglares, pero sobre todo y principalmente, a esa amada y generosa juventud mexicana. Le diréis que nosotros sabemos todo lo que ella hace, que sabemos que combate, y lo bien que combate en esa gran guerra que se puede llamar la batalla de Cristo..."".

La ambivalencia de la jerarquía eclesiástica y del mismo Vaticano, así como su tibieza para oponerse firmemente a cualquier levantamiento armando, a cualquier uso de la violencia, fueron contrarias a la doctrina cristiana que postula que ni la injusticia debe hacernos injustos ni el bandidaje convertirnos en bandidos, ni el asesinato en asesinos, ni la tiranía en anarquistas. Su torpeza de haber suspendido los cultos, provocando el encono del gobierno y el enardecimiento de las pasiones de los católicos, entraña una gravísima responsabilidad, tanto más grave, cuanto que las posibilidades de éxito de cualquier movimiento armado eran nulas ante la fuerza incontrastable del ejército del gobierno.

El presbítero Jacobo Leclerq atinadamente señala: ""entre las condiciones teóricamente exigibles para una rebeldía legítima, hay una que es particularmente delicada: la condición de capacidad o de probabilidades de éxito… si hay casos en que las probabilidades de éxito son nulas, la rebeldía es una locura""

En estas condiciones de locura, la jerarquía eclesiástica y el Vaticano propiciaron que ante un gobierno despótico muchos católicos fueran arteramente masacrados. En todo caso la misión de aquellos debió de haber consistido en recurrir a todos los recursos pacíficos de la resistencia civil: marchas continuas y reiteradas en todos los puntos del país, boicots económicos, cartelones de protesta y señales de luto en las ventanas de las casas y los comercios de los católicos. Haber inundado los juzgados de distrito con cientos de miles de demandas de amparo en contra de la Ley Calles; demandas de todos los católicos de México por violación a sus derechos humanos y desde luego a sus garantías individuales. Huelgas escalonadas y reiteradas.

Esa era la postura en un principio de uno de los más destacados líderes de los católicos mexicanos, Anacleto González Flores, que al no sentir el respaldo rotundo de la jerarquía eclesiástica se vio arrastrado al levantamiento armado debido a la exaltación de los católicos producida por el cierre de los tempos.  Posteriormente Anacleto murió asesinado, después de haber sido horriblemente torturado al igual que todos los ocupantes de la casa que le dio refugio.

*El autor es abogado. Publicado en Cronoscopio, del periódico Reforma, en abril del 2003.