La historia en la pantalla grande

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La escena no podía ser más conmovedora. Las tropas mexicanas arremetían furiosamente contra los franceses. Cientos de hombres preparaban sus bayonetas para una nueva carga. El primer ejército del mundo, sin embargo, parecía imponer su manifiesta superioridad a pesar del coraje de los mexicanos. El sonido de las bayonetas chocando unas con otras, la lucha cuerpo a cuerpo, las explosiones que ensordecían el ambiente mostraban los rastros de la gran batalla. En las llanuras de Puebla, México se jugaba su destino en ese terrible año de 1862.

El futuro de la batalla se antojaba incierto. Decenas de heridos se guarecían recargados en los muros de los fuertes de Loreto y Guadalupe, esperando un milagro. De pronto, el corneta del ejército republicano cae muerto. Parece el augurio de la derrota. Sin embargo, algo extraordinario está a punto de suceder. En medio del fragor del combate, cuando los mexicanos necesitan algo que los impulse y los lleve hacia la victoria, aparece el gallardo teniente Luis Sandoval (Pedro Infante).

Con decisión, Sandoval toma la corneta y comienza a interpretar el Himno Nacional Mexicano. Sus notas recorren cada palmo del campo de batalla y al escucharlo, cada combatiente mexicano llena su corazón de patria. Hasta los heridos olvidan su dolor y luego de incorporarse comienzan a cantar cada estrofa del himno. Ha llegado la hora de México y el ejército republicano, con emoción, con valentía y sacando fuerzas de flaqueza avanza imbatible sobre los franceses que comienzan la retirada.

De pronto, una bala impacta sobre el cuerpo de Luis Sandoval, pero su patriotismo es más grande y con lo último de sus fuerzas continúa su interpretación del himno, hasta que los mexicanos cantan la victoria definitiva. Momentos después agoniza en el campo de batalla pero con el rostro satisfecho pues la patria se ha salvado.

La gente salía verdaderamente conmovida de las salas cinematográficas luego de ver la actuación de Pedro Infante en Mexicanos al grito de guerra (Dir. Álvaro Gálvez y Fuentes, 1943) o lloraba amargamente al ver a Jorge Negrete como uno más de los ""niños héroes"" sacrificando su vida en aras de la Patria, en El Cementerio de las Águilas (Dir. Luis Lezama, 1938) o se regocijaba con la valentía del Centauro del Norte, interpretado primeramente por Domingo Soler (Vámonos con Pancho Villa, Dir. Fernando de Fuentes, 1935) y luego por Pedro Armendáriz (Cuando viva Villa es la muerte) Dir. Ismael Rodríguez, 1958).

Todas parecían contar la historia de México con veracidad y realismo. Sin embargo, no fue así. Durante años la pantalla se llenó con los iconos de la historia oficial.

Una historia de bronce

Una vez que inició la era del partido oficial (1929) y se fue consolidando el sistema político mexicano, la historia fue puesta a su servicio y respondía a sus intereses. Para la clase gobernante fue fácil suprimir los temas incómodos de las biografías de los héroes nacionales. Los deshumanizó al tiempo que los enaltecía, convirtiéndolos en seres perfectos, infalibles.

Nadie volvió a hablar de las terribles masacres de españoles permitidas por Hidalgo; del tratado McLane-Ocampo de Juárez, o de la forma como las leyes de Reforma afectaron a los indios; era impensable señalar la terrible corrupción que permitió Carranza durante su régimen o presentar a Pancho Villa como un asesino consumado. Esos defectos sólo eran concebibles en los enemigos históricos del régimen como Iturbide, Santa Anna, Porfirio Díaz, Victoriano Huerta, Miguel Miramón. En pocas palabras sólo en los hombres de la reacción.

A los ojos de la historia oficial, los héroes de bronce eran prácticamente hombres predestinados para cumplir una gran misión por la redención de la patria. Bajo esta perspectiva, era posible imaginar a Hidalgo de niño jugando al libertador con sus amigos y tocando campanas para invitarlos a rebelarse contra sus padres. O bien al niño Benito, muy serio declarando frente a sus ovejas: ""entre los individuos como entre las naciones el respeto al derecho ajeno es la paz"".

Y para terminar de revestirlos con esa aura de hombres elegidos, los personajes históricos fueron despojados de sus nombres de pila y rebautizados con rimbombantes títulos: ""Padre de la Patria"", ""Siervo de la Nación"", ""Benemérito de la Américas"", ""Apóstol de la Democracia"", ""Centauro del Norte"".

El cine se llena de bronce

Para escribir de los cientos de las películas históricas realizadas por el cine mexicano es insuficiente un solo artículo. Sin embargo, a partir de ciertos ejemplos es posible encontrar elementos comunes: la exaltación de los héroes, visiones maniqueas de la historia, los personajes que frente a las cámaras no hablan, sino pontifican y caracterizaciones que no eran difíciles de realizar pues los héroes nacionales siempre aparecían con el rostro de piedra y con una mirada perdida en el horizonte, como pensando permanentemente en el porvenir de la patria.

El cine mexicano no pudo escapar a la inercia del sistema político mexicano que se empeñó en escribir su propia versión de la historia. Los cineastas compraron su interpretación y se pusieron a trabajar. Aunque la presencia del cura Hidalgo en La virgen que forjó una Patria (Dir. Julio Bracho, 1942) es muy breve, los pocos minutos que aparece a cuadro son suficientes para mostrar al cura grave, serio, patriótico hasta en su manera de hablar. Nada parecido a como verdaderamente era Hidalgo, risueño, juguetón, abierto, afable, excelente conversador, muy animado, incluso en los momentos de mayor gravedad no perdía el buen talante.

El caso de Pancho Villa es muy semejante. Quizá dentro de la historia del cine mexicano, la más famosa caracterización fue la que durante años realizó Pedro Armendáriz. En películas como, Cuando viva Villa, es la muerte o Así era Pancho Villa de Ismael Rodríguez, el espectador llega a encariñarse no sólo con el Centauro sino hasta con uno de sus lugartenientes más sanguinarios, Rodolfo Fierro interpretado magistralmente por Carlos López Moctezuma.

Este tipo de películas le hizo, por mucho, un favor a los dos revolucionarios. Villa fue un justiciero, pero también un asesino consumado que por momentos era incapaz de sentir piedad. Fierro fue definido simplemente como una ""bestia sedienta de sangre"". Ambos personajes estaban muy lejos de aquella maravillosa secuencia de la película de Rodríguez, donde Villa ordena que traigan nieve de limón para él, para Fierro y para los rehenes que mantienen secuestrados en un banco.

Juárez es quizá el personaje que jamás ha podido desprenderse del baño de bronce de la historia oficial. No sólo en la película Aquellos años (Dir. Felipe Cazals, 1972) realizada con motivo de su centenario luctuoso, si no también en teleseries como El Carruaje y La Tormenta¸ se presenta un don Benito incapaz de mostrar sus sentimientos, firme, sereno y empeñado en sacrificarse en aras de la Patria. El cine nos negó la posibilidad de ver a un Juárez cariñoso con su esposa, amantísimo padre de familia, buen jugador de naipes, sentimental y tierno.

Desde luego, no podían faltar las varias versiones de Zapata -aunque la más conocida es la caracterización de Antonio Aguilar que termina por convertirse en otra apología del caudillo sureño. También tenemos las comedias que muestran los últimos días del porfiriato, aunque su sentido no es histórico y toman el periodo sólo como un pretexto para contar una historia. Tal es el caso de México de mis recuerdos o Qué tiempos aquellos señor don Simón.

Es imposible no criticar la forma como la historia oficial se apoderó del cine mexicano. Sin embargo, también es necesario reconocer que, a pesar de todo, estas cintas invitan a redescubrir la historia. El manejo de las situaciones, de los sentimientos, de las fibras patrióticas mantienen al espectador pegado al asiento. Hasta hace algunos años era obligado que el 5 de mayo se transmitiera Mexicanos al grito de Guerra por el canal de las estrellas o el 13 de septiembre pudiera verse el Cementerio de las águilas y después de la ceremonia del ""grito"", invariablemente iniciaba la proyección de La virgen que forjó una patria.

Personalmente me quedó con dos cintas. La primera es Vino el remolino y nos alevantó (Dir. Juan Bustillo Oro, 1949). Emotiva película que no muestra a los grandes caudillos o los héroes infalibles de la revolución. Retrata el sufrimiento de la sociedad que padeció el movimiento revolucionario cuando las familias se desintegraron y padres e hijos marcharon a los campos de batalla para no volverse a reunir jamás.

La segunda es La Cucaracha (Dir. Ismael Rodríguez, 1958) en la cual María Félix dejó una de las frases más memorables en la historia del cine revolucionario. Ante la falta de parque, la doña le grita a la tropa: ""Échenles mentadas que también les duelen"". Con todo y el discurso broncíneo, la historia llevada al cine es, sin duda, una forma diferente de invitar, a las nuevas generaciones, a recuperar su pasado, aunque indudablemente, los libros siempre serán los libros.