La gran epidemia en Monclova

La época de la anarquía - Vida Cotidiana

El cura de la iglesia de Santiago Apóstol no se daba abasto a mediados de 1833. Diariamente tenía que recorrer por entero la ciudad, dar los santos óleos a varios de los habitantes de aquella norteña población, acudir al hospital militar, atender a los pacientes, escuchar  gritos y lamentaciones, registrar los decesos en el acta parroquial y verificar que los entierros se efectuaran en las condiciones debidas. A los ojos del padre Francisco Soberón, Monclova estaba herida de muerte.

Los años anteriores no habían sido sencillos para la entonces capital del Estado de Coahuila y Texas. Las continuas incursiones de los indios bárbaros -que, de acuerdo con los pobladores de aquellas latitudes y épocas habían declarado la guerra contra los blancos- arrastraban consigo vidas de personas y ganado, disminuyendo el crecimiento de la economía del lugar. De acuerdo con un documento del Congreso del estado, fechado en 1827, de 1813 a 1824, entre cuatro y seis mil hombres habían perdido la vida a causa de las incursiones de cherokees, shawnees, kicapús, deluas y quapas en la totalidad del territorio coahuiltejano -como se le conocía entonces-. Monclova no se había salvado a estas vicisitudes.

Sin embargo, fue en 1833 que un nuevo enemigo entró en la ciudad. Esta vez, no se le podía aniquilar con el fuego de las escasas armas con las que contaba la población o contener con campañas militares. La epidemia del cólera morbus se adentró en cada una de las casas de la capital.

Con los primeros enfermos, diagnosticados al comenzar el mes de agosto, las autoridades decidieron implantar medidas de sanidad de la más alta categoría para aquellos tiempos. Pidieron de otros estados, recetas medicinales que detuvieran el creciente mal. Una de ellas llegó desde Monterrey, hecha por el doctor Ignacio Sendejas y de inmediato fue mandada imprimir para distribuirla a todos los habitantes. El método curativo no consistía en otra cosa que el peyote y la cal.

El doctor entendía a la enfermedad como ""una descomposición… de los jugos digestivos con desprendimiento de gases mortíferos, que ocasionan los horribles síntomas que se sufren en dicha enfermedad; siendo la gangrena y la muerte su último resultado"". Añadía Sendejas que su receta era la que mejores resultados había dado entre los enfermos a este mal y continuaba con dar los pasos exactos que habían de seguirse para la preparación del brebaje curativo: ""una rebanada de Peyote como del ancho de un dedo y dos de largo, se pondrá en una taza caldera de agua a que de un ligero hervor, se colará y después de colada se le echará de cal pura apagada, lo que coge un real de plata, y bien revuelta se beberá; sino calmaren los síntomas a la media hora, puede repetirse otra taza en los mismos términos"".

La infusión fue suministrada a la mayor parte de los pacientes, que prácticamente era la población en su totalidad, según cuenta el propio cura Soberón. A pesar de ello, ni el vicegobernador, Juan Martín de Veramendi, pudo sobrevivir a la epidemia. Varios de los regidores del ayuntamiento de Monclova también perdieron la vida. El Congreso del estado sufrió la muerte de varios de sus miembros -uno de ellos, José Francisco Madero, bisabuelo del apóstol de la democracia, Francisco I. Madero-.

La enfermedad, además de mortal, era sumamente dolorosa: ""a los más dolientes -escribe el párroco de Monclova- que fueron acometidos de este mal lo eran al mismo tiempo de un calor en la boca del estómago sumamente excesivo y por consiguiente una sed fuerte que les provocaba a tomar agua fresca, observándose en muchos enfermos que esta se les ministró, que tomaron el alivio hasta conseguir su salud, el contrario se advirtió que varios de los que se les negó la agua  murieron con desesperación de que da lástima"".

De acuerdo con Soberón, de una población que alcanzaba las cinco mil almas, al menos quinientas murieron en las primeras semanas de la epidemia. De acuerdo con el cronista actual de Monclova y director del Archivo Municipal, Lucas Martínez, la cifra rebasó los setecientos decesos. Todavía en diciembre de ese año, Monclova mantenía unos cuantos enfermos. La epidemia parecía estar controlada, pero la población se encontraba destrozada y habrían de pasar varios años para que retornara la tranquilidad, misma que los indios bárbaros no habrían de permitir en mucho tiempo.