La gobernante

La era liberal - Hechos

Cuando murió el 19 de enero de 1927, pocos la recordaban. Casi todos los hombres y mujeres que alabaron su llegada a México, que se entusiasmaron con su porte, que admiraron su carácter enérgico y su fortaleza para enfrentar la adversidad, habían fallecido. El imperio que llegó a gobernar cuando su marido se encontraba capturando mariposas en los floridos campos de Cuernavaca ya era historia muy vieja. Para el México de finales de la década de 1920, el imperio de Maximiliano y Carlota no significaba nada.

Y sin embargo, durante los años del imperio (1864-1867) y ante la ausencia de amor, el ejercicio del poder fue la mayor pasión de Carlota. Tenía el conocimiento, la frialdad y sobre todo la ambición para asumir con eficacia las riendas del gobierno. Frente a la actitud dubitativa y pusilánime de su consorte, en su fuero interno Carlota se veía verdaderamente como la mujer que gobernaba a los mexicanos. No era una casualidad que sobre la inauguración de la Academia de Ciencias, en septiembre de 1865, Carlota escribiera: ""el emperador dio un magnífico discurso que realmente estaba a la altura del mío"".

La emperatriz sabía guardar las formas. Cuando Max se encontraba en la capital, Carlota asumía su papel de primera dama, cumplía con el ceremonial de la corte, era respetuosa del protocolo. Aparentemente nadie ponía en duda el papel que jugaba la emperatriz como compañera de Maximiliano. Sin embargo, entre la clase política y la sociedad capitalina era por demás sabido que el anhelo de Carlota era gobernar, quería en sus manos todo el poder. Una vez que el emperador dejaba la ciudad para realizar alguna gira por los alrededores, el rostro de su esposa se transformaba; se le veía plena, orgullosa, como una verdadera soberana.

Los rumores que la tildaban de ambiciosa, no tardaron en llegar hasta sus oídos y traspasando las fronteras imperiales llegaron a las cortes Europeas. En una carta a su abuela, Carlota negaba la más mínima posibilidad de ser ambiciosa y mucho menos querer gobernar por encima de su marido: ""Dicen que influí en tal cosa o que la ordené o aconsejé… soy muy leal para tratar de tener influencia alguna. Yo no le pregunto a Max lo que no me dice, pues respeto la dignidad que lo reviste. Le ayudo en lo que puedo; en este momento actúo como jefe de gabinete en servicio extraordinario, pero lo único que hago es facilitarle el trabajo o ahorrarle tiempo… y aunque lo haga bien o mal, no alardeo con nadie. Lo hago por el gusto de tener una ocupación útil, lo cual anhelo, no lo hago por una pizca de ambición… Todo esto se lo digo, abuelita, para que juzgue la veracidad de las críticas que llegan donde me toman como una especie de marimacho, cuando soy absolutamente igual a como me conoció. Quizá tenga ambición de hacer el bien, pero no es para que hablen de ello, sino para que se haga"".

Sueños y ambiciones se desmoronaron en 1867, año en que triunfó la república. La locura tomó por asalto la razón de Carlota a los 26 años y la emperatriz no pudo volver a gobernar a los mexicanos, Con dificultad pudo gobernarse a sí misma el resto de su vida. La historia demostró que el poder no estaba hecho para la pareja imperial.