La fotografía de difuntos

El Porfiriato - Vida Cotidiana

Por Sandra Molina Arceo

“Se retratan cadáveres a domicilio. Buenos precios”, señalaban en los periódicos de la segundo mitad del siglo XIX, algunos anuncios de estudios fotográficos. No era un error ni una macabra broma, era una costumbre: fotografiar a los familiares muertos sin importar la edad, ni el sexo, ni la condición social, siempre y cuando pudieran reunir la cantidad suficiente para pagarle al fotógrafo.

La fotografía de difuntos o post-mortem se originó en París, Francia, a mediados del siglo XIX, se extendió hacia otros países de Europa y finalmente llegó a México. Coincidió con la época del romanticismo en la cultura, cuando a la muerte se le otorgaba un sentido más religioso y podía ser revestida como heroica –en el caso de los muertos en la guerra-, o como un mandato de dios. 

La mortandad en las familias era muy alta, pero también sus miembros eran numerosos, por ejemplo, Benito Juárez y Margarita Maza tuvieron 12 hijos de los cuales 5 murieron en la infancia. Así que como la muerte se presentaba con mayor frecuencia, sobre todo entre los niños, los fallecimientos eran vistos con cierta normalidad y con una clara resignación, dejando para el recuerdo una foto.

Las imágenes no eran tomadas en el ataúd o en el cementerio, generalmente se realizaban en el hogar del difunto, el cual era vestido con sus mejores galas. La foto podía ser de grupo, con los familiares vivos, con amigos, o un retrato de manera individual. El cuerpo del difunto era acomodado en un sillón, en la sala o en alguna posición que lo mostraba como si estuviera con vida.

Las fotografías de niños difuntos eran llamadas de “angelitos”, debido la inocencia de las criaturas que encontraban una muerte a tan temprana edad. Si eran aún bebés, podían ser retratados en sus carreolas; si la criatura fallecida tenía hermanos, la foto era de grupo; a veces los tomaban con sus juguetes, recostados sobre alguna cama. 

En México varios fotógrafos se dedicaron al negocio mortuorio. Juan de dios Machain, fotógrafo jalisciense, tomó cientos de fotografías; Romualdo García, fotógrafo de Guanajuato, se convirtió en un especialista. Si las familias llevaban a su muerto al estudio, los fotógrafos contaban con fondos adecuados para hacer buenas tomas.

La fotografía mortuoria no tenía un sentido morboso. Era sólo una forma de duelo y un recuerdo que conservaba la familia del familiar querido que había dejado este mundo. La costumbre desapareció una vez entrado el siglo XX.