"La estatua del ""Caballito"" de Carlos IV"

Artes Visuales

En honor al rey de España, Carlos IV, el virrey Miguel de la Grúa Talamanca Marqués de Branciforte ordenó la construcción de una estatua monumental para que la figura del monarca se colocara presente en la Plaza Mayor (hoy Plaza de la Constitución o Zócalo), y honrara la figura del Imperio con una presencia imponente capaz de suscitar el respeto y admiración de cada súbdito novohispano.

Así comenzó la historia de la estatua que al paso del tiempo, paradójicamente, se nombró como ""El caballito"", aludiendo al equino y no al rey. La colocación de la base que soportaría la escultura se realizó con una celebración popular en 1796, y para tal fin se mandó limpiar la plaza y se colocó una balaustrada circular con rejas. La autoría de tan grande obra recayó en el escultor Manuel Tolsá, un conocido artista español que radicó en Nueva España y dirigió la Academia de Artes de San Carlos durante veintiséis años. Su trabajo fue reconocido desde su llegada a tierras americanas, y colaboró en las obras de drenaje de la ciudad y el embellecimiento de la Alameda.

En 1803 se terminó por completo la obra y la efigie del rey se colocó en la base que permaneció vacía durante siete años; sin embargo el imperio español estaba a punto de entrar en una profunda crisis que vaticinaba una gran transformación. En los tiempos de la lucha por la independencia, la estatua de Carlos IV se convirtió en un símbolo del poder monárquico contra el que muchos se habían levantado en armas, por lo que la obra de Tolsá corría el riesgo de ser dañada o fundida para forjar otro monumento, más representativo de la nación recién creada. En 1821, año en que se consumó definitivamente la independencia de México, la estatua de Carlos IV fue cubierta con una manta azul, e inclusive surgieron propuestas para que se reemplazara por otra. Sin embargo, el intelectual don Lucas Alamán se preocupó por la situación y manifestó que destruirla no tendría sentido alguno, además de que sería un acto de barbarie ante una obra estéticamente valiosa.

Así, el gobierno mexicano resolvió que no sería destruida pero que no debía ocupar más el lugar central de la plaza más importante del país, por lo que se ordenó que se cambiara de sitio y en 1823 el Ayuntamiento ordenó que se trasladara al claustro de la Universidad, lugar en el que permaneció durante quince años. En 1852, cuando la efigie ya no causaba el furor y aversión de unos años antes, se cambió nuevamente su lugar a un espacio público, y se colocó en el paseo de Bucareli en donde habitó hasta 1979, año en que nuevamente retomó su periplo para ser enviada a la plaza Manuel Tolsá, dedicada a su creador en donde se ubica también el Museo Nacional de Arte.

El camino que ha andado la estatua de Carlos IV sobre el caballito ha sido complejo por las significaciones políticas de la escultura, que rememora al imperio del que formó parte la Nueva España. Pareciera que el olvido colectivo ha operado también como manifestación de la oposición hacia el imperio, y el caballo terminó opacando al jinete real.

En 2013 la estatua ecuestre de Carlos IV sufrió un deterioro a causa de un proceso fallido de restauración, pues le suministraron una solución de ácido nítrico que dañó irreparablemente la pátina que la recubría. El hecho hizo resurgir nuevamente la polémica latente que resguarda la escultura, e inclusive se manifestaron opiniones que apelaban a la redención nacional a través de este accidente. Sin embargo, las cualidades estéticas de esta magna obra han sufrido una pérdida con estos daños, y al paso del tiempo es un símbolo histórico que forma parte de la identidad cultural de la ciudad de México.