La entereza de una madre

La revolución - Vida Cotidiana

Alejandro Rosas

En febrero de 1913, Francisco Ignacio Madero, Gustavo Madero y José María Pino Suárez fueron asesinados por órdenes de Huerta. En abril del mismo año, Ángela Madero, hermana de ambos, le escribió a su cuñada Carolina, esposa de Gustavo, para referirle algunas circunstancias que rodearon a los asesinatos y los últimos momentos que pasó su madre, doña Mercedes Gonzalez, con su hijo con Francisco Ignacio Madero.

Nueva York, 3 de abril de 1913.

Mi linda hermanita Carola:

"Ay, hermanita querida, como pienso en ti y tu bien amado esposo [Gustavo Madero]. Me dices en tu carta que te pesa no haberte ido a México. Es cierto que habrías pasado unas semanas más con él, pero, por lo demás, te habrían hecho lo que a la pobre de Sara que a pesar de rogar la dejaran ver a Pancho un momento nomás, no la dejaron y desde el día nueve que comenzaron los terribles sucesos [de la Decena Trágica] no lo volvió a ver sino en el cajón de muerte, amortajado ya y listo para su última morada.

Nadie tenía esperanza de que encontráramos [los restos de Gustavo]  porque sus verdugos decían que no lo entregarían nunca, pero la Providencia nos permitió siquiera poderlos recoger. Si vieras que me quitaba el sueño ese solo pensamiento, imaginarme que estarían ahí nomás en la misma Ciudadela, profanados por las pisadas de tanto infame. Afortunadamente están ya en nuestro poder y su alma purificada, así como la del pobrecito de Pancho estarán en la mansión de justos gozando de Dios.

…Pino Suárez le dio la noticia [a Pancho] de la muerte de Gustavo al tercer día. Le afectó tanto que estaba como un niño llore y llore. A mamá se le hincó muchas veces pidiéndole perdón porque decía que él era el causante de la muerte de Gustavo y que él y nosotros veíamos claro, que sólo él tenía una venda en los ojos que le hizo cometer errores. Cómo sufrió el pobrecito con esos pensamientos, y solo, sin ver a ninguno de los suyos más que una hora a mamá y a Meche. Mamá lo bendijo y decía Pancho que sentía un inmenso consuelo, que le quitaba un peso enorme. Al día siguiente era asesinado. Cometió errores de buena intención. Tal vez serían esos los designios de Dios. Ya veremos qué fruto nos manda por la sangre de esos mártires"".

Ángela Madero

Carolina Villarreal, viuda de Gustavo Madero, se enteró del asesinato de su esposo en las primeras horas del día 19 de febrero de 1913, cuando escuchó a un voceador gritar en las calles de Monterrey: ""¡Asesinato en la Ciudadela!"" y mandó comprar el periódico.

Su corazón comenzó a latir apresuradamente. Desde hacía dos días no tenía noticias de su esposo y temía lo peor. Abrió nerviosamente las páginas del diario y un rayo atravesó su alma. El dolor fue insoportable. No supo los detalles del horrendo crimen -la cobarde prensa anunció que había sido fusilado-, pero la separación definitiva era el peor de los tormentos.

La viuda se arrodilló frente a un crucifijo e hizo una promesa para el resto de su vida. "Señor, por la salvación de su alma, mis hijos nunca oirán de mis labios quiénes fueron los asesinos de su padre ni cómo sucedió"

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