La elefanta

Aires libertarios - Vida Cotidiana

La vieron entrar por la garita de San Antonio Abad, caminaba con parsimonia e indiferencia; un paso, luego otro; una perra la acompañaba jugueteando y ladraba como si quisiera llamar la atención de los habitantes de la capital novohispana que poco a poco se reunían azorados frente a aquella extraña presencia. Algunas personas se santiguaban, otras miraban con curiosidad, los más sonreían impresionados. Eran los primeros meses de 1800.

Fue el acontecimiento más espectacular del año. Unas semanas antes había provocado la misma conmoción en el puerto de Veracruz, era la primera vez que la Nueva España se maravillaba con la presencia de un elefante. Se sabía de su existencia por grabados o descripciones de viajeros, por las litografías que ilustraban los volúmenes de zoología o ciencias naturales impresos en Europa, sin embargo, la posibilidad de apreciar en vivo aquella exótica e impresionante criatura no era nada despreciable. La Gaceta de México lo anunció como un animal ""nunca visto en estos reinos"".

Un novohispano la había adquirido en Veracruz por 360 pesos y vio en el impresionante animal la oportunidad para hacer negocios. Era una hembra de 10 años de edad, originaria de Asia que tras ser capturada y amaestrada había recorrido buena parte del mundo. Del continente asiático pasó a Estados Unidos, luego a Cuba y finalmente llegó a Veracruz. Sus colmillos no eran tan largos, pero sí lo suficiente para mostrar su grandeza.

El promotor se estableció en la ciudad de México y, previa autorización del virrey, abrió su negocio en la casa número 5 de la calle del Puente Colorado, esquina con el Callejón de la Danza. Por dos reales, la gente podía ver la belleza de la elefanta y admirar todas sus gracias.

Era una elefanta golosa y el público no dejaba de enternecerse al verla disfrutando los bizcochos. Fue tal su éxito, que el propietario extendió la temporada durante algunos meses y lo hizo del conocimiento público ""para el que gustare aprovechar la ocasión de ver un animal tan extraño y nunca visto en estos reinos, y por lo mismo muy dificultoso que se presente otro de la especie, proporcione verificarlo lo más breve, en inteligencia de que a su presencia se le mandará ejecutar todas las habilidades que le son naturales"". Además, el horario no podía ser más cómodo: de las 8 de la mañana a la una de la tarde y de las tres ""hasta el toque de las oraciones"".

Más que provocar la curiosidad científica o desatar el gusto por conocer criaturas de otros continentes, la llegada de la elefanta a la noble y leal ciudad de México se convirtió en un espectáculo público, en una atracción que durante varios meses atrajo la atención de propios y extraños y que por un momento, rompió con los espectáculos tradicionales.