"La corte ""ranchera"" de Maximiliano"

La era liberal - Vida Cotidiana

Solo bastó anunciar el inminente arribo de sus majestades imperiales, Maximiliano y Carlota en mayo de 1864, para que la alta sociedad mexicana se volcara a realizar incansables búsquedas entre los papeles familiares o realizara indagatorias entre sus ancestros para saber si sus apellidos eran de tan ""rancio abolengo"" como para aspirar a un lugar junto a los emperadores.

Durante meses un afán cortesano invadió a lo más selecto de la sociedad capitalina que ansiaba ser alguien, mostrándose como parte de la corte de un príncipe alto, rubio y con ojos claros. Las ""damas de sociedad"" no veían la hora de ser las ""damas de compañía"" de doña Carlota y los maridos ambiciosos -tan serviles como la clase política mexicana- deseaban, cuando menos, tocar la mano de Max. Así, entre bombo y platillos, comenzó la gran prueba de fuego para los mexicanos. ¿Serían capaces de comportarse como en las mejores cortes del mundo?

En un ambiente social que lejos estaba de los protocolos monárquicos, la conformación de la corte imperial no fue tarea fácil. Las intrigas, los chismes, las descalificaciones se dieron entre los mexicanos que buscaban respirar de los mismos aires que sus majestades imperiales.

En su trayecto a México, durante los largos días que pasaron a bordo de la fragata Novara cruzando el Atlántico, Maximiliano se dio a la tarea de redactar un Ceremonial de la Corte, que contenía el protocolo para todas las ceremonias y actos en los cuales estarían presentes los emperadores. Era un escrito minucioso y detallado que chocó con la realidad de una sociedad que no sabía comportarse dentro del ámbito monárquico.

Maximiliano no vio con buenos ojos la lucha por ocupar un lugar en la corte; el emperador llegaba a México con aires liberales e ideas, irónicamente republicanas, así que cuando recibió decenas de solicitudes de cargos en la corte y en ellas se establecía que el solicitante descendía de tal o cual conde o marqués, muerto hacía 300 ó 400 años, el archiduque se reía y señalaba:

""Es gran lástima que no podamos tener aquí un taller para fabricar pergaminos y árboles genealógicos pues se haría mucho dinero con él. Creen estos caballeros efectivamente que los que se consideran nobles tienen la sangre azul y es que olvidan que durante la Revolución Francesa, corrió mucha sangre de nobles y era tan roja como la del último plebeyo"".

Carlota no corrió con mejor suerte en la elección de sus damas. Algunas fueron elegidas de acuerdo a la inmejorable posición social que guardaban, otras se distinguían por su belleza. Según refiere José Luis Blasio, secretario de Maximiliano, entre ellas destacaban doña Manuela Gutiérrez Estrada -esposa de uno de los impulsores del segundo imperio-, la condesa del Valle, doña Dolores Osio de Sánchez Navarro.

Además de las damas de Palacio, había otra categoría, ""damas de honor con sueldo"", como las señoras Concepción Plowes y Pacheco y la señorita Josefina Varela, elegida para darle un toque autóctono a la corte mexicana; la mujer, de raza indígena, aseguraba ser descendiente en línea recta del rey poeta Netzahualcóyotl. Alguna otra mujer se opuso a ser parte del juego monárquico y cuando fue invitada a pertenecer a la corte su respuesta fue brutal: ""Prefiero ser reina de mi casa y no sirvienta del Palacio"".

El mayor inconveniente que la emperatriz encontró en sus damas fue su falta de instrucción y conocimientos. Otro de los impulsores del imperio, José Manuel Hidalgo y Esnaurrízar describió a Carlota: ""Su talento y su saber cautivan apenas se tiene la dicha de hablar con ella. Su instrucción es muy variada y tiene una gran facilidad para las lenguas: habla francés, alemán, inglés, italiano y español; su trato es dulce, su conversación amena y digna en todo del príncipe que hemos elegido; sus tendencias a estudiar y discutir asuntos serios, extraños siempre a la imaginación de una joven de 24 años, la variedad de los idiomas que hablaba, su gracia al pronunciar el nuestro, la fe que tenía en la empresa y la resolución de su carácter, todo nos cautivaba y aumentaba nuestras esperanzas.""

Esos fueron los mayores inconvenientes que las damas mexicanas encontraron en su emperatriz. Les causaba extrañeza e incluso incómoda molestia que Carlota se preocupara por asuntos de la política, la economía, la relación con el Vaticano, la situación militar -cosas ""de hombres"" finalmente. Se sorprendían cuando Maximiliano partía de gira por las ciudades ocupadas y ella, la joven princesa belga, quedaba a cargo del Consejo de Estado, dirigiendo las artes del gobierno. No fueron pocas las mujeres que la miraron con recelo y la tacharon de ""marimacha""; sin embargo, frente al oropel de la corte, terminaban por rendirse y guardaban sus críticas.

A menos de un año de su llegada a México, Carlota se había percatado que la situación mexicana era sui géneris, y estaba muy lejos, de los sueños que había construido en Europa. El imperio dependía de los franceses, la corte era un nido de intrigas, los mexicanos que les pidieron venir a México a gobernar se oponían a las decisiones políticas -bastante liberales de Maximiliano-. En enero de 1865, Carlota le escribió a la emperatriz de los franceses, Eugenia de Montijo:

""Creo que no nos faltan ni energía ni perseverancia, pero me pregunto si habrá alguna humana posibilidad de salir de las dificultades, si éstas siguen aumentando en esa forma… Durante los primeros seis meses, a todo el mundo le parecía encantador el nuevo gobierno, pero tocad alguna cosa, poned manos a la obra, y se os maldecirá. Es la nada que no quiere ser destronada. Vuestra majestad creería quizá, como yo, que la nada es una sustancia manejable, pero en este país al contrario, se tropieza uno con ella a cada paso y es granito, es más poderosa que el espíritu humano y solamente Dios podría doblegarla. Fue menos difícil erigir las pirámides de Egipto que vencer la nada mexicana.""

La corte imperial era una torre de babel. Maximiliano tuvo la infeliz ocurrencia de mezclar personajes de varias nacionalidades, además de los mexicanos había austriacos, belgas y desde luego franceses. Los europeos se creían superiores a los mexicanos y les hacían sentir su poder, tanto dentro de la corte, como en el campo de la guerra -no fue un azar que la mejor espada del partido conservador, el general Miguel Miramón fuera enviado a Europa en un claro destierro. El predominio de los franceses era evidente, sobre todo, en la figura del mariscal Aquiles Bazaine, comandante en jefe del ejército expedicionario en México, su influencia sobre las decisiones de Maximiliano, determinó a la larga el fracaso del imperio.

La alta sociedad mexicana no estaba preparada para formar parte de una corte imperial. Ni siquiera, Juan Nepomuceno Almonte -hijo del insurgente José María Morelos-, nombrado gran chambelán de la corte, pudo cumplir con ciertos detalles de protocolo. El día que llegaron los emperadores a Veracruz -28 de mayo de 1864-, debía estar en el puerto listo para recibirlos, y sin embargo, muy a la usanza mexicana, llegó tarde.