La centuria de la modernidad

El Porfiriato - Vida Cotidiana

La cara luminosa del siglo XIX la conformaban la ciencia y la tecnología. La vida cotidiana mostraba el exitoso desarrollo de inventos que movían diariamente a la sociedad:

""Tarjetas de todos los tamaños formas y colores -escribió Angel del Campo ‘Micrós’-; litográficas, fototípicas, grabadas en acero… A principios de este siglo ni se imprimía tan barato, ni el correo andaba como hoy anda. Este es el siglo de las Comunicaciones y Obras Públicas. La parafina no figuraba en el mercado y ni quien había de pensar en los periódicos de a centavo. Porque este es el siglo de las luces y de la prensa; el siglo de las luces artificiales y de los anuncios; la menta, que es hoy como un olor de fin de siglo, era la muchachita humilde de los campos. El cuello postizo, el botón automático, la corbata de combinación ‘ya hecha’ los tirantes de patente, los botones metálicos, los calzoncillos de punto, las ligas para hombre, los zapatos americanos… tampoco eso conoció el cura Hidalgo. Tomaría su chocolate, pero no café con fécula, ni el pan hecho con máquina de vapor, ni la leche descremada, ni la mantequilla artificial, ni el agua esterilizada"".

Para los hombres de ciencia el saldo, sin lugar a dudas,  era positivo y las posibilidades que traía consigo el nuevo siglo, inimaginables. Un astrónomo norteamericano, esperaba que el siglo XX fuera testigo de la comunicación con otros mundos: ""Creo que no tardaremos en poner a prueba la idea de que, si no podemos ver a los habitantes de otros mundos, por lo menos podremos comunicarnos con ellos. Al aumento de la fuerza del telescopio vendrán a unirse los buques aéreos, que permitirán al astrónomo, acercarse mucho más que hoy a las estrellas"".

El inicio de la nueva centuria sería acompañada por una serie de inventos que anunciaban el paso firme de la ciencia. La fotografía y el cinematógrafo, la luz eléctrica y la bombilla habían sentado las bases para otras invenciones. La prensa otorgaba buenos espacios a notas como la del explosivo italiano llamado Cosmos -cincuenta y cinco veces superior a la pólvora y veintiocho más que la dinamita. O los novedosos clavos de caucho Alemanes que ""no son atacados por el moho y están libres de las influencias magnéticas"".

Llamaba la atención, un invento del hijo de Edison, un aparato similar a una cámara que ""trata de reproducir el pensamiento en una placa fotográfica; habiendo conseguido ya obtener la figura, si bien no los detalles, de una moneda en la que a una persona se le indicó que pensara"".

De un genio invadido por la locura, parecía el monorriel que se construía en algunas ferias del mundo para ofrecer una novedosa diversión a la gente. La adrenalina de sus ocupantes alcanzaría límites insospechados. En su trayecto había curvas, rectas, subidas y bajadas, pero lo más impresionante es que recorría dos círculos completos desafiando la gravedad de la tierra.

La ciencia caminaba siempre hacia delante y su futuro se abría más optimista que en ninguna otra era. El nuevo siglo sonaba a ""tiempos modernos"". José Vasconcelos escribió: ""’El siglo de las luces’… nunca avanzó más la ciencia. Mucho tendría que afanarse el siglo XX si quería mantenerse a tono con la impulsión"". Cien años después, las invenciones de la ciencia y tecnología habían cumplido con su misión, rebasaron con creces al siglo XIX.