La casona de Héroes: Antonio Rivas Mercado

Arquitectura - Obras

Alejandro Rosas

La casa de la familia Rivas Mercado fue construida en los últimos años del siglo XIX en un terreno ubicado a espaldas del panteón de San Fernando, en la colonia Guerrero —por entonces destinada a ser una de las más lujosas del porfiriato—. Don Antonio le vio muchas posibilidades urbanísticas a la zona y no dudó en establecerse ahí con su familia.

La calle de Héroes desembocaba en el lugar en que se tenía proyectado construir una rotonda —que llevaría el nombre de Panteón Nacional— en la cual serían inhumados los restos de los héroes de la patria —de allí su nombre—. Y aunque la revolución impidió que fuera edificada, durante los últimos años de la dictadura los habitantes de la ciudad presenciaron la construcción de grandes mansiones en la colonia Guerrero —como la de Joaquín Casasús, vecino de los Rivas Mercado— y su rápido embellecimiento con la pavimentación y la introducción del alumbrado público eléctrico.

A don Antonio poco importó el trazo de la calle y construyó a su entero capricho. Para aprovechar hasta el último destello de luz natural —tan necesaria en el trabajo del arquitecto—, decidió colocar el estudio mirando hacia el norte, lo cual determinó la posición definitiva de la casa.

Para la gente que solía caminar por ahí resultaba curioso no encontrar sobre la calle de Héroes número 45 el acceso principal a la morada del arquitecto Rivas Mercado, sino el jardín —ubicado en uno de sus costados—. La orientación de la residencia parecía aún menos convencional cuando se comparaba con el resto de las construcciones cuyas fachadas sí daban a la calle de Héroes.

“La mansión de los Rivas Mercado proyectaba una personalidad única                     —escribió Kathryn Blair, nuera de Antonieta—. Era una casa de dos pisos, aunque de línea horizontal, plantada en ángulo y de buena altura. Se entraba por una larga galería abierta desde la cual se proyectaba un pórtico clásico sobre el rellano de un par de escaleras que bajaban de cada lado hasta el camino circular. Rompía la simetría un pabellón solitario en el extremo derecho de la galería y, por encima del techo alto y plano, había una torre visible desde la calle. Una armoniosa composición de piedra y ladrillo adornaba la fachada y un friso de mosaico coronaba el largo de la galería, agregando un toque pompeyano. ‘Clásico-Ecléctico’, los colegas de Antonio habían bautizado el estilo: puro Rivas Mercado”.

Cuando construyó la mansión, don Antonio tenía su prestigio bien ganado. Entre sus obras podía presumir la restauración de la hacienda de Chapingo, la casa con el número 18 de la avenida Juárez, una magistral morada en la calle de Londres (hoy Museo de Figuras de Cera), la restauración de la hacienda de Tecajete en Hidalgo, la casa del presidente Manuel González en Peralvillo, el edificio para la Aduana en Tlatelolco. Pero las obras que le abrieron las puertas de la historia para siempre fueron la columna de la Independencia, inaugurada en 1910 durante las fiestas del Centenario, y el hermoso teatro Juárez de Guanajuato.

El jardín de la familia Rivas Mercado no tenía igual. Dentro de los límites de la propiedad se encontraban varios de los árboles sembrados por los franciscanos del colegio de San Fernando décadas atrás y que en otro tiempo rodearon la huerta del Colegio. La hermosa arboleda fue una de las razones por las que don Antonio adquirió el terreno, pues la jardinería era otra de sus pasiones. Junto a los árboles hizo crecer todo tipo de flores y tenía una sección reservada para los cactos que recogía en sus excursiones por los alrededores de la ciudad de México.

En septiembre de 1910, cuando los embajadores de distintas naciones se maravillaron ante la opulencia de las grandes mansiones porfirianas y el régimen se antojaba eterno, se rompió el espejo de la ilusión. La revolución tocaba a las puertas de la historia.

Don Antonio vivió en la quinta de Héroes hasta el último día de su vida. Falleció el 3 de enero de 1927 cuando los vientos de nuevos tiempos soplaban sobre México. Antonieta hizo hasta lo imposible por conservar la casona, pero su hermana Alicia –heredera de ella- se negó rotundamente a dejarla en sus manos. Sin su padre, abatida por la difícil situación y con toda la tristeza que podía cargar, Antonieta abandonó su amada morada, donde quedó escrita parte de su vida. Como su propia alma, la casa también reflejaba la gran transformación sufrida por el país en las primeras décadas del siglo XX. De la opulencia porfirista a la devastación revolucionaria. Para los nuevos cánones de la arquitectura, los palacios y residencias del México de don Porfirio eran historia.

Con una ciudad cada vez más populosa, las notables colonias porfiristas comenzaron a dejar sus espacios al grueso de la población. En poco tiempo la Guerrero fue rodeada por vecindades, cantinas y negocios clandestinos. Por razones desconocidas, los malvivientes y las mafias capitalinas encontraron en la Guerrero cierta tolerancia para sus actividades.

Don Antonio se llevó a la tumba el grato recuerdo de su espléndida mansión;  afortunadamente, ya no alcanzó a mirar el nuevo México, el de los gobiernos de la revolución que permitieron el establecimiento de una casa de citas en la vieja residencia de sus vecinos los Casasús y la pauperización de la colonia. 

Durante años la casa de Antonio Rivas Mercado permaneció en completo abandono, sin embargo, ha sido restaurada y próximamente abrirá sus puertas para mostrar nuevamente su esplendor.