La autopsia de Madero

La revolución - Hechos

Sobre la plancha de autopsias yacía el cuerpo desnudo, perfectamente limpio; frío como las paredes del anfiteatro de la penitenciaría de Lecumberri. Su palidez se mezclaba con la luz de las bombillas que cotidianamente iluminaban los cadáveres recibidos por muerte violenta.

Su figura no imponía. Con un metro sesenta y tres centímetros de estatura difícilmente lo hubiera hecho. Su delgada complexión y la apacible mirada -resaltada por la tupida barba de candado- provocaba tranquilidad, nunca temor. Y sin embargo, sus enemigos temblaban al recordar las más de cien mil personas que espontáneamente se reunieron para recibirlo en la ciudad de México el 7 de junio de 1911, tan solo dieciocho meses antes.

Cómplices de las sombras, los asesinos debieron sentir escalofrío delante del cadáver al observar ""que en el rostro de don Francisco había quedado un gesto de suprema energía"". Como si las balas más que acabar con su existencia la hubieran liberado.

El cadáver mostraba una serie de cortes realizados con sumo cuidado por los médicos huertistas para determinar la ""desconocida"" causa del deceso. De acuerdo con la autopsia, el extinto presidente quizá no hubiera alcanzado la vejez; a sus treinta y nueve años de edad padecía de hipertensión: ""en la cavidad torácica el corazón se encontraba hipertrofiado en el ventrículo izquierdo"". Pero la naturaleza no pudo concluir su trabajo; Victoriano Huerta se adelantó y ordenó el asesinato. La orden jamás fue registrada en el informe de la autopsia como causa de muerte.

Su rostro parecía una imagen sacra. Las cuatro escoriaciones que presentaba en la parte frontal apenas eran perceptibles ante la belleza propia de la muerte. Las pequeñas heridas habían sido producidas cuando el cuerpo exánime se desplomó, golpeando sobre la tierra. Algunas piedras se mancharon de sangre y la noche quedó salpicada de rojo.

Ni siquiera los dos orificios de bala en la cabeza dañaron su imagen; cubiertos con algodón, habían dejado de sangrar horas antes. Los vestigios de la pólvora mostraban rastros de una felonía. El asesino que jaló el gatillo no tuvo el valor de ver los ojos de su víctima y le disparó por la espalda, a quemarropa, en la parte posterior de la cabeza. La autopsia no podía ser más cruda:

""...siguiendo una dirección de atrás hacia adelante, de afuera hacia adentro y de derecha a izquierda, [la bala] interesó todos los órganos correspondientes de la región, fracturó la escama del hueso occipital y base del cráneo, penetró a la cavidad craneana, desgarró las meninges, destrozó el cerebelo, el bulbo y vino a alojarse el proyectil a la izquierda de la silla turca de donde fue extraído. En esta cavidad existía un abundante derrame de sangre líquida y coagulada en cantidad considerable"".

La segunda bala recorrió una trayectoria paralela para alojarse en la parte derecha de la silla turca. Ambas acabaron con la vida de Madero de una manera súbita.