La 1812

La revolución - Vida Cotidiana

Alejandro Rosas

Una vez que Madero asumió la presidencia de la República (noviembre de 1911), la vida cotidiana en la ciudad de México retomó su cauce. La sociedad seguía encontrando en los tradicionales paseos de fin de semana el goce y la distracción. Continuaron los conciertos en la Alameda y en Chapultepec en los cuales se podían escuchar las obras de los grandes compositores tocados por malas bandas de música, pero que invariablemente siempre reunían a un numeroso público. 

     Los políticos encontraban buen acomodo en el teatro de revista donde veían actuar a las sensuales tiples con sus bailes provocativos. La gente asistía a las corridas de toros, a las salas donde el cinematógrafo ya había echado raíces, a las muy largas temporadas de ópera e incluso a patinar en las pistas construidas en la Alameda o en el Luna Park –junto al bosque de Chapultepec. 

     Sin embargo, el presidente Madero prefería la música clásica y tenía su palco asegurado para escuchar a la Sinfónica. Por entonces, la Orquesta del Conservatorio estaba bajo la dirección de Carlos J. Meneses y en sus programas incluía la sinfonía “Patética” y la obertura 1812 de Tchaikovsky que lo emocionaba hasta las lágrimas. 

     “Producíale esta obra tumultuosa una impresión muy viva –escribió José Vasconcelos-. Él, que era un creyente del pueblo, un enamorado de sus entusiasmos y epopeyas, reconocía en aquella música la gloriosa aventura reciente del pueblo mexicano. Un canto a la Revolución en su etapa generosa cuando liberta y empieza a construir”.  

     Conmovido, cuando el director de la orquesta se acercaba a Madero para preguntarle si deseaba que repitiera algún movimiento o una pieza del programa, el presidente invariablemente solicitaba “la 1812”. 

“Antes, el presidente iba a los gallos –continúa Vasconcelos-; ahora disfrutaban la vena melódica plena de emoción generosa. Después los presidentes irían a los toros… para gustar de la sangre vertida sin riesgo del espectador”.